Obsesiva, brutal, sin límites, irascible, temperamental, controladora, dominante, maquiavélica, derrochadora y conflictiva. Son solo algunos de los adjetivos que adornan la mayoría de los retratos de Sara Netanyahu en la prensa tanto nacional como internacional desde hace al menos dos décadas. “La María Antonieta de Israel”, dice el diario israelí Haaretz. Sin embargo, no dejan de ser opiniones muy mediatizadas ideológicamente y vinculadas muy directamente a su esposo, Benjamin Netanyahu.
Su figura no encaja -y en esto sí podría haber acuerdo- en el molde de consorte discreta que tradicionalmente acompaña al poder. Psicóloga de formación, además de observar, interviene con una intensidad que no pasa desapercibida. Para sus críticos, su carácter es dominante y malhumorado; para sus defensores, simplemente el de alguien leal y exigente, volcada en proteger a su marido frente a un entorno político hostil. Entre ambas visiones se dibuja un perfil complejo, el de una mujer consciente de su influencia y decidida a ejercerla, aunque sea desde un lugar sin cargo ni título oficial.

Esta semana ha asistido a Washington para participar en una cumbre internacional liderada por Melania Trump. Mientras la primera dama estadounidense ha lucido su habitual imagen distante, Netanyahu se ha movido con una seguridad apabullante. Son dos mujeres sin cargo oficial, pero con capacidad para influir, dos estilos opuestos de mover los hilos del poder.
Dos matrimonios, dos hijos
Hija de poeta y erudito bíblico, contrajo un primer matrimonio con un miembro de un kibutz en 1980. En 1987 se divorció y conoció a Netanyahu mientras trabajaba como azafata en la aerolínea El Al. Se casó con él en 1991 y tienen dos hijos, Avner y Yair. A sus 67 años, se mueve entre la lealtad conyugal, la ambición política y una larga lista de polémicas que no dejan de crecer. Aunque no firma decretos ni comparece ante el Parlamento, su nombre aparece con frecuencia en conversaciones de alto nivel, decisiones estratégicas y, sobre todo, en la gestión de las crisis que rodean a su marido. Para los analistas, es una suerte de consejera en la intimidad cuyos efectos terminan siendo públicos.
Excolaboradores y periodistas israelíes describen un patrón de control minucioso, desde la agenda hasta el círculo de confianza del primer ministro. La idea de que nada relevante ocurre sin su conocimiento o su aprobación es más que una sospecha. En ese terreno ambiguo, entre lo documentado y lo sugerido, es donde crece su leyenda política.

Al mismo tiempo, su perfil público se ha visto empañado por una sucesión de polémicas. Las acusaciones de maltrato a empleados, los litigios judiciales y la condena por uso indebido de fondos públicos han contribuido a consolidar una imagen controvertida, a medio camino entre el exceso y la impunidad. El diario alemán Süddeutsche Zeitung, refiriéndose a su carácter polémico, escribió en un artículo: “Otras mujeres, además de los hombres poderosos, son famosas por su encantadora sonrisa y su indulgencia, pero Sarah Netanyahu no se encuentra entre ellas. La esposa del primer ministro israelí es conocida por su violencia, su mala educación y su mal genio”.
Su extraña exigencia con el personal doméstico
Solvi Jenisia, antigua empleada doméstica, comentó: “Se portaba mal conmigo y me pedía que le besara los pies todos los días”. Los tabloides israelíes ya habían informado anteriormente de que arrojaba zapatos a sus sirvientes. Sus detractores ven en estos episodios la confirmación de un carácter imprevisible. Sus defensores, en cambio, denuncian una campaña de desgaste durante años por parte de medios y adversarios políticos.
Su gusto por el lujo, que se expresa en viajes, regalos y estancias en hoteles, ha sido también objeto frecuente de crítica. Más allá de la veracidad de cada episodio, ha despertado una percepción de desconexión con la ciudadanía, especialmente en momentos de tensión social o conflicto bélico. Esa dualidad entre la psicóloga que trabajó con colectivos vulnerables y las acusaciones de gasto superfluo resume bien las contradicciones que definen su imagen pública.

Sin embargo, reducir a Sara Netanyahu a una colección de escándalos sería simplificar un fenómeno más complejo. Su matrimonio con Benjamin funciona como una alianza política de largo recorrido en la que lo personal y lo institucional se vuelven inseparables. La fidelidad que ella mostró en momentos críticos, incluidas crisis personales que amenazaron con romper la relación, ha sido interpretada como la base de una simbiosis que explica, en parte, la longevidad política del líder israelí. Su huella es perceptible en la gestión de su imagen, el control de daños o la selección de interlocutores.
Hoy, en plena reconfiguración del tablero geopolítico en Oriente Medio, ella sigue ocupando un lugar singular. Sin cargo, pero con poder; sin voz oficial, pero con capacidad de influencia. Amada y detestada en proporciones similares, su figura continúa desafiando cualquier categoría tradicional. Además de esposa del primer ministro, podría ser la pieza imprescindible para entender cómo se ejerce realmente el poder en Israel.
