“En mis años más jóvenes y vulnerables mi padre me dio un consejo que ha vuelto a mi mente a menudo desde entonces. “Cada vez que tengas ganas de criticar a otros” me dijo “recuerda que hay gente en este mundo que no ha tenido las mismas ventajas que tú”.” Este es el inicio de El gran Gatsby, y ha resonado en mi cabeza una y otra vez en esta última semana por mor de la eutanasia de Noelia Castillo. He intentado no juzgar a los padres de esta chica de veinticinco años a las que tanta gente, por motivos espurios, ha llamado “niña” en los últimos días. Como hoy es Domingo de Ramos pero para ustedes es lunes santo, intento pensar cristianamente. Solo Dios da la vida, solo Dios la quita. Pero también, como decía Gloria Beatty (Jane Fonda) al final de Danzad, danzad malditos, ¿acaso no disparamos a los caballos?
El difunto Ray Heredia cantó aquello de “Yo la busco y no la encuentro/ la alegría de vivir”. Pensaban los que fueron a amargar las últimas horas de Noelia que con sus cantos y gritos harían que ella entrase en razón y abrazase la vida. Cuando vi la entrevista de Bea de la Osa (una entrevista digna, convertida en telebasura gracias al subrayado musical y al innecesario debate en plató) entendí por qué esa chica quería morir. Cuando vi el panorama familiar juzgué a mi pesar, y a pesar de los consejos de Nick Carraway (el narrador de El gran Gatsby) me dije “ellos hacen que se quiera morir”. Y al ver finalmente todo el circo, me extrañó que quisiera morir en vez de matar. Los padres de Noelia Castillo aparecen llenos de problemas y defectos de los que ellos mismos no han sabido escapar. En la mano de cartas que recibimos a nacer, a Noelia le tocaron las malas.
A los pies del campo de batalla (social, mediático, bioético) ha arraigado una mala hierba que más pronto que tarde brotará. Ha llegado la idea de que algunas vidas no merecen ser vividas. En concreto me refiero a las vidas de gente con discapacidades graves para las que cada día es una lucha que no quieren perder. He visto no pocos casos (algunos cercanos) de gente que ha sentido que se le atacaba por querer seguir viviendo. Cómo de duro debe de ser eso.
Jueces y médicos llegaron a la conclusión de que la vida de Noelia Castillo era insufrible. Los opinólogos llegaron a otras conclusiones, como la de que la gente con Trastorno Límite de la Personalidad no tiene la capacidad de entender el mundo que le rodea o la de que Noelia era demasiado niña para entender sus propios sentimientos. Ella, desde luego, había tirado la toalla hacía mucho. Sin tratamiento psicológico, sin intención de recuperar la movilidad, y atrapada en una casa que era su infierno particular. Nos faltan muchas piezas en este puzle.
Yo miro por un lado a gente cercana que, con lesión medular o lesión cerebral, hace por ser autónoma y por disfrutar de la vida. Y por otro miro a los que conocí y decidieron irse. Miro y recuerdo esa niebla negra que se extiende sobre el alma y el entendimiento. Esa niebla, nos digan lo que nos digan, no se va. El verdadero premio gordo de la lotería es nacer en una familia en la que te puedan atender (techo, comida, afecto). Con esa familia vienen unos genes que igual que conceden orejas de soplillo que te condenan a una depresión crónica. Y luego están las circunstancias: al cocktail del TLP, la familia disfuncional, las sustancias, y un mal salto desde un quinto se le une la tenebrosa presencia de Abogados Cristianos, melón que dejo para otra columna.
Noelia Castillo ha sido la primera, pero de la quinta persona que combine trastorno psiquiátrico con discapacidad física y consiga la eutanasia ni siquiera oiremos hablar. Mientras tanto calará la idea de que la lucha por la dignidad humana no tiene por qué merecer la pena. La idea es que también disparamos a los caballos. Hay muchísimas capas en esta historia. Mientras la vida humana se perfila como una fuerza de trabajo o un gasto, habrá gente que seguirá enfrentándose a cada día con ganas de vivir pese a las deudas, los hijos, las enfermedades, las guerras, y las penurias. Y habrá otra que – como dice la canción de Intronautas – jamás será feliz, porque ese es el boleto que le ha tocado. Si usted es de los que tiene el boleto de la vida en la que hay alegría de vivir, no lo guarde. Repártalo. Cuanto más lo reparta, más tendrá.
