El 25 de junio de 2021 fui a ver por primera vez ‘Una noche sin luna’. Una amiga tenía una entrada libre y me preguntó si me apetecía acompañarla. No sabía de qué iba la obra. Lo suyo era pasar un rato agradable y luego tomar algo, pero aquel plan se convirtió en un regalo inesperado.
No éramos conscientes de que íbamos a salir del teatro con el corazón encogido e impresionadas de por vida. La pieza nos deslumbró como nunca otra lo había hecho. Fue apagarse la luz y hacerse la magia. Apareció Juan Diego Botto encarnando a Federico García Lorca y su sensibilidad nos conmovió.

El actor entrelaza sus palabras con las del poeta granadino para construir un monólogo que contagia indignación y pasión. Así, aparecen fragmentos de sus composiciones, pero también de sus charlas, entrevistas y conferencias. Sirven para relatar su paso por la residencia de estudiantes, su experiencia en La Barraca, las críticas recibidas, algunas de sus opiniones políticas, su amor por Rafael Rodríguez Rapún, su lucha por la libertad de identidad sexual o la importancia de la memoria.
En el texto hay muchas perlas que tengo apuntadas. Una de ellas es cuando cuenta que de pequeño tenía “una canica que contenía el universo”. Estaba jugando en la plaza y unos muchachos se la quitaron porque eran más grandes y fuertes que él. La cogieron, se rieron y se fueron. Y, entonces, pensó: “¿Cómo es posible que no se quiebre el equilibrio del mundo cuando abusan de ti por ser más frágil, más sensible, más pobre, por ser mujer, por ser más pequeño?”. Está hablando de un pasado muy presente porque irremediablemente todos pensamos en las injusticias que se cometen hoy en día. En agosto de 1936 mataron a Lorca. Era una noche oscura, una noche sin luna, y al escuchar a Botto reconocemos que el sustrato de aquel fanatismo sigue vigente.
No todo es drama. También hay ironía fina y mucha belleza. Como ese instante en el que define la felicidad. Dice que esta llega en “todos esos momentos que constituyen lo esencial de una vida: el primer amor, el primer beso, el abrazo de tu madre, un baile”. Recuerda que “el pan es importante, el trabajo es importante, pero las rosas no lo son menos”. “Vivir no es solamente sobrevivir. Y el arte, de alguna manera, contribuye a fabricar esas rosas”, explica mientras el público enmudece física y emocionalmente. Es la mejor representación que he visto en mi vida y he asistido a unas cuantas.
Tras el éxito cosechado, Botto se fue de gira por España y por el extranjero. Después, exhausto porque el papel requiere de una intensidad y entrega titánicas, decidió parar y dedicarse a hacer otros trabajos. Pero la gente no dejaba de pedirle que volviera a hacer su papel más brillante. Ha accedido a ello. Durante este mes de mayo estará en el Teatro Español de Madrid, de nuevo dirigido por Sergio Peris-Mencheta a quien se le vio en el estreno bastante recuperado e ilusionado.
En unos días, yo también volveré a verle. Será la cuarta vez. Ya lo ha vendido todo, así que espero que se les cruce la suerte de tener una amiga como la mía. Ya les digo que compartir una experiencia de este estilo une mucho. Es un recuerdo imborrable.
Tanto es así que periódicamente voy eliminando fotos de mi móvil, pero hay dos que no puedo porque para mí son auténticas joyas. En una aparece una tabla con el nombre de Dióscoro Galindo, el maestro de la escuela republicana que fue fusilado junto a Lorca. En la otra, un zapato tipo Oxford, bicolor, en marrón y blanco, que reposa haciendo equilibrios sobre el borde del escenario. Botto lo llevaba puesto durante la función. Está en un extremo. Al lado, hay más. Esos otros están desparejados, sucios y tirados, formando una pequeña montaña. Representan las cunetas llenas de personas sin identificar.
Esta obra debería grabarse para emitirse en televisión; la tendrían que ver los chavales en los institutos, y el texto habría que imprimirlo para leer cada apunte cuando las fuerzas flaqueen. Si Lorca presenciase este homenaje, aplaudiría.
