El día que escuché “soy un friki de los gimnasios” supe que el concepto de lo friki había muerto. Seguro que alguien, en alguna consultora, ha dicho “Soy un friki del Excel” igual que habrá fashionistas diciendo que son “frikis de Inditex”. Los pobres desgraciados – personas con malformaciones, alteraciones genéticas y rarezas corporales – que se ganaban la vida en los circos del siglo XIX y albores del XX han sido desplazados en el imaginario colectivo por varones de mediana edad con camisetas de Star Wars (¿se acuerdan cuando eran, simplemente, las películas de La Guerra de las Galaxias?) que coleccionan funkos y ven series en plataformas tan underground como Netflix o Prime Video.
Durante unos cuantos años asistí a los fastos del Orgullo Friki: las Batallas del Pan en Vázquez de Mella (inspirada en la batalla del Abismo de Helm), la fiesta del Círculo de Bellas Artes (donde hacíamos una suerte de persecución al ritmo de la música de Benny Hill), y alguna triste manifestación en la que declarábamos que el manga no era solo “sexo y violencia”, como decían una y otra vez en el ABC y Antena 3. Las tiendas de comic vendían comics porque la gente los leía. Los salones eran sitios donde se compraban tebeos y libros, y no ferias del merchandising y escaparates para películas de acción de los grandes estudios. Espacios de felicidad a 5€ la entrada en lugar de estafas orquestadas por tres pijos canónicos y un pijo encubierto (la Comic Con de Málaga, en las que pagas 50€ por entrar y 90€ por asistir a una lamentable charla con un actor en horas bajas) con músculo económico capaz de pagar a Google para que prime los resultados positivos sobre los críticos a la vez que no son capaces de poner un mínimo de seguridad en el recinto.
El Orgullo Friki tenía sentido cuando la FNAC era una tienda de libros y discos (con unos baños llenos de mambo y acción, todo hay que decirlo). El Orgullo Friki era el orgullo de los que habíamos sido expulsados del mundo por nuestros gustos, nuestro aspecto, o nuestra forma de ser. Cabría preguntarse por qué los hijos de los inmigrantes y las personas con movilidad reducida estaban siempre en estos saraos, cuando los unos recibían un trato discriminatorio en otros espacios, y las personas con algún problema de movilidad eran excluidas de casi cualquier forma de ocio. Cabría preguntarse por qué eran (éramos, en la parte que me toca) aislados en el colegio, la universidad, el trabajo. Para mí ser una freak, una friki, es no olvidar quién soy y quién aprendí a no mostrar: soy y era una de esas personas que miran estupefactas y decepcionadas cuando Cleopatra (Olga Blakanova) grita “¡Freaks!” en el pico dramático del clásico de Tod Browning. Yo he tenido mucha suerte en la vida, pero otros no la han tenido. Ya me jodería estar de nuevo en una oficina en la que escuche, día sí día también, un “te has olvidado de la pastilla”.
El Día del Orgullo Friki tiene la fecha del estreno de La Guerra de las Galaxias (franquicia que he llegado a aborrecer) y del Día de la Toalla. ¿Cuántos de esos “frikis” saben qué es el Día de la Toalla? Pocos. Por un lado, se ha conseguido el objetivo (hacer ver que somos gente normal), pero por otro esa normalización se ha producido única y exclusivamente porque la población occidental se compone de adultos sin expectativas reales donde la nostalgia de los productos de su niñez compensa las carencias de un sistema despiadado en el que los presuntos geeks son un grupo de oligarcas que acabarán con los recursos del planeta más pronto que tarde. Nos creemos la Resistencia, pero somos soldados imperiales. “Lo friki”, como conglomerado, era un reconocimiento de las virtudes de la cultura popular, pero se ha transformado en un escapismo malsano en el que no luchamos más que en nuestra imaginación.

