Opinión

Víctimas perfectas

Noelia Castillo.
Actualizado: h
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En Occidente los rostros de las víctimas son femeninos, y, en el peor de los casos, de niños y niñas; hemos perdido la costumbre de ver nombres masculinos entre ellos, a diferencia de otros países, que muestran a sus caídos, aunque solo sea para convertirlos en héroes o en mártires de manera inmediata. Además, como ya he escrito en anteriores ocasiones, hay muchas posibilidades de que si vemos un rostro femenino en las noticias se deba a que sea una víctima de una u otra clase.

No solemos ocupar muchas otros espacios, pero no hay como una mujer, y aún mejor si no pasa de los treinta, y aún muchísimo mejor si su rostro resulta atractivo para que encaje a la perfección en la habitual historia que nos cuentan.
La joven desaparecida, la chica guapa que escogió mal, la que se arriesgó de más, la hija de familia o la prostituta. La historia con potencial, con su principio, nudo y desenlace. Vale cualquiera. La última ha sido Noelia Castillo. Minuto a minuto. Su nombres se repite, se analiza su comportamiento, se despieza su psique. Qué hizo, con quién habló, qué llevaba puesto. La intimidad se vuelca a un archivo público.

Noelia Castillo

En Estados Unidos este fenómenos se bautizó como missing white woman syndrome: las mujeres jóvenes, blancas y atractivas reciben una cobertura desproporcionada frente a otros perfiles. Hay estudios de la University de Wyoming o análisis de la FBI que señalan desde hace años esa brecha. En España este comportamiento mediático es absolutamente reconocible: determinados casos ocupan portadas durante semanas mientras otros desaparecen en horas o ni siquiera llegan a aparecer. Las asociaciones de familias de desaparecidos lo repiten con crudeza: la diferencia no estriba el dolor. Es la fotogenia, amigos.

Más de 200 personas en España esperan que se les conceda la eutanasia en plazos que, en algunos casos, superan los límites legales. Lo ha denunciado la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Por suerte para todos, no habrá cámaras frente a sus residencias, ni reconstrucciones de sus últimos días. No habrá tertulias que analicen sus decisiones con el mismo detalle con el que se diseccionó la vida de una chica cualquiera, ni su familia, su salud mental o las agresiones que sufrió.

Nadie debería excusarse para ello en lo moral. Esa atención no protege a nadie: solo expone y se disfraza de empatía mientras invade todo espacio delicado. Se cuestiona el acierto de la justicia, se especula. Se construyen hipótesis sobre la conducta de la víctima, se deslizan juicios, se reabre la vieja sospecha: qué hizo, qué no hizo, si pudo evitarlo, si pudo evitarse. El paternalismo sigue ahí, intacto, disfrazado de interés. ¿Qué pudieron hacer otros para que no se llegara hasta allí? Otros. Siempre otros..

Eutanasia de Noelia Castillo - Sociedad
Imagen de la joven durante su última entrevista.
Atresmedia

Y si mencionamos los abusos sexuales, hablemos directamente de cinismo. Según datos del Ministerio del Interior de España, las denuncias por delitos sexuales han aumentado en los últimos años, pero la conversación pública no ha variado entre la banalización o la instrumentalización. Titulares rápidos, o reiteradas armas arrojadizas en el debate político. En ambos casos, la víctima desaparece como sujeto. Solo a veces se transforma en un símbolo útil.

Construimos una cómoda jerarquía del dolor. No todas las vidas generan el mismo interés ni todas las víctimas reciben la misma protección mediática, y en esa selección, además de la inercia, asoma el mercado, se consolidan sesgos, hay una lógica de consumo emocional que decide qué nos conmueve y qué podemos pasar por alto. Miramos mal porque otros nos dicen a qué y a dónde. Y las consecuencias reales es el sufrimiento que se convierte en espectáculo, la intimidad en mercancía y la empatía en política. No se trata de que unas víctimas, víctimas casi perfectas, ocupen todo el espacio. Es que aceptamos que todas las demás no ocupen ninguno.

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