Hay libros que te gustan. Y luego están los que te atraviesan. A mí Persépolis me atravesó.
La leí hace años y todavía recuerdo la sensación de estar asomándome a una ventana que daba a un mundo que apenas conocía. Un Irán contado no por expertos, ni por políticos, ni por tertulianos occidentales, sino por una niña que crecía entre bombas, prohibiciones y contradicciones. Una niña que se llamaba Marjane Satrapi y que acabaría convirtiéndose en una de las voces más valientes de nuestro tiempo.

Hemos sabido que ha muerto a los 56 años en París. Su entorno ha explicado que falleció poco más de un año después de la muerte de su marido, Mattias Ripa, al que describían como el amor de su vida. Una explicación que parece más literaria que médica, pero que encaja con alguien que convirtió las emociones en arte y la honestidad en una forma de resistencia.
Cuando pienso en Satrapi no pienso solo en una escritora. Pienso en una mujer coherente. Y la coherencia es un bien escaso.
Vivimos rodeados de personas que dicen defender principios hasta que esos principios tienen un coste. Defendemos causas mientras no nos compliquen demasiado la vida. Protestamos siempre que no tengamos nada que perder. Marjane Satrapi era distinta.
En enero de 2025 rechazó la Legión de Honor, la máxima condecoración que concede Francia. No era un premio cualquiera. Era el reconocimiento oficial del país que la acogió, donde vivió gran parte de su vida y del que obtuvo la nacionalidad. Mucha gente habría posado orgullosa para la foto. Ella no.
La rechazó porque consideraba que Francia mantenía una actitud hipócrita respecto al régimen iraní y respecto a los disidentes que luchaban por la libertad. Denunció que mientras algunos miembros de las élites iraníes circulaban con normalidad por Europa, muchos jóvenes, artistas y opositores que huían de la represión encontraban puertas cerradas.
Lo importante no es si uno comparte exactamente su análisis político. Lo importante es que renunció a un honor personal por fidelidad a una idea. Y eso hoy resulta casi revolucionario.

Porque Satrapi nunca utilizó Irán como un decorado exótico para vender libros. Nunca convirtió el sufrimiento de las mujeres iraníes en una marca personal. Hablaba porque aquello era su vida. Porque conocía los nombres, los miedos y las consecuencias. Porque había visto cómo una revolución prometía libertad y terminaba imponiendo otra forma de opresión.
Quizá por eso Persépolis sigue siendo tan poderosa. No intenta convencernos de nada. No da lecciones. No convierte a unos en héroes y a otros en villanos. Nos obliga simplemente a mirar. A mirar a una adolescente obligada a llevar velo. A mirar a una familia que intenta conservar la dignidad. A mirar la distancia entre los discursos ideológicos y las vidas reales.
Con los años llegaron más libros, películas, premios y reconocimientos. También llegó su apoyo constante a las mujeres iraníes y al movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, surgido tras la muerte de Mahsa Amini. Pero, para muchos lectores, seguirá siendo aquella joven dibujada en blanco y negro que nos enseñó que detrás de cada conflicto geopolítico hay personas intentando vivir una vida normal.
Hoy, al conocer su muerte, he vuelto a pensar en la primera vez que cerré Persépolis. Sentí admiración. La misma admiración que siento ahora.
Porque Marjane Satrapi no solo nos dejó una obra extraordinaria. Nos dejó algo mucho más difícil de encontrar: el ejemplo de una persona que intentó vivir de acuerdo con lo que pensaba. Y eso, en estos tiempos, merece más respeto que cualquier medalla.

