Día de la Enfermera

“¿Almu, te puedo contar una cosa?”

Almudena Hernández, enfermera de Oncopediatría en HM Montepríncipe, reivindica el papel de quienes acompañan a niños con cáncer y a sus familias durante la enfermedad

Hay profesiones que se aprenden. Y otras que vienen en el ADN. Las enfermeras lo saben bien. Especialmente las que trabajan donde nadie querría estar: en una planta de Oncopediatría, entre dibujos infantiles pegados a la pared y madres que acumulan noches enteras sin dormir.
Allí el tiempo funciona de otra manera.

Un niño puede estar recibiendo quimioterapia mientras pregunta si llegará al cumpleaños de su mejor amigo. Una enfermera puede sonreír mientras intenta no pensar en su propia familia. Y un padre puede derrumbarse en silencio a las ocho de la mañana porque ya no sabe cómo seguir fingiendo fortaleza delante de su hijo.

Hoy se celebra el Día Internacional de la Enfermera. Y quizá haya pocas fechas más oportunas para mirar a quienes sostienen emocionalmente hospitales enteros sin que casi nadie repare en ello.
Porque las enfermeras no solo curan. También contienen, escuchan y permanecen.

“Muchas veces vienen simplemente para hablar”, cuenta Almudena Hernández, enfermera de Oncopediatría en el Hospital HM Montepríncipe desde hace dos décadas. “Aparecen en el despacho y me dicen: ‘Almu, ¿te puedo contar una cosa?’”.

Y entonces escucha.

El lugar del que ya no quiso irse

Cuando terminó Enfermería, en 2003, Almudena solo tenía clara una cosa: quería trabajar en cuidados intensivos neonatales.

Lo consiguió. Primero en otro hospital y después en HM Montepríncipe. Allí surgió la posibilidad de incorporarse a una nueva unidad de oncología pediátrica que apenas empezaba a funcionar.
Aceptó casi por casualidad. Un cambio de turno le permitía conciliar mejor. Veinte años después sigue allí.

“No me cambiaría por nada del mundo”, dice.

Al principio hubo miedo. Los pacientes llegaban derivados de otro centro y las familias observaban con desconfianza a aquel equipo nuevo.

“Nos miraban mucho, para ver cómo trabajábamos”, recuerda.

Hasta que empezó a construirse algo parecido a la confianza. O quizá algo todavía más íntimo, porque en Oncopediatría las distancias profesionales duran poco.

Las enfermeras terminan sabiendo qué dibujos le gustan a cada niño, quién necesita que le expliquen las cosas despacio y qué padre está a punto de romperse aunque siga sonriendo.

No son superheroínas

Hay una frase que Almudena repite varias veces durante la conversación:
“No son superhéroes”.

Lo dice sobre las familias. Sobre los niños. Sobre los padres que pasan meses viviendo entre pasillos y cafeterías de hospital.

“No hay que convertirlos en algo extraordinario”, explica. “Son personas normales atravesando algo terrible”.

Quizá por eso insiste tanto en la importancia de ayudar en las cosas pequeñas. Las verdaderamente útiles.

No grandes homenajes ni frases épicas. Sino alguien que haga una colada. Que lleve comida caliente. Que recoja a un hermano en el colegio. Que permita a una familia respirar durante media hora.

Porque mientras un niño tiene cáncer, la vida práctica también se rompe.

Y ahí aparecen muchas veces las enfermeras. No solo administrando tratamientos, sino convirtiéndose en una especie de red emocional improvisada.

Aprender a no mentir

Hay una escena que se repite constantemente en las plantas pediátricas: un niño que tiene miedo antes de una prueba dolorosa.

Almudena asegura que nunca les engañan.

“Si algo les va a doler, se lo decimos”.

Puede parecer un detalle pequeño, pero en Oncopediatría la confianza lo cambia todo. Los niños aprenden rápido quién les dice la verdad. Quién se queda. Quién les mira a los ojos.
“Ellos solo quieren que no les hagas daño”, resume.

Y después quieren volver a ser niños.

Ir al colegio. Jugar. Comer pizza. Celebrar cumpleaños.

Las enfermeras intentan proteger la normalidad. Adelantan curas para que lleguen a clase. Organizan horarios pensando en exámenes o fiestas. Intentan que el hospital no se coma por completo la infancia.
Hay momentos en los que ya no se puede curar. Y aun así queda muchísimo por cuidar.

Cuando un paciente entra en cuidados paliativos, el trabajo cambia por completo. Se acelera todo lo importante y deja de importar lo demás.

“Intentamos crear una habitación hogar”, explica Almudena.

Cierran zonas para dar intimidad a las familias. Permiten la entrada de mascotas. Reducen tiempos de espera. Evitan pasillos innecesarios. A veces incluso se desplazan a los domicilios sin mirar el reloj.

“Ahí vamos sin tiempo”, dice.

Sin tiempo y sin manual.

Porque nadie enseña cómo acompañar a unos padres que saben que van a perder a su hijo.
Trabajar durante años en una unidad así transforma la manera de mirar el mundo.

Almudena habla de familias como ejemplo de entereza. Personas que han atravesado situaciones límite y que, aun así, consiguen sostenerse unas a otras.

“Relativizas muchísimo”, admite.

También recuerda momentos luminosos. Como la comunión de una niña a la que habían dado menos de un año de vida y que, cinco años después, seguía celebrando cosas.

Toda la unidad acudió.

“Fue uno de los momentos más bonitos”, recuerda.

Y quizá ahí esté la contradicción más difícil de explicar de la Oncopediatría, ese lugar donde conviven el sufrimiento más brutal y la ternura más absoluta.

Las que permanecen

España sigue teniendo menos enfermeras que la media europea. Los profesionales denuncian desde hace años plantillas insuficientes, sobrecarga y agotamiento emocional. Pero hay un desgaste del que se habla poco: el de quienes conviven a diario con el dolor ajeno sin permitirse desaparecer.

Porque las enfermeras son muchas veces las últimas en salir de una habitación. Las que se quedan cuando termina la visita médica. Las que sostienen silencios incómodos. Las que aprenden a llorar después, nunca delante.

Y aun así vuelven al día siguiente.

Almudena encuentra esperanza en la investigación y en los ensayos clínicos pediátricos, todavía escasos, pero cada vez más prometedores. Cree que el futuro pasa por tratamientos personalizados y más recursos para el cáncer infantil.

Pero cuando habla de lo verdaderamente importante, vuelve siempre al mismo lugar: los cuidados.
“El acompañar, el estar, el permanecer”, dice.

Permanecer. Quizá esa sea la palabra que mejor explica lo que hacen las enfermeras, incluso cuando nadie las mira.

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