Consultorio

Cuando las notas de Infantil examinan más a los padres que a los hijos

Nuestros hijos necesitan encontrarse con otros adultos que les permitan equivocarse, fallar, no saber. Necesitan vivir el proceso de crecer

Luis de Burgos me escribe preocupado por las notas de su hijo, que acaba de terminar tercero de Infantil. Tiene cinco años. Y la primera respuesta, quizá la más importante, es esta: si todo va más o menos bien, los resultados académicos de un niño de esa edad no deberían angustiarnos.

Seguro que, a lo largo del curso, Luis ha tenido tutorías con sus maestras. Conversaciones en las que le han contado cómo ha sido el proceso, cuáles han sido los avances y también las dificultades. Porque en estas edades, salvo que exista algo significativo que requiera atención específica, todo aquello que aparezca en las notas es susceptible de cambiar, mejorar y superarse.

Pero agradezco enormemente la pregunta de Luis porque, en realidad, nos habla a todos.

Estamos en junio y muchas familias esperan los resultados finales después de todo un año de trabajo. Es el momento de las conclusiones, de las evaluaciones, de los boletines. Y, sin embargo, lo que se pone en juego no es solo el rendimiento de nuestros hijos. También aparece nuestro hijo ideal.

Porque cuando una institución externa, con criterio propio, nos devuelve una valoración sobre ellos, inevitablemente se examina algo de nosotros mismos. Los padres convivimos siempre con dos hijos: el hijo ideal, el que imaginamos, y el hijo real, el que tenemos delante, con sus capacidades, sus tiempos y sus dificultades.

Y es importante que exista esa distancia objetiva.

Nuestros hijos necesitan encontrarse con otros adultos que les permitan equivocarse, fallar, no saber. Necesitan vivir el proceso de crecer, que implica necesariamente atravesar la experiencia de no poder hacer algo todavía. Todo aprendizaje comienza ahí: en aceptar que aún no sé, que todavía no puedo, que necesito tiempo para conseguirlo.

A veces, cuando a los adultos nos cuesta aceptar una mala nota o un comentario poco favorable del colegio, tiene más que ver con nuestra propia historia que con la de nuestros hijos.

Quizá en nuestra infancia el error no estaba permitido. Quizá decepcionar a nuestros padres era demasiado costoso. Quizá aprendimos a identificar nuestro valor con nuestros resultados.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿seremos capaces de tolerar la desilusión en nuestros hijos?

Luis me pregunta cómo afrontar un mal resultado, pero creo que también debemos preguntarnos qué significa para nosotros ese resultado. Solo así podremos tomar distancia y evitar proyectar sobre ellos nuestra propia biografía. Porque ellos viven en un contexto diferente y merecen recorrer su propio camino.

Una imagen de una niña gritando a su madre.

La evaluación, incluso la de final de curso, nunca es un cierre.

Es un punto de partida.

Si la valoración es positiva, nos dirá dónde está nuestro hijo y cuáles son los retos que tiene por delante. Si hay dificultades, señalará aquello que todavía necesita tiempo y acompañamiento. Pero aprender es un proceso, no una fotografía fija.

No podemos olvidar todo lo conseguido a lo largo del curso. En junio ya estamos recogiendo los objetivos que volverán a aparecer en septiembre, porque la carrera es larga y cada avance abre nuevos desafíos. Pero no hay avance posible sin reconocer los éxitos ya alcanzados.

Por eso es fundamental entender la evaluación como un proceso y nunca como un fin.

Y especialmente en los primeros años.

Porque con cinco años hay muchísimo que cocinar: la seguridad en uno mismo, la confianza para estar con los demás, la capacidad de formar parte de un grupo, el aprendizaje de las normas de convivencia, la tolerancia a la frustración, la curiosidad, el deseo de aprender.

Todo eso también se evalúa, aunque no siempre aparezca con claridad en una nota.

Ante un mal resultado, además, existe una tentación frecuente: buscar culpables. Criticar al centro educativo, cuestionar a los maestros, pensar que el problema está fuera.

Pero educar no consiste en encontrar culpables.

Consiste en asumir responsabilidades.

Y nuestros hijos también deben aprender a responsabilizarse de su proceso de aprendizaje. Siempre desde una convicción profunda: son capaces de lograrlo. Aunque necesiten más tiempo. Aunque a veces parezca imposible.

La educación está pensada a largo plazo. Los objetivos curriculares se organizan en etapas precisamente para que cada niño tenga oportunidad de llegar a ellos a su ritmo.

Nuestro trabajo será ayudarles a comprender que los resultados son la consecuencia de un camino.

Y que cuando las cosas cuestan, hay algo valioso que va mucho más allá de la nota: el esfuerzo, la constancia, la dedicación sostenida, la capacidad de equivocarse y volver a intentarlo.

Luis, nuestros hijos no necesitan padres que les muestren un camino perfecto.

Necesitan padres que les enseñen que la vida sigue siendo deseable a pesar de las dificultades.

Unas niñas en el patio de su colegio
Unas niñas en el patio de su colegio

A los cinco años no podemos mostrarnos implacables ni heridos por unos resultados. Debemos transmitirles nuestros propios recursos para lidiar con la frustración. Porque el éxito no es el objetivo.

Lo verdaderamente importante es la capacidad de superar los obstáculos y, sobre todo, de conservar el deseo.

Iremos haciendo camino a lo largo de los años. Las notas irán adquiriendo otro peso a medida que crezcan y, especialmente a partir de los once o doce años, serán ellos quienes aprendan a responsabilizarse cada vez más de sus dificultades y de sus logros.

Hasta entonces, nosotros seremos el espejo.

Y ese espejo debe reflejar confianza, serenidad y disposición al trabajo cuando sea necesario.

Vivimos, además, en una época en la que la mayoría de los centros educativos son aliados de las familias. Comparten una misma aspiración: acompañar a los niños para que desarrollen todo su potencial.

Por eso, quizá la mejor conclusión para este final de curso sea también la más sencilla.

Familia y escuela.

Hagamos equipo.