Durante años, en Irlanda, mencionar a Denis Carey era hablar de algo más que un simple deportista. Era evocar a una leyenda. Denis era un ídolo del Hurling, un deporte estrella en Irlanda, totalmente desconocido en España. Su nombre estaba ligado al éxito, al respeto y a la admiración.

En el año 2012, Denis anuncia que tiene cáncer. No un susto ni una simple revisión, sino mieloma múltiple, una enfermedad grave de la sangre. Decía que la batalla era dura y costosa. Muy costosa. Necesitaba dinero para viajes y tratamientos en el extranjero. A veces mencionaba Seattle (Estados Unidos) y otras, hospitales en Inglaterra. A veces decía que le habían quitado tumores, y en otras ocasiones que estaba a la espera de la terapia. “Aún tengo una esperanza” relataba entre lágrimas.
No era una mentira suelta, sino una historia con detalles médicos, papeles falsos, promesas de devolver el dinero y un tono que hacía difícil dudar. Eso fue lo más terrible del engaño: no solo pedía dinero sino que creó un relato de sufrimiento. Usó el lenguaje del miedo, ese que cualquier familia reconoce al instante: enfermedad grave, esperanza cara.

El engaño funcionaba porque era dosificado. Daba explicaciones médicas creíbles para quienes no son expertos y prometía devolver el dinero cuando recibiera una indemnización de la Seguridad Social. Supuestamente ésta había cometido una negligencia médica y Denis esperaba un importante pago.
El fraude se destapa
Pero todas las mentiras tienen una falla. Una de las grietas apareció cuando Noel Tynan, uno de los donantes, empezó a sospechar. Vio a Denis en un partido, cuando debería estar en Seattle recibiendo el carísimo tratamiento. El hombre acudió a la policía.
Los investigadores se pusieron en contacto con los hospitales que aparecían en las cartas mostradas por el atleta, que ofrecían un tratamiento innovador. Todos confirmaron que no tenía ningún paciente con ese nombre. Los papeles que debían sostener la historia se volvieron contra él.
¿Por qué lo hizo?
Cuando el timo se descubrió, Denis contó a la policía que empezó con la historia del cáncer para ganar tiempo con una gran deuda bancaria. “Y una cosa llevó a la otra”.
El engaño duró años. En todo este tiempo logró recaudar 500.000 euros. Entre las víctimas estaba el conocido empresario Denis O’Brien, que le entregó 150.000 euros, además de facilitarle un apartamento y un coche.

En 2025 llegó el final deseado. En el juicio, el magistrado afirmó que “no puedo imaginar un fraude peor que fingir tener cáncer para sacar dinero a la gente”. Fue condenado a cinco años y medio de prisión.

Su nombre, que durante años era sinónimo de brillo en el deporte, ahora va unido a un adjetivo imborrable: defraudador. Fingir un cáncer no es solo mentir. Es ponerse en el lugar de los enfermos, usar sus miedos, sus tratamientos y su desesperación para sacar dinero.
