Si no han tenido la ocasión de acercarse durante los días pasados a las distintas representaciones en recuerdo de Mercedes Pinto (por ejemplo, en Madrid, en el Fernán Gómez, se recuperó hasta este domingo Un señor… cualquiera) se habrán perdido la agudeza y la inteligencia de una mujer extraordinaria. Pero aún tienen la oportunidad, dado que se conmemora el medio siglo de su muerte, de conocerla.
No fue uno de esos numerosos casos de Sin Sombrero agostadas por el tiempo y el olvido. Nos gustan esas historias de mujeres rescatadas, de pioneras cuyas obras pasaron años de paciente espera en un desván hasta que nosotros, más justos y perspicaces, las encontramos. Las novelas de ese tipo se revisten de una cierta asepsia, dan menos guerra que la propia Pinto, una canaria que publicó, dio conferencias, escribió novelas y teatro, fue periodista y conoció la fama y el escándalo. En 1923 fue noticia porque se atrevió a pronunciar en Madrid una conferencia titulada El divorcio como medida higiénica. Sabía de qué hablaba: había sobrevivido a un matrimonio violento con un marido que acabó ingresado en un manicomio. Carmen de Burgos la animó a que presentara públicamente el problema de la desatención a quienes se casaban con enfermos mentales, a quienes no les permitían divorciarse. La dictadura de Primo de Rivera, reacia a otra imagen de la mujer y el matrimonio que no fuera la resignación y la el amor, recibió con hostilidad sus ideas y ella terminó por marcharse de España. Como tantas otras, vivió, escribió y fue conocida en Uruguay, Chile, Cuba y México; Luis Buñuel llevó al cine su novela Él. No desapareció, pero la perdimos.
Pienso en eso mientras leo una noticia completamente diferente: cómo la inteligencia artificial está creando a una velocidad vertiginosa una nueva jerarquía laboral en la que las mujeres ocupamos, de nuevo los puestos inferiores. Según los datos de LinkedIn que ha recogido estos días The Guardian, de una cuarta parte de las nuevas contrataciones relacionadas con IA, apenas un 13% aparece en sus puestos ejecutivos. Sobran en tareas auxiliares, en esos trabajos menos visibles y peor pagados que alimentan sistemas que otros diseñan, dirigen y poseen. Lo de siempre, supongo, salvo que en esta ocasión sabemos que, además de una industria, estamos construyendo también una memoria.
La inteligencia artificial a la que preguntamos quién fue alguien, qué libros debemos leer, qué ocurrió en determinada época o los nombres esenciales de una época no recuerda como nosotros lo hacemos: no investiga ni rescata, sino que trabaja sobre lo que encuentra, sobre lo que alguien ha digitalizado y repetido. Si Mercedes Pinto tuvo obra y lectores y, aun así, España consiguió olvidarla durante décadas. ¿Qué ocurrirá con quienes dejaron un rastro más evanescente?
Por eso resulta inquietante que discutamos la presencia de las mujeres en la IA únicamente como un problema de empleo o de salarios, por mucho que importen esos temas; se deja fuera quién decide lo que aprende la máquina, con qué materiales, qué errores se corrigen, qué ausencias se detectan y qué consideramos relevante. Durante siglos el canon tuvo sus guardianes en la academia y sus profesores, los críticos, editores y bibliotecarios cuyos puntos ciegos conocemos bien. Cuando alguien, dentro de cien años, pregunte quiénes fuimos me gustaría saber quién habrá decidido la respuesta.

