En los últimos meses, muchas familias me han trasladado la misma inquietud: el uso de las redes sociales en menores. No es una preocupación lejana ni teórica. Tiene que ver con conversaciones reales, con dudas cotidianas y, sobre todo, con la dificultad de tomar decisiones que no siempre son cómodas.
Hace poco, en un encuentro con una familia, un padre me confesaba algo que se me quedó grabado. Estaba deseando que el Gobierno aprobara una ley que limitara el acceso de los menores a las redes sociales. No por una cuestión ideológica, sino por una necesidad muy concreta: así no tendría que ser él quien dijera que no. Así su hija no podría usarlas y el conflicto desaparecería.
Pero esa frase, más allá de la anécdota, apunta a algo más profundo. Cada vez nos cuesta más ejercer la autoridad dentro de casa. Decir “no” se ha convertido en una tarea incómoda, casi excepcional. Nos incomoda sostener ese límite cuando implica que nuestro hijo o hija sea el único que no tiene móvil, el único que no está en redes, el “raro” de la clase. Y, sin embargo, ese argumento —el de que “todos lo tienen”— es tan antiguo como la propia infancia. Lo hemos usado todos, y no suele ser cierto.
Delegar en una ley lo que nos corresponde como padres puede parecer un alivio, pero no resuelve el problema de fondo. La primera autoridad en la vida de un niño no es externa, es la que encuentra en su casa. Y ejercerla no es imponer, sino cuidar. Poner límites no es restringir sin sentido, es proteger procesos que necesitan tiempo.
Hoy, además, no hablamos desde la intuición únicamente. Sabemos mucho más que hace unos años sobre el impacto de las redes sociales. Pero incluso sin estudios, basta con mirarnos a nosotros mismos. Como adultos, nos cuesta desconectar, nos sentimos atrapados en una dinámica de estímulos constantes, de comparación, de necesidad de respuesta inmediata. Si eso nos ocurre con una identidad ya formada, es fácil imaginar lo que puede suponer para quien aún está construyéndose.

Porque de eso se trata. Niños y adolescentes que todavía están formando su personalidad, descubriendo sus gustos, aprendiendo a estar consigo mismos. Etapas que requieren silencio, aburrimiento, espera. Espacios donde no todo esté expuesto ni condicionado por la mirada de los demás. Y, sin embargo, las redes sociales introducen justo lo contrario: una lógica en la que la vida se convierte en espectáculo, donde todo debe mostrarse, donde el vacío se intenta llenar de forma inmediata, donde no hay lugar para la pausa ni para la ausencia.
En ese contexto, decir “no” adquiere otro sentido. No es una negativa caprichosa, ni un gesto autoritario. Es una forma de cuidar. Es ofrecer a un hijo algo que todavía no puede darse por sí mismo: tiempo para crecer sin esa presión constante, espacio para equivocarse sin estar expuesto, la posibilidad de construirse sin la urgencia de ser visto.
Es cierto que no es fácil. Que a veces genera conflicto, que obliga a sostener miradas incómodas, comparaciones, incluso reproches. Pero también es cierto que ese “no” tiene un valor profundo y duradero. Es un “no” que protege, que ordena, que acompaña. Un “no” que, en el fondo, dice: porque te quiero, no todo vale todavía.
Nada de esto implica que haya que hacerlo en soledad. Compartir criterios con otras familias ayuda, y las normas colectivas alivian. Incluso una regulación puede servir de apoyo. Pero nada sustituye la responsabilidad personal de quienes educan. La primera línea de protección no está fuera, está en casa.
Y en ese mismo sentido, el ámbito educativo también debería ser un espacio claro. No todo lo que existe fuera tiene que entrar en la escuela. Al contrario, quizá hoy más que nunca, los colegios deben ser lugares protegidos, donde la infancia y la adolescencia puedan desarrollarse sin la interrupción constante de las pantallas, sin la presión de mostrarse, sin la lógica de la inmediatez.
Preservar esos espacios no es ir contra el tiempo en el que vivimos, sino entender que crecer necesita ritmos distintos. Y que educar, muchas veces, empieza por algo tan sencillo y tan difícil como atreverse a sostener un límite. Decir que no, cuando hace falta.

