Rosalía nos obliga a mirarla, y al saberse observada, nos envuelve en una acumulación de belleza, referencias y emociones que roza el síndrome de Stendhal, ese instante en el que lo bello deja de ser placentero para volverse casi abrumador.
En el Movistar Arena, regaló una experiencia estética total. Desde antes de que comenzara el espectáculo, con las gradas llenándose al ritmo de Dios es un stalker, se intuía que lo que estaba a punto de suceder iba más allá de lo musical. Con unos minutos de retraso, las luces se apagaron y la artista desplegó un show concebido como una ópera en cuatro actos, acompañada por una orquesta de 22 músicos. Y el vestuario como lenguaje.

El cuerpo disciplinado: la bailarina de Degas
En el primer acto, apareció con un tutú rosado de volantes, corpiño de satén y zapatillas de punta. Una imagen de bailarina clásica, casi escultórica, que remite directamente a las figuras de Edgar Degas. Ejecutó esta primera parte de puntillas. El cuerpo disciplinado, etéreo, y la belleza en tensión.
La artista, cuyo vínculo con el ballet ha sido tan celebrado como cuestionado, eleva la estética a una dimensión casi mística. La escena se ordenó en torno a ella, como si la luz y el espacio orbitasen ese cuerpo central. El inicio de un relato que parte de la pureza para poder después romperla. El tutú desapareció y acabó envuelta en telas.
Una enloquecido el público, la cantante se desmelenó y siguió desplegando con su vestuario su faceta creativa en cada nuevo acto musical de su primer show en España de Lux Tour. De la claridad al negro para cantar Berghain, tema con el que dio a conocer su nuevo proyecto, además de otras canciones como Saoko, del album de Motomami.
En su tercer cambio de vestuario, escogió un vestido largo y guantes negros para entonar El redentor, de su debut, Los Ángeles y una versión de Can’t Take My Eyes Off You cantada detrás un marco, como si fuese una obra de arte.

Lo sagrado se mezcla con lo terrenal
Con sus estilismos como hilo conductor, LUX Tour ha convertido a Rosalía en una madona contemporánea que profana lo sagrado incorporando en su vestuario velos, cofias y encajes de resonancia conventual. Cada cambio de vestuario enriquece su ambicioso espectáculo sonoro convirtiendo cada escena en una obra de arte. Plumas, botas altas, lencería expuesta. De rockstar pasa a Mona Lisa. Lo sagrado se mezcla con lo terrenal para terminar etérea, casi angelical.
Las referencias se multiplicaron. En LUX Tour, cada textura, volumen y transición en su vestuario articula una narrativa que dialoga con la historia del arte. De Edgar Degas a Francisco de Goya, pasando por Leonardo da Vinci. A medida que avanzó el espectáculo, el vestuario transitó hacia polos opuestos. Esta dualidad es la manifestación de una estética que oscila entre la luz y la sombra, lo íntimo y lo expresivo.

El minimalismo también tuvo su espacio en la evolución estilística del show. En ciertos momentos, la artista recurrió a conjuntos blancos depurados y líneas fluidas, donde la sobriedad del diseño contrastó con la teatralidad del espectáculo y la intensidad emocional de la música.
Rosalía demostró, una vez más, que su vestuario es un vehículo para explorar identidades, contrastes y simbolismos que colman los sentidos del espectador dejándolo sin aliento.
