Durante más de una década, Tariq Ramadan fue el intelectual musulmán favorito de buena parte de la izquierda europea. Nieto de Hassan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, este suizo-egipcio de 63 años se presentó como el rostro de un “Islam europeo” moderado, compatible con la democracia y los derechos humanos. Profesor en Oxford, autor de decenas de libros y conferenciante estrella, era invitado a debates en Francia, Reino Unido y España como el puente perfecto entre Occidente y el mundo musulmán.
Efectivamente: el progreísmo se le rindió. Ahí estaba el reformista que hablaba de “ciudadanía musulmana” sin renunciar a su fe. Parecía la prueba viviente de que el multiculturalismo funcionaba. No era así. La muy admirada Ayaan Hirsi Ali, ex diputada somalí-holandesa que huyó del islamismo y pagó con una vida bajo amenazas por criticarlo, lo desenmascaró hace casi veinte años. En debates públicos y escritos, Hirsi Ali lo señaló como maestro del doble discurso. Efectivamente, ante audiencias occidentales, Ramadan condenaba el terrorismo y defendía la integración; ante públicos musulmanes o en árabe, suavizaba las críticas a la sharía y pedía sólo una “moratoria” (no la abolición) de castigos corporales como la lapidación, y mantenía lazos ideológicos con figuras salafistas y con los Hermanos Musulmanes.
Hirsi Ali lo definió, con agudeza, como un islamista con traje y corbata, no un moderado. Paul Berman y Pascal Bruckner lo corroboraron: Ramadan no rompía con el islamismo político, lo pulía para que entrase en las universidades europeas. La izquierda, sin embargo, prefirió ignorar las alarmas. Criticar a Ramadan era esa “islamofobia” que tanto éxito fue ganando. Se le dio cátedra, plataformas y legitimidad mientras exmusulmanas como Hirsi Ali eran tachadas de “fundamentalistas de la Ilustración” o traidoras. Esta ceguera ideológica se derrumbó con el #MeToo. Desde 2017, varias mujeres denunciaron a Ramadan por violaciones y agresiones sexuales brutales, con hechos que se remontan entre el 2008 y el 2016: encuentros en hoteles tras conferencias, violencia y humillaciones. En Suiza fue condenado en apelación (2024-2025) a tres años de prisión (dos de ellos firmes) por una violación en Ginebra. El 25 de marzo del 2026, un tribunal francés de París lo condenó en rebeldía a 18 años de cárcel por violar a tres mujeres, más la prohibición perpetúa de entrar en Francia. El juicio se celebró sin él (alegó problemas de salud y estar hospitalizado en Suiza), pero las pruebas fueron suficientes. El fiscal pidió exactamente esa pena. Ramadan, que niega los hechos y habla de “relaciones apasionadas consentidas”, pasará años en prisión. El ídolo ha caído.
Ésta no es sólo la historia de un depredador sexual que ocultó su verdadera cara. Es la radiografía de una simpatía peligrosa de la izquierda con el islam político. Se llama islamo-izquierdismo: una alianza táctica entre progreísmo laico y un movimiento teocrático que rechaza precisamente los valores que la izquierda dice defender (laicidad, igualdad de sexos, derechos LGBT o libertad de expresión). ¿Por qué? Por un anticolonialismo simplista que ve en el islam al oprimido eterno frente a Occidente y a Israel, por el multiculturalismo que convierte la crítica religiosa en “racismo” y por un relativismo moral que exige tolerancia infinita hacia lo intolerable cuando viene de algunas minorías.
El resultado es un doble rasero escandaloso: la izquierda se moviliza contra la Iglesia católica por los abusos de ciertos sacerdotes o contra el judaísmo ortodoxo, pero guarda silencio ante la opresión de las mujeres en los barrios islamizados, las fatwas contra los apóstatas o los “crímenes de honor”. Apoyó a Ramadan mientras silenciaba a una Hirsi Ali que nos advertía de que el islamismo no es una cultura más: es una ideología totalitaria. Hoy, con Ramadan condenado, esta complicidad se revela como lo que siempre fue: una traición a las víctimas musulmanas reales, a las mujeres, a los disidentes y a la verdad. La caída de Ramadan no es sólo justicia para sus víctimas. Es la prueba de que las advertencias de Hirsi Ali eran ciertas. La izquierda que le idolatró debería hacer autocrítica. Aunque no se lo crea, el precio lo pagan siempre los más débiles.
