Narcotráfico

Adolescentes al servicio de las narcolanchas: 600 euros por vigilar

Francisco Mena, activista antidroga en el Campo de Gibraltar, alerta de que el narcotráfico capta menores de 13 y 14 años en barrios marcados por la pobreza, el abandono escolar y la exclusión

Frente a las costas andaluzas, el 8 de mayo de 2026, muchas madres suspiraron con angustia una vez más. La historia volvía a empezar en el mar. Otra vez de noche y persiguiendo una narcolancha frente a la costa andaluza. Otra vez con agentes de la Guardia Civil jugándose la vida en una persecución a gran velocidad sobre aguas oscuras y agitadas.

Ese día murieron Germán P. J. y el capitán Jerónimo J. M. durante una operación contra el narcotráfico en Huelva. Las dos embarcaciones del Servicio Marítimo en las que viajaban colisionaron en plena persecución. Y en esa narcolancha que escapaba mar adentro podría ir alguno de los hijos de las madres andaluzas. Es la otra cara de una guerra que lleva años creciendo en las costas andaluzas y que se ha vuelto cada vez más violenta, más sofisticada y más peligrosa.

El narcotráfico en Andalucía no se limita al transporte de droga. No es únicamente una cuestión de alijos, persecuciones marítimas o detenciones espectaculares. “En lugares como el Campo de Gibraltar, el narco se ha convertido en un fenómeno social que condiciona la economía, moldea las aspiraciones de muchos adolescentes y rompe la vida cotidiana de barrios enteros”, nos cuenta Francisco Mena, presidente de la Federación Nexos y de la coordinadora antidroga Alternativas. Basta recorrer municipios como Algeciras, La Línea de la Concepción, San Roque o Los Barrios para comprender que el problema tiene raíces mucho más profundas.

El Campo de Gibraltar ocupa una posición geográfica decisiva. Apenas unos kilómetros separan Europa de Marruecos y esa cercanía ha convertido históricamente la zona en una puerta de entrada privilegiada para el hachís procedente del norte de África y, más recientemente, para la cocaína introducida por vía marítima. Durante años, las organizaciones criminales evolucionaron desde estructuras improvisadas de contrabando hacia redes perfectamente organizadas que manejan logística internacional, combustible, vigilancia, comunicaciones encriptadas y enormes cantidades de dinero.

Tentados por el dinero fácil

Pero el verdadero poder del narco está en tierra firme. En los barrios donde el desempleo se mezcla con el abandono escolar, la precariedad y la falta de expectativas. Lugares donde muchos adolescentes han crecido viendo cómo el dinero rápido del narcotráfico ofrece una salida inmediata allí donde el mercado laboral legal apenas ofrece supervivencia. Mena lleva cuarenta años observando ese deterioro desde dentro y se ha convertido en una de las voces más respetadas del Campo de Gibraltar precisamente porque rehúye los discursos simplistas.

Manifestación contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar

“El narcotráfico se alimenta de la pobreza, el paro y la exclusión”, nos explica. Habla desde la experiencia acumulada de décadas entrando en barrios donde las mafias han construido una economía paralela capaz de seducir a generaciones enteras de jóvenes.

Mena describe un proceso lento y devastador. “Todo suele empezar muy pronto, cuando niños de apenas trece o catorce años descubren que pueden ganar 600 euros en un rato, simplemente vigilando si aparece un coche de la Guardia Civil o 400 euros trasladando garrafas de gasolina para abastecer narcolanchas. Cantidades imposibles de conseguir para muchas familias en empleos legales. Son la presa fácil de los primeros escalones de la cadena”.

Móviles de última generación y 500 euros en la riñonera

La seducción es inmediata. “Un adolescente aparece de pronto con un móvil de última generación, ropa de marca, chaquetas Yamaha y mucho dinero en efectivo en la riñonera. Tienen una estética muy definida. En barrios donde muchas familias sobreviven con enormes dificultades, el impacto psicológico de ese dinero es devastador. El narcotráfico deja de percibirse como amenaza y empieza a verse como una oportunidad tangible, incluso para las propias familias que a veces acaban manteniéndose gracias a esos ingresos del joven”.

Las organizaciones criminales conocen perfectamente esa vulnerabilidad. Buscan menores con absentismo escolar, familias desestructuradas, jóvenes sin expectativas o adolescentes que han crecido rodeados de violencia. “Al principio les ofrecen tareas aparentemente menores: vigilar movimientos policiales, alertar sobre desembarcos o mover combustible. Después llegan los alijos, el transporte de droga y las funciones más peligrosas”.

Paco Mena, presidente de la Federación Provincial Nexos y de la plataforma antidroga Alternativas en el Campo de Gibraltar

El problema es que, cuando entran, salir resulta extremadamente difícil. “No tanto por las mafias, sino por las adicciones”. Muchos de esos jóvenes empiezan consumiendo drogas para soportar la presión, las noches sin dormir o el miedo constante. “La cocaína circula con facilidad y el hachís se ha convertido en otra bomba silenciosa que está dejando secuelas terribles en la salud mental de cientos de adolescentes”, advierte Mena.

Prisión, brotes psicóticos y trastornos irreversibles

“Hemos relativizado el hachís y eso es gravísimo”, continúa. “Estamos viendo chicos muy jóvenes con brotes psicóticos, trastornos bipolares y enfermedades mentales que les acompañarán toda la vida”. En las comunidades terapéuticas de sus asociaciones atienden alrededor de trescientos casos cada año. Alrededor del 60% logra recuperarse, pero otros abandonan los programas antes de completarlos. “El desgaste emocional, la dependencia y la presión del entorno terminan pesando demasiado”.

El narcotráfico no destruye solo a quien participa directamente. Desgasta a familias enteras. Mena habla de madres que viven consumidas por la angustia mientras ven cómo sus hijos se adentran en una dinámica que probablemente acabará en prisión, adicción o violencia. Pero también habla de hogares atrapados en una contradicción imposible. “Saben que ese dinero destruye a sus hijos y, al mismo tiempo, necesitan esos ingresos para sobrevivir. Hay muchísimo dolor”, explica.

En determinados barrios, el narco ha conseguido normalizarse. Los coches de alta gama, las motos, la ropa cara y la exhibición de dinero forman parte ya del paisaje cotidiano. Muchos adolescentes crecen viendo que quienes estudian apenas encuentran oportunidades mientras quienes trabajan para las redes criminales acceden rápidamente al dinero y al prestigio. El narcotráfico deja entonces de ser únicamente delincuencia. Se convierte en un modelo aspiracional.

Las fuerzas de seguridad llevan años reclamando más medios para combatir unas organizaciones cada vez más violentas y sofisticadas. Desde 2018, el Estado ha reforzado el Plan Especial de Seguridad para el Campo de Gibraltar con más agentes, drones, patrulleras y cooperación internacional. Las operaciones se multiplican y las incautaciones aumentan.

Quienes trabajan sobre el terreno insisten en que la presión policial, siendo imprescindible, no basta. Las asociaciones antidroga reclaman inversiones en educación, empleo juvenil, recuperación urbana y apoyo psicológico a familias vulnerables. “Reclamamos -indica Mena- alternativas reales antes de que los adolescentes entren en contacto con las mafias. El verdadero peligro aparece cuando el narcotráfico empieza a funcionar como un sistema económico y cultural alternativo capaz de ocupar el vacío que deja la sociedad, con el riesgo de perder generaciones de jóvenes que crecen convencidos de que el dinero rápido del narco es la única puerta de salida posible”.

 

TAGS DE ESTA NOTICIA