Recuerda el amigo Juanma Rodríguez que, hace medio siglo, se estrenó Todos los hombres del presidente. Un peliculón sobre el caso Watergate, ya saben, con Robert Redford interpretando a Bob Woodward, y Dustin Hoffman, a Carl Bernstein. Hay más periodismo en sus 138 minutos de duración que en mil horas de youtubers de esos que dicen que informan sobre lo que los medios ocultan y, como poco, que en un tercio de las asignaturas de la carrera. “Cualquiera que quiera ser periodista tiene que verla –escribe el director de El primer palo y tertuliano de El Chiringuito–. Aunque sea con cierto espíritu antropológico, porque ese periodismo ya (casi) no existe. Hemos envejecido mal asumiendo como propios tics que no son nuestros, y todo con tal de ser modernos”. Nihil obstat.
Hace sólo unos días, un médico que responde al nombre de Felipe Sánchez Gahete escribió una carta al director en un medio de la competencia que me hizo mucha ilusión. Contaba en ella que había leído mi libro sobre el diario Pueblo, Nido de piratas (Debate, 2023), y que le había “retrotraído a mi primera adolescencia, cuando acompañaba a mi padre a estos bares y me abalanzaba sobre el periódico si no estaba cogido”.
Tanto en el Washington Post como en el extinto periódico de los sindicatos verticales se hacía un periodismo imperfecto, a veces canalla y amoral, pero mucho más divertido, eléctrico, vivo y determinante que el que se perpetra mientras tecleo estas líneas. En general –insisto en el en general: todavía quedan profesionales extraordinarios; no son pocos, y muchos de ellos sobreviven ocultos bajo una densa capa de mediocres, verduleros y/o cortesanos–, nos hemos convertido en un maldito chiste. En Pinochos que, en vez de querer convertirse en niños de verdad, preferimos que el titiritero nos recubra de oro los hilos con los que nos maneja. En payasos de circo. En vendedores de humo. En asustaviejas fatuos. En aparentes monaguillos del padre Ángel con vocación de Judas Iscariote. Somos la farsa literal de aquella broma atribuida a Tom Wolfe: “No le digas a mi madre que soy periodista, ella piensa que toco el piano en un burdel”.
Si, en ese burdel, sólo fuéramos los pianistas…
El tsunami de presuntas exclusivas colapsa, anestesia y envilece. Abundan las tertulias que atufan a Sálvame reconvertido –no en vano, quienes produjeron aquella infección audiovisual están detrás de no pocos programas de análisis político–. El vocablo escándalo, del que abusan algunos supuestos periodistas de investigación, se ha convertido en el nuevo fascismo de los izquierdosos de salón. El tiempo y la justicia son los trillos que separan el grano de la paja, el bulo de la información verdadera y relevante, pero se tornan insuficientes en esta sociedad cagaprisas, yonqui de dopamina y hambrienta de horca civil. Qué quieren que les diga: acusar, por ejemplo, de plagio a Carlos Cuerpo por reutilizar en su tesis material propio, aparte de desinformar, es una verdadera chorrada. “¿De qué sirven tantas exclusivas periodísticas –se pregunta el escritor Javier Santamarta–, tantos programas especiales y periodistas de postín revelando escándalos del Gobierno, si no afectan al mismo ni lo hacen siquiera tambalear? Algo no se está haciendo bien… o está mal”. Pues eso.
