Nos acercamos a esa época del año en la que los termómetros suben y la paciencia de los padres se pone a prueba. Hace unos días recibí una pregunta de Juan, un padre de Madrid con dos mellizas de cuatro años, que reflejaba perfectamente el sentir de miles de familias. En su mensaje se intuía cierta desesperación, e incluso un sutil rintintín hacia las vacaciones del profesorado, al plantear la gran pregunta de qué hacemos con los niños cuando acaba el colegio. Juan me hablaba de una organización milimétrica entre campamentos, abuelos, tíos y encajes de bolillos familiares. Y es que, seamos sinceros, conciliar a veces se parece demasiado a un deporte de riesgo, pero en medio de esta logística olvidamos lo más importante, que es reflexionar sobre qué necesitan realmente nuestros hijos durante estos meses.

Existe la falsa creencia de que los niños deben estar hiperactivos en julio y agosto, y que los campamentos tienen que ser una sucesión frenética de aventuras, idiomas y actividades para que aprovechen el tiempo. Sin embargo, la realidad es que el verano significa, por encima de todo, descanso. Los niños llevan diez meses madrugando, cumpliendo horarios estrictos y rindiendo en su particular puesto de trabajo, que es la escuela. Ellos también sufren el cansancio acumulado y necesitan romper la rutina de forma radical. Aburrirse no solo es lícito, sino necesario, porque el tiempo de aburrimiento es el espacio idóneo donde nace el pensamiento propio, la creatividad y la calma. Necesitamos bajar el ritmo y ofrecerles propuestas mucho más distendidas.
Para aquellas familias que tienen la suerte de contar con un pueblo o con la ayuda de los abuelos, la recomendación es aprovecharlo todo lo que puedan. La casa de los abuelos tiene una magia especial porque huele distinto, sabe distinto y suena distinto. Son estímulos sensoriales que configuran los recuerdos más felices de la infancia y crean identidad al conectar a nuestros hijos con la historia de nuestros propios padres, tejiendo un vínculo generacional insustituible. Eso sí, esto debe hacerse sin abusar. Los abuelos son un refugio emocional y un alimento para el alma de ambas partes, pero debemos ser realistas con su edad y sus energías para que sea un espacio de encuentro y no una sobrecarga laboral.

Si la opción de los abuelos no es viable y el campamento es la única vía para poder trabajar, es sano intentar cambiar el enfoque. Podemos optar por campamentos de mañana que respeten los tiempos de descanso por la tarde, buscando centros de disfrute y no de rendimiento.
El día a día en casa también puede ser un aliado si modificamos la perspectiva. El verano es el momento ideal para fomentar la autonomía de los hijos a través de las tareas domésticas, aprovechando que ya no existe la prisa del despertador. Repartir tareas de casa, dejar que organicen la bolsa de la piscina o que pongan la mesa sin presiones los mantiene entretenidos y sintiéndose útiles.
Cuando por fin lleguen las vacaciones conjuntas, conviene desmitificar ese verano idílico y perfecto. Los niños no necesitan animadores de hotel las veinticuatro horas, sino padres tranquilos. Nuestros hijos no nos piden grandes cosas, los paseos, el castillo de arena o simplemente, estar. El éxito de estos meses se mide en tiempo vivido y compartido sin pretensiones.
Sin embargo, más allá de diseñar minuciosamente los días de los hijos, cabe hacerse una pregunta incómoda pero crucial: ¿seremos capaces, nosotros, de desconectar? De nada sirve conseguir una tarde libre o estar físicamente junto a ellos en la arena si nuestra mente y nuestros ojos siguen pegados a las notificaciones del correo electrónico de la oficina o a las urgencias de última hora. La verdadera conciliación veraniega exige un compromiso de salud mental por nuestra parte para apagar el modo laboral cuando estamos en familia, regalándoles una presencia real y no solo un cuerpo cansado frente a un teléfono.

Como educadores, en los colegios notamos muchísimo la evolución de los niños tras estos dos meses de desconexión. Es asombroso cómo maduran, pero lo más bonito es ver las ganas con las que vuelven a la rutina a finales de agosto. Haber descansado de verdad genera en ellos el deseo de volver a encontrarse con sus amigos, con sus maestros y con el aprendizaje. Si les saturamos las vacaciones con miles de actividades, les robamos ese impulso. Para este verano, la receta es simple: estar juntos, bajar las revoluciones, aprender a desconectar nosotros mismos y tener un libro entre las manos cada día para alimentar su imaginación mientras descansan.

