Opinión

Justicia en el deporte femenino

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El récord del mundo vigente y, más antiguo del atletismo, se logró hace 42 años. Pertenece a la deportista checoslovaca Jarmila Kratochvílová. El 26 de julio de 1983 paró el crono en 1:53.28 en la prueba de los 800 metros lisos. Medio siglo después, esta es una marca, tan inaccesible para la élite mundial actual, que las atletas como mucho se acercan un segundo o segundo y medio. Una distancia sideral en esta disciplina.

Además de una contrastada e indudable calidad, Kratochvílová tenía una ventaja competitiva que la diferenciaba de sus rivales. Aunque nunca pudo probarse dopaje, presentaba una musculatura extraordinariamente desarrollada, algo que alimentó las teorías sobre frecuente el uso de sustancias prohibidas, como la testosterona, en el lado este del telón de acero. Esta atleta era inalcanzable para sus contemporáneas y para las que vinieron en décadas posteriores, debido a una ventaja externa, que la hacía superior a las demás.

Aunque con matices, algo similar ha estado a punto de suceder en los últimos años con la inclusión de mujeres trans en el deporte femenino, al permitirse a hombres biológicos, competir en igualdad de condiciones con mujeres.

En circunstancias normales no haría falta recordar que físicamente y, en general, en la especie humana el sexo masculino tiene más masa muscular, mayor densidad ósea y más nivel de hemoglobina, lo que les ayuda a tener más potencia y velocidad. Una ventaja que es absolutamente decisiva en todos esos deportes que requieren de resistencia, potencia o fuerza explosiva.

Y este es el motivo por el que la inclusión de mujeres transgénero en disciplinas femeninas no sólo altera la igualdad en la competición, sino que supone un insufrible agravio para millones de mujeres en todo el mundo. Pues, mientras ellas entrenan desde niñas hasta 16 horas diarias, no tienen nada que hacer ante un hombre que sea un atleta mediocre, que se autodetermine mujer y que se inscriba en la misma disciplina. Esto sin mencionar los deportes de contacto donde, además, corre grave riesgo la integridad física de la mujer.

Antes de continuar recordemos que el sexo biológico es diferente a la identidad de género. El primero, tiene que ver con la genética que no varía a lo largo de la existencia, pues viene determinado principalmente en la concepción por la combinación de cromosomas. Mientras que la identidad de género es un sentimiento subjetivo absolutamente legítimo y respetable que, además, debe ser cuidadosamente protegido, pero que puede cambiar a lo largo de la vida.

Sigamos: en los últimos años el deporte femenino ha estado en grave riesgo como consecuencia de la influencia de una corriente de opinión, adoptada por numerosos políticos, que hicieron creer a los demás que el sexo biológico era equivalente a la identidad de género y que millones de años de biología podían cambiarse gracias a la inclusión de unos cuantos renglones en la legislación. Y en el Comité Olímpico Internacional permitieron esta flagrante desigualdad abriendo una puerta, que hace unos días han cerrado.

La pasada semana conocimos que el COI ha decidido dejar en manos de las federaciones deportivas cada país, el permitir que sean solo las mujeres biológicas quienes puedan participar en la categoría femenina cuando tengan lugar competiciones internacionales. Lo que implicaría que las mujeres trans, solo puedan competir en las categorías masculinas o en categorías “abiertas” siempre y cuando la federación internacional de cada deporte así lo determine. De este modo se termina con una injusticia que permitía a mujeres trans, que jamás alcanzarían los mínimos exigidos en una competición masculina, competir con mujeres y ganarlas aprovechando la ventaja física que la naturaleza les ha concedido.

Lo que no debe llamarnos la atención es que la principal impulsora de este histórico cambio haya sido una mujer. Su nombre es Kirsty Coventry y después de más de 130 años es la primera mujer que preside el Comité Olímpico Internacional. Naturalmente su decisión, al defender los derechos de las mujeres en el deporte, la ha convertido en la imagen de la transfobia internacional.

El feminismo clásico siempre lo encabezaron personalidades valientes que, exponiéndose a graves consecuencias, enarbolaron con valentía la bandera de los derechos de las mujeres en los momentos en los que estuvieron en peligro. Ha sucedido una vez más. Gracias a Kirsty Coventry se ha recordado algo que nunca debió olvidarse: que la igualdad no consiste en borrar las diferencias, sino en reconocerlas para que la justicia sea posible.

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