Opinión

Yo siempre quise ser algo

María Jesús Güemes
Actualizado: h
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Cuando era niña soñaba con ser escritora. Leía bastante y me parecía todo un arte saber contar historias. Pero se trataba de una empresa elevada. Así que, llegado el momento, me hice periodista. Era una forma de seguir en contacto con las palabras.

Nunca me he atrevido a hacer una novela. Hay quien me anima a dar el paso y tengo algunas ideas apuntadas, pero no me arriesgo. Tengo un gran respeto por los compañeros que se lanzan. Me parece bastante difícil. No sólo construir un argumento y desarrollar los personajes, también hilarlo bien y, sobre todo, dar con un principio y un final a la altura. Además, me falta algo de ego, el necesario para decirme a mí misma que la trama vale la pena. Sé que me estaría releyendo y corrigiendo sin parar.

Por eso todavía hoy cierro un libro y me detengo a analizar con admiración la maestría de alguien con poder de invención. Alguna vez pienso que ese argumento lo tenía al alcance de las manos y que yo lo podría haber desarrollado, pero no lo he hecho. No sé si pesa más la cobardía o la vergüenza.

Todo esto me vino a la cabeza el otro día viendo ‘Olvidadas’ en Centro Danza Matadero. Este espectáculo, de la coreógrafa y bailaora Mercedes de Córdoba, rinde tributo a Las Sinsombrero, las mujeres españolas de la Generación del 27 que no fueron reconocidas como los intelectuales varones de su misma época.

En la representación hay un momento en el que se escucha la voz de la filósofa María Zambrano. Explica su relación con el país que la vio nacer. Para ella no era sólo un punto geográfico. “Yo llevo a España en las entrañas. Fuera de mí no ha estado nunca. Yo dentro de ella no he podido estar”, expresó. Vivió en el exilio durante más de 40 años tras la Guerra Civil.

También se oye a la poeta y dramaturga Concha Méndez recordando que un buen día fue a su casa un amigo de su padre y preguntó a sus hermanos qué es lo que deseaban hacer en el futuro. Ella se adelantó. “Yo voy a ser capitán de barco”, contestó. Y el hombre le respondió: “Las niñas no son nada”. “¿Qué es eso de que las niñas no son nada? Yo, desde pequeña, quería ser algo”, lamenta en la grabación. Es una frase que resuena a lo largo de toda la obra. “Yo siempre quise ser algo”, vuelve una y otra vez entre el cante y el irrefrenable repiqueteo de tacones.

Tras descubrir anécdotas como estas, Mercedes de Córdoba decidió embarcarse en este proyecto. “Mi interés por ellas surge de un enfado conmigo misma, por el hecho de no conocerlas”, cuenta en una entrevista. Se puso a investigar y decidió dar respuesta a su indignación con su lenguaje flamenco.

“¿Alguna vez os ha calado tanto una historia injusta hasta el punto de sentir en tu cuerpo el miedo, la angustia, la rabia y hasta las cicatrices que esta provoca? Esta la sentí así, dolió como propia. Como si hubiese estado dentro de cada una de ellas”, dice en el escenario.

A partir de ese momento todo empieza a plagarse de gestos y metáforas. Al principio las mujeres aparecen vestidas de negro como si hubiesen salido de La casa de Bernarda Alba, pero luego se adornan con pañuelos morados. Al principio, se tapan la boca, pero luego rasgan el silencio con su danza. Aquí no hay sombreros, pero sí unos cubos de latón de los que terminan desprendiéndose.

Hubo un pasado en el que los hombres mandaban callar a las mujeres. Estaban sometidas. Este grupo luchó por imponerse y ganar su espacio. Lograron romper las convenciones y convertirse en referentes con el tiempo. Esperemos que al año que viene, que se celebrará el centenario de la Generación del 27, les den el valor que merecen. Fueron la semilla de esa planta que ahora echa flor.

“Gracias a ellas y a muchas otras que ni conocemos y que han sufrido ese tipo de represión, yo estoy aquí pudiendo realizarme, firmando mis obras sin tener que cambiarme el nombre y siendo una mujer empresaria, que tiene su compañía y que se puede expresar libremente o, por lo menos, lo intento”, cuenta Mercedes de Córdoba que baila poderosa sobre las tablas. Las quiere invocar y lo ha hecho porque, al final, todavía hoy me martillea la mente ese mensaje de “yo siempre quise ser algo”. Tal vez yo ya lo he conseguido sin necesidad de alcanzar el anhelo de mi infancia.

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