Lourdes escribe desde Badajoz con una preocupación que, en realidad, no es solo suya. Su hijo de seis años ha “amenazado” a otros niños en el patio. La frase, trasladada por la maestra, suena contundente: “No podéis salir de la cárcel, si lo hacéis, os mato”. Y entonces aparece el miedo adulto. ¿Qué está pasando? ¿Debo preocuparme?
La respuesta corta es no. La larga es más incómoda: estamos dejando de entender la infancia.
Vivimos en una época que presume de proteger a los niños, pero que, paradójicamente, cada vez les deja menos espacio para serlo. Observamos sus palabras con lupa adulta, analizamos sus juegos con categorías morales y traducimos su lenguaje simbólico como si fuera un discurso literal. Y ahí es donde empieza el problema: no es que los niños hablen mal, es que los adultos estamos escuchando mal.

Un niño de seis años no utiliza el lenguaje como un adulto. Sus palabras no son sentencias, son herramientas de juego. No son declaraciones de intenciones, son formas de explorar el mundo. Cuando dice “te mato”, no está expresando un deseo real de daño; está ensayando, desde la ficción, emociones que todavía no puede nombrar de otra manera: el miedo, el control, la pérdida, la inseguridad.
La infancia es, entre otras cosas, el territorio de lo simbólico. Es ese lugar donde una caja puede ser un castillo, un palo puede ser una espada y una frase puede contener mucho más de lo que literalmente dice. En ese espacio, el niño no miente ni exagera: crea. Y crear no es un lujo, es una necesidad psíquica.
El juego simbólico permite a los niños hacer algo profundamente humano: domesticar sus miedos. Cuando un niño juega a “matar”, en realidad está jugando a no morir. Cuando encierra a otros en una “cárcel”, está ensayando el control frente a un mundo que muchas veces percibe como imprevisible. No hay violencia en ese gesto, hay elaboración emocional.
Sin embargo, el adulto contemporáneo tiene dificultades para tolerar esa ambigüedad. Necesitamos entender, clasificar, explicar. Si un niño tiene miedo a la oscuridad, le explicamos que no hay nada ahí, que es una cuestión de ausencia de luz, que su cerebro genera imágenes. Le damos datos, argumentos, lógica. Pero el niño no necesita una clase de física: necesita un cuento.

La hiperexplicación es una forma sofisticada de incomprensión. Porque ignora el lenguaje en el que el niño sí puede procesar lo que siente: el símbolo. Un monstruo debajo de la cama no se combate con estadísticas, sino con historias. Con rituales. Con imaginación.
En el caso que plantea Lourdes, podríamos aventurar muchas hipótesis: necesidad de control, miedo a la pérdida de los amigos, inseguridad ante el grupo. Pero lo importante no es tanto descifrar el origen exacto como comprender la forma en que el niño lo expresa. Su agresividad no es un acto, es una representación. Es, de hecho, una forma de proteger al otro: lo dice, no lo hace.
Y aquí aparece otra confusión frecuente: equiparar palabra y acción. En la infancia, las palabras no tienen el mismo peso que en el mundo adulto. No son contratos ni amenazas reales. Son ensayos. Son borradores emocionales.
El riesgo de interpretar literalmente ese lenguaje es alto. Porque al hacerlo, no solo malinterpretamos al niño, sino que además intervenimos de forma inadecuada. Corregimos, reprimimos o incluso patologizamos algo que forma parte del desarrollo. Y, en ese gesto, vamos erosionando una capacidad esencial: la de simbolizar.
Cuando un adulto entra en el juego de un niño para imponer la realidad —“eso no es un dragón, es una caja”— no está educando, está rompiendo algo. Está interrumpiendo un proceso interno fundamental: la construcción del yo a través de la imaginación.
Quizás el verdadero reto no sea enseñar a los niños a hablar como adultos, sino recordar cómo escucharlos sin dejar de serlo. Custodiar su mundo simbólico en lugar de invadirlo. Acompañar sin traducirlo todo. Entender que no todo lo que dicen debe ser tomado al pie de la letra, pero sí en serio.
Porque, en el fondo, adultizar la infancia no es hacer a los niños más maduros. Es hacerlos más solos.
