Opinión

Los que no leyeron El Quijote

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No creo que el informe PISA haya sorprendido a nadie. La generación que abrazó la web del Rincón del Vago tiene hijos, y estos hijos no entienden lo que leen (si es que alguna vez leen). Qué van a leer si sus padres andan enchufados al Candy Crush o a los reels de Instagram. Qué van a entender si lo único que escuchan en casa es que Nadal es “un crack”. Y qué van a aprender si las escuelas son una jungla en la que expulsar a un capullo bullanguero (“elemento disruptivo” les llaman ahora) es más difícil que encarcelar a un asesino.

Caída de Movistar - Economía
Varios usuarios usan sus teléfonos móviles.
EFE/Kith Serey

Me sorprende la nula presencia que el eco del Informe Petras está teniendo estos días. Seguramente no les suene, porque en su día tampoco tuvo el impacto que hubiera merecido. Les pongo en contexto: en 1995 James Petras (miembro del Tribunal Bertrand Russell de los Derechos Humanos y estrecho colaborador de Noam Chomski entre otros méritos) visitó Barcelona y, contratado por el CSIC, elaboró un informe sobre el presente y futuro de la juventud española. Al PSOE crepuscular de 1995, a un año de bajarse del poder, no debieron de gustarle las conclusiones arrojadas por Petras, así que el CSIC unca publicó dicho informe. Petras contactó con Ajoblanco (esa revista que tantas cosas nos descubrió) y el texto vio la luz en verano de 1996, ya con Felipe González fuera del poder. El informe ya no cambiaría nada, pero sus postulados son demoledores; una juventud quebrada, con un futuro laboralmente oscuro cuando no inexistente. Empobrecimiento de las nuevas generaciones, desesperanza, y congelación de sueldos en unos trabajos que empezaban a precarizarse. “Para la nueva generación, el empleo es el problema número uno. No hay prácticamente empleos estables, la mayoría son eventuales, sin porvenir y mal pagados, “bajo mano”. Es imposible de imaginar el “mudarse”… Jóvenes adultos con veintimuchos y treintaipocos acaban viviendo en casa con sus hermanos adolescentes”, señalaba Petras. Aunque señala estas tendencias como globales, no es un galón que un gobierno socialista quiera colgarse. A Aznar le dio más igual, como le daba igual todo lo que no fuera favorecer a amigos y familiares de su misma clase social. Para cuando yo acabé el instuto y luego la carrera, el trabajo estrella de los jóvenes era teleoperador, ese puesto mal pagado donde le das el coñazo por teléfono a desconocidos que acaban insultándote porque no aguantan más sus llamadas. Ese fue el milagro económico de Aznar: precarizar aún más el trabajo e impulsar las putas ETTs. Pero era 1996, y las cosas aún no se habían torcido tanto.

Yo era estudiante de B.U.P. en aquella época, y recuerdo de manera diáfana aquellos años que ahora, gracias a la nostalgia, se venden edulcorados y ultraprocesados a las nuevas generaciones. El caballo de batalla es el de siempre: El Quijote. De toda la vida los que más lo mentan son los que menos lo han catado. Nuestra obra más universal aparece en las conversaciones, tertulias y columnas para ilustrar lo que aquella generación (la del informe Petras) y la generación previa (la que sí cató la bonanza) piensa de sí misma. Ellos (nosotros) leyeron (leímos) El Quijote. Y estudiaron mucho. Y se esforzaron más que nadie. Y jugaban con un aro que empujaban con un palo, y construían sus propios coches de juguete con cajas de cartón y jeringuillas de los yonkis del barrio. Cuando leo y escucho estas cosas me acuerdo de los días en el portal de mi primera casa, y de cómo jugábamos con la peonza; cada padre que salía o entraba nos decía lo bien que se le daba la peonza. La cogía, enroscaba la cuerda, y tiraba de nostalgia, que no de memoria muscular. La peonza no giraba, solo caía pocha contra el suelo, describiendo una semicircunferencia. Los niños mirábamos a los adultos esperando a saber qué, y ellos decían “vaya, pues se me daba muy bien”. Lo volvían a intentar hasta que se cansaban, pero la magia de la peonza no les acompañaba ya (y del balón o el yoyó ni hablemos). Ahora, décadas después, somos nosotros los que le explicamos a los chavales lo bien que se nos daba la peonza y lo mucho que nos gustó El Quijote. Pero la verdad es que lo leímos pocos de cada clase. Yo lo hice, y muy deprisa. Me gustó mucho, pero de no haber tenido una fecha de examen sé que no lo hubiera terminado, porque me apetecían más otros libros. Algunos cogieron resúmenes, otras ediciones modernas, y aún recuerdo la pregunta del examen: “¿Quién o quiénes despidieron a Alonso Quijano en su segunda salida?”. Si lo leyeron tal vez recuerden la respuesta.

Estatua de don Quijote y de Sancho Panza frente a la fachada principal del Museo Casa Miguel de Cervantes. Alcalá de Henares, Comunidad de Madrid.
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En 1995 la educación secundaria se sacaba con un fuerte trabajo memorístico y sin necesidad alguna de entender lo que se aprendía. Esa gente fue a la universidad, y casi todos encontraron un trabajo acorde al nivel social y económico de sus padres. Hubo milagros y también descalabros, pero sobre todo la vida siguió siendo la que es. Los idiotas siguieron siendo idiotas. Los solitarios siguieron siendo solitarios. Los ladinos se sofisticaron, las guapas dejaron de serlo, y los enclenques se hicieron deportistas a los treinta o cuando se quedaron calvos. Nada cambió salvo la economía, que siguió su línea descendiente mientras que, con alevosía, determinados poderes fácticos se fueron asegurando de que cada generación fuera un poco más inútil que la anterior. Yo releí el Informe Petras el año pasado (es muy breve y lo tienen gratis en Internet) y me resultó demoledor. Miren: tontos ha habido siempre, pero cuando el interés económico es fabricar tontos ya nos tenemos que parar en seco. Lástima que ya seamos tan tontos que no sepamos ni cómo se hace eso.