Opinión

Salir de la fase de negación

Zapatero y Sonsoles Espinosa - Política
José Luis Rodríguez Zapatero y Sonsoles Espinosa en un acto público (EFE)
Actualizado: h

El ánimo de la izquierda estos días es propio de un funeral. Desde que se conociera el auto y la imputación a José Luis Rodríguez Zapatero, la mayor parte de las reacciones han venido marcadas más por sus características afectivas y emocionales que por el análisis serio o de coyuntura de lo que está pasando. Lo es en las que lo asumen más explícitamente (quienes hablan de consternación, de estar jodidos, de incredulidad, el afecto que le tenían al expresidente, el cariño) y también en las que se pretenden estrictamente racionales: la incredulidad es una expresión más de la carga afectiva que se le tenía al expresidente. De ahí que unos y otros oscilen entre las apelaciones al lawfare y los titubeos, la crítica a cualquier coma del auto como si encerrase esa coma la más oscura de las conspiraciones, la épica guerracivilista que se instala. Todo esto es comprensible. Zapatero es y ha sido un referente moral de la izquierda, ejemplo de un Gobierno sin corrupción, el principio el más inocente: que se caiga él es que se caiga un mito. Pero de un referente moral a un referente político hay cierta distancia.

No me reconozco del todo en el tono elegíaco y las hagiografías que se han montado estos días. Zapatero, para mi generación, no es exactamente un referente político. Existe un reconocimiento por las buenísimas cosas que Zapatero aportó, sobre todo en su primer mandato: las conquistas de derechos civiles, el matrimonio igualitario, el reconocimiento a la violencia de género. Pero para mí, que crecí con la crisis económica y tenía diez años cuando se desencadenó el 15M, el recuerdo de Zapatero está marcado necesariamente por su segunda legislatura: la de los recortes, la desaceleración, el ajuste económico impuesto desde Bruselas que criticábamos como un mandato de la troika, la firma de una reforma exprés de la Constitución con el Partido Popular, la justificación de un desmantelamiento de ciertas condiciones y garantías del Estado.

Mi tradición política, claro está, no es la de Zapatero. Entiendo la consternación y el desánimo en las filas de los socialistas, porque entre los suyos era todo un referente; me confunde más la consternación y el desánimo que noto entre otros que, en principio, habrían de compartir conmigo una lectura política más afín. ¿Por qué la izquierda a la izquierda del PSOE parece en ocasiones más zapaterista que los propios socialistas? Sospecho que el origen de esa mutación tiene que ver con una corriente de fondo que verbalizó en numerosas ocasiones Pablo Iglesias: la interpretación de Podemos, más que como una vehiculación del 15M, como otra evolución más en el hilo rojo de la historia que parte del PCE y el comunismo español. En esa lectura, la “gran conquista” de Podemos habría sido romper con la “cláusula de exclusión histórica” que impedía que los comunistas formasen parte de los gobiernos estatales. En romper con esa cláusula de exclusión jugó un papel importantísimo Zapatero. Cuando tocó, en vez de superarlo, formar gobiernos de coalición con el PSOE, se procedió a la rehabilitación política de esa figura que parecía tocada de muerte, un mal recuerdo. De esos polvos, estos lodos.

No es una interpretación histórica con la que esté de acuerdo y me parece que ese relato nos ha conducido a no pocos puntos muertos. El peor de todos es en el que nos encontramos hoy: hay una izquierda que sufre la crisis política del PSOE como si fuera su propia crisis, que no sabe distanciarse de ella, que no ha cogido distancia psicológica suficiente, que no tiene una identidad propia fuerte más allá del Gobierno y que no logra del todo hacer ese duelo inacabable por Zapatero. Estratégicamente, es un problema grave: sobre todo por parte de una izquierda que, en teoría, surgió precisamente impugnando el bipartidismo, impugnando la hegemonía del PSOE en el Estado y hasta impugnando la corrupción. Dijo Rufián el otro día que seguramente se equivocó en un primer momento en su evaluación de la imputación, al pesar más su afecto personal por el expresidente que la realidad que constata el auto. ¿Qué dice de la izquierda hoy, de este espacio político, que pese más ese afecto que la realidad? ¿A qué escenario nos aboca que no exista una interpretación propia, una distanciación evidente a los ojos de la ciudadanía, si no es a una larga travesía en el desierto? Si todo se confirma y sigue sin existir una izquierda emocionalmente independizada del desastre, el escenario por venir puede perfectamente suponer una década sin que la izquierda ostente el poder en ningún sitio. No hay misión más urgente que responder a eso y plantear una alternativa. El duelo ya puede venir después: la prioridad ha de ser salir de la fase de negación.