A los más de 90 millones de iraníes no les gustan ni las bombas que reciben casi a diario por parte de Estados Unidos e Israel ni tampoco la dureza con la que los ayatolás apagan cualquier disidencia en el país desde hace más de 40 años.
Ha pasado ya casi un mes desde que la administración de Trump y Netanyahu -sin declaración de guerra previa- descabezaran la cúpula del régimen de los ayatolás, asesinando a su líder supremo en el corazón de Teherán. Desde entonces, los ataques han sido continuos sobre la población iraní, instalada ya en un permanente pesimismo incapaz de soportar ambas amenazas.
Desde que comenzó el conflicto, los ayatolás han bloqueado el sistema de internet. Intentar comunicarse hoy con alguien dentro de sus fronteras es prácticamente imposible. El apagón digital, utilizado por el régimen en momentos de crisis para aislar a su población del resto del mundo, afecta también a los iraníes dentro del territorio. Comunicarse entre ellos es también muy complicado.
La interrupción de las comunicaciones es una de las prácticas más habituales del régimen teocrático islámico. Lo vimos en las protestas masivas de enero de este año, y también en la guerra de 12 días entre Irán e Israel en junio del año pasado.

“¿Quieren dejarnos solos con Motjaba?”
El periodista y escritor Arash Azizi ha podido, pese a todo, contactar con más de una decena de iraníes. Según cuenta en The Atlantic, todas las mujeres a las que ha entrevistado, cuyo nombre no revela por petición expresa de ellas, comparten el mismo sentimiento. “Estoy muerta de miedo”, reconocía una de las mujeres por las consecuencias de una guerra cuyo fin tampoco le tranquiliza. “No me alegraré si la guerra termina ahora, ¿Quieren dejarnos solos con Motjaba?. Su testimonio es el de muchas mujeres iraníes que hace 4 semanas vieron en la ofensiva estadounidense un halo de esperanza para poder decir adiós al régimen que las asfixia desde hace ya casi 50 años.
Según Amnistía Internacional, en Irán ser mujer no sólo significa cubrirse el rostro de forma obligatoria o estar sometida a los estrictos controles de la represora guardia iraní. Ser mujer en el país persa también significa no poder compartir espacio en las playas con los hombres, necesitar un permiso del marido para trabajar o viajar, o perder la custodia de los hijos en los excepcionalísimos casos de divorcio.
Tampoco se pueden manifestar en libertad. Aquellas mujeres que alzan la voz contra el régimen corren el riesgo de ser encarceladas, torturadas e incluso ejecutadas. La demostración la vimos hace apenas 4 años, cuando en 2022 el régimen de los ayatolás aplastó el movimiento Mujer, Vida, Libertad.
Otra de las mujeres con la que pudo hablar el periodista, asustada por un bombardeo que acaba de destrozar las ventanas de su casa, se preguntaba. “¿Por qué la gente no entiende que estas condiciones no son mejores que la falta de libertad?”. Y sentenciaba: “Al diablo con la libertad si este es el precio que pagamos por ella”.

Lo cierto es que un mes después ni las bombas estadounidenses ni la presión israelí sobre Irán ha conseguido tumbar a los ayatolás. El régimen, aunque con un nuevo líder supremo, continúa en pie y quien sufre las consecuencias de los bombardeos son los civiles.
Desde que comenzó el conflicto y según los datos que ofrecen sólo las organizaciones de derechos humanos fuera del país, han muerto 1.407 iraníes, incluidos 214 niños. El ministerio de sanidad del régimen no publica datos desde el 8 de marzo, cuando afirmó que cerca de 1.200 civiles ya habían fallecido en lo que era tan sólo el noveno día del conflicto.
Otros iraníes, más motivados por el futuro que por las consecuencias inmediatas de estos bombardeos consideran que “algo mejor puede venir después”. Esa fue la respuesta que al menos dos jóvenes iraníes, de 26 años el primero, de 32 el segundo, le dijeron al periodista. “Odio esta guerra, pero algo mejor puede venir después”, contestaba uno. “Sólo soy infeliz cuando no oigo el sonido de los bombardeos”, aseguraba el otro.

Los ayatolás refuerzan su mano dura
El implacable sistema de represión de los ayatolás se refuerza todavía más en situaciones de crisis o conflicto. De ahí la paradoja en la que se mueven estos días los iraníes. Ni continuar con los bombardeos ni tampoco hacerlo de la mano del régimen. La versión oficial es la única verdad en la que se permite creer en Irán. La televisión estatal retransmite a diario mensajes de victoria frente a un conflicto que les desgasta mucho más de lo que reconocen en Teherán.
La idea de Trump era crear un caos en la dictadura teocrática que pudiera alimentar la insurgencia de manifestaciones. Pero Irán, acostumbrado a acallar las protestas con mano dura y ejecuciones públicas, ha reforzado su aparato de seguridad. La Guardia Revolucionaria vigila y controla las conversaciones que se hablan en cualquier punto del país. Y sin una oposición organizada es mucho más complicado plantarle cara a la cúpula militar.
Ahora, entre los bombardeos y la represión, millones de iraníes temen que la guerra no haya servido para nada y que una vez termine el régimen aumente su represión contra una población profundamente desmoralizada.
