Hay entrevistas que nacen con el propósito de mostrar las consecuencias de una herida social y que logran, no por lo que contienen, ni siquiera por el enfoque del entrevistador, que la herida personal se reabra desde el mismo titular. Pensaba en ello estos días cuando leía las que dos medios impresos, nacionales, de línea editorial muy diversa, han mantenido con sendas mujeres jóvenes, inteligentes y muy interesantes: la actriz intersexual Elisabeth Martínez, y la escritora Mayte Gómez Molina. Ambas reflexionaban con sinceridad sobre su relación con la corporeidad, esa gran tierra de nadie en la que caemos, antes o después, la mayoría de las mujeres.
Pero bastó una frase extraída del conjunto, ubicada en el titular, para que las redes hicieran el resto. En un caso, la reflexión sobre qué significa sentirse una “mujer correcta”. En el otro, la idea de que, cuando una mujer juzga el cuerpo de otra, a menudo lo hace desde una mirada aprendida. Dos conversaciones largas, llenas de matices, se redujeron a una consigna de veinte palabras, lo que pide el medio digital, por cierto, y entonces llegó lo previsible.
Obviamente, no leímos argumentos discrepantes. No, llegó, primero con cierta sorna, después sin concesiones, el linchamiento.
Quienes concedemos entrevistas sabemos que existe un momento extraño y fluctuante en el que tu discurso deja de pertenecerte. Tras una charla de media, una hora, en la que has dudado, rectificado, desarrollado una idea, respondido a una objeción, alguien elige una frase para abrir la puerta a su lectura. Constituye un trabajo periodístico legítimo, un titular sirve como una invitación abierta, incluso provocativa, a entrar; pero esa puerta no muestra la casa entera.
He pasado por ello, imagino que casi como cualquiera que lleve años concediendo entrevistas, por el pasmo cuando se descubre que cientos o miles de personas discuten o te atribuyen una frase que no pronunciaste exactamente así, o que, aun siendo literal, pierde todo su sentido fuera del contexto. Incluso ahora, con redes sociales propias, resulta complicado explicar que el cuerpo de la entrevista dice otra cosa y en el mejor de los casos se comprueba que ya nadie tiene interés en leerlo. Se aprende, a las bravas, que en internet, la defensa de un matiz suele interpretarse como una confesión de culpa.
La ridiculización en redes no se limita al insulto; reduce la posibilidad de pensar en voz alta o premia a quienes se crecen con la atención negativa y la usan como una estrategia de promoción. Una entrevista no debería ser un examen, y menos aun a una persona joven, que relata un pasado con importantes dificultades que muchos lectores comparten; podría ser un lugar donde una idea se busca o se redefine. Pero hemos conseguido que muchas personas inteligentes lleguen a la sencilla conclusión de que no merece la pena. Con cada linchamiento cientos de testigos silenciosos toman nota. La próxima vez responderán con frases más planas, más previsibles, más estériles.
Generan menos dolor las entrevistas impecables, pulidas e inofensivas. Digamos exactamente lo esperado. No aventuremos una hipótesis. No formulemos una comparación que pueda malinterpretarse. Hablemos durante una hora para no decir absolutamente nada que sobreviva al día siguiente.

