Como buena policía, Berta Jiménez es cauta. Su trabajo al frente del Grupo de Sectas de la Policía Nacional es especialmente delicado. En 2018, empezó las primeras investigaciones del fenómeno delictivo; tres años después se puso en marcha el grupo a nivel operativo y, en 2022, lo presentaron en sociedad al activar el correo sectasdestructivas@policia.es. “Se percibió esa necesidad de acercar la institución a la ciudadanía y necesitábamos una herramienta de carácter oficial, confidencial y de fácil acceso para poder asesorar a las víctimas sobre posibles vías de acción. Como, en algunos casos, llegar a destapar grupos sectarios destructivos”.
La inspectora jefa Jiménez los ha visto de todo tipo: neochamánicos, tradicionales, formando comunidades con vínculos familiares y viviendo apartados del exterior, o captados por redes sociales y temerosos por el uso de rituales de santería. Con el engaño y la manipulación como gran medio de coerción. Aunque no se atreve a dar un número. “Hay una gran cifra negra. Porque, ¿qué contabilizamos?, ¿solo los que conocemos? Además, cambian de nombre, se separan en grupos, reaparecen… Y si de repente quitamos o ponemos, puede parecer que estamos o en un momento más seguro o en uno más inseguro, con lo que no es una cifra fiable”.
Igual que no se aventura a dar porcentajes sobre si hay más líderes o lideresas. “Igual que en todos los ámbitos policiales, en el de las sectas destructivas también hay perspectiva de género. Me he encontrado con mujeres al frente. Pero, normalmente, antes fueron víctimas. Y como víctimas, aunque también afecte a hombres, los delitos sexuales los sufren sobre todo mujeres y niñas”. También ellas son más propensas a ser captadas. Para Berta Jiménez tendría un porqué: “Quizás también por el perfil altruista, de ayuda o por la idea de crecimiento personal… Al final, les dan el mensaje que buscan en ese momento sin darse cuenta de que todo lo que les están vendiendo es mentira”.
¿Por eso el añadido de “destructivas”? ¿No es reiterativo en el caso de las sectas?
A ver, las definiciones son complicadas. De hecho, “secta destructiva” muchos especialistas te dirán que no es correcto, pero es verdad que es un concepto fácil de entender para la ciudadanía. Se refiere a aquellos grupos, elementos o personas que crean un entorno propicio para abusar de otros en base a un ejercicio legítimo de derechos. A partir de ahí, los manipulan, crean una pseudo-identidad y los convierten en meras herramientas para conseguir los intereses del grupo o de los líderes.
¿Cómo se le quita la venda a alguien que está subyugado, manipulado y cree ciegamente en el líder sectario?
Creo que sobre todo hay que tener empatía con las víctimas, respeto y tener mucho cuidado con el lenguaje no verbal. Si no estás sensibilizado con la materia con la que estás trabajando, la víctima puede percibir que a lo mejor no te la tomas en serio o que nos parece irreal lo que está contando. Así que es fundamental la formación, la sensibilización y la empatía.
Entiendo que es un ámbito muy delicado…
Muy muy delicado. Ten en cuenta que la víctima da un paso muy complicado al acercarse a la policía para abrirse en canal y contar su experiencia de vivencias muy duras en las que incluso puede ser responsable de conductas ilícitas hacia familiares, hacia sus propios hijos… Vivencias de contenido sexual que cualquier ciudadano podría pensar que lo han hecho voluntariamente o incluso cuestionarse cómo pudieron llegar a eso. Pero, evidentemente, esa voluntariedad estaba viciada. Nuestro objetivo es crear un entorno que les facilite esa comunicación, como se hace por ejemplo en materia de violencia de género.

¿Cómo se aborda esa dualidad de víctima convertida en victimario?
Cada caso es un mundo, pero es bastante habitual que ocurra. Lo primero, habría que ver las vivencias de esa persona, si tenía la voluntad viciada o no en el momento de actuar. De hecho, como es un fenómeno tan complejo, y muchas veces invisibilizado, cuesta investigar el delito. Digamos que, para cuando se perciben como víctimas, han podido pasar muchos años y ya no se pueden emprender acciones legales.
Siempre digo que la maldad no es un delito. Puede haber conductas inmorales que socialmente sean reprobables, pero que no sean delictivas. Por tanto, la policía puede asesorar a las víctimas o personas perjudicadas, pero no puede iniciar determinadas acciones si no son punibles a nivel penal.
La maldad no es delito, ¿pero y la persuasión coercitiva, la que ejerce el líder sobre sus fieles? ¿No es perseguible?
Tampoco. Hay una iniciativa legislativa presentada por las asociaciones en septiembre de 2024, pero es complicada la tipificación del delito. ¿Dónde se pone el límite entre persuasión coercitiva o manipulación y, por ejemplo, una relación tóxica? No digo que no se pueda hacer y que policialmente nos facilitaría muchísimo la tarea, ya que actuaríamos ante la comisión de la manipulación y no por la comisión de delitos cometidos a raíz de esa manipulación, como podrían ser los económicos o los sexuales.
El problema en esos entornos es que las víctimas a veces no se perciben como tal y consienten por el empleo soterrado de técnicas de persuasión coercitiva. Por eso, si le preguntas a la víctima de una secta si lo que hizo fue de manera voluntaria igual te dice que sí. Pero si le preguntas si lo habría hecho estando en otra situación la respuesta cambia. No hay que olvidar que cualquiera de nosotros podría caer en un grupo de persuasión coercitiva. Solamente hace falta el mensaje justo en el momento adecuado.
¿Cómo se demuestra la manipulación si no desconfiabas del manipulador?
Es complicado. La mayoría de las veces, las víctimas no guardan evidencias. De ahí que antes de tomar declaración les pedimos que anoten fechas de todo lo que se van acordando. Que vayan con calma y que intenten recordar situaciones vinculadas a delitos de tipo sexual, económico, de odio, por violencia de género, trata de seres humanos o contra los derechos de los trabajadores.
El mapa muy grande y la víctima está en el centro. No por correr con una denuncia vamos a dañar a quien, en muchos casos, no está en el momento psicológico adecuado para denunciar. Debemos tener en cuenta que no es lo mismo la persona que ha salido hace un año que la que hace dos o la que acaba de salir. Aunque siempre les recordamos que lo fundamental es que ya están fuera.
Uno de los casos recientes investigado por el Grupo de Sectas fue la del ‘Tío Toni’. Una comunidad pseudorreligiosa y familiar, liderada por Antonio Garrigós y ubicada en la masía de La Chaparra, Castellón. Él murió antes del juicio, pero a sus cómplices sí los condenaron. ¿Crees que llegaron a estar arrepentidos? Qué recuerdas de la primera vez que los viste?
Me sorprendió cómo le rodeaban, la posición del líder con respecto a los adeptos. Ese aura de poder o adulación que tenían hacia él, y cómo conseguía mantenerla. En cualquier casa normal y corriente se habrían asombrado al ver un dispositivo policial así, entrando de madrugada. Pero en La Chaparra estaban en calma. Se les veía tranquilos y convencidos de que allí dentro no había habido nada malo. De alguna manera, era como si él fuera Jesucristo y de repente llegaran los romanos, nosotros.

¿Cómo se explica que la secta del Tío Toni estuviese activa más de treinta años?
Había un control ambiental importante, un control del sueño. Les hacía participar en una serie de rituales por las noches para impedirles dormir las horas suficientes. De hecho, los adolescentes a partir de cierta edad participaban en esos encuentros en los que él impartía su doctrina. Y el control emocional también existía porque el Tío Toni era quien impartía a su vez los premios y los castigos, entre toda la comunidad, pero sobre entre los niños.
Es sabido que algunos de esos menores eran hijos suyos fruto de una relación con sus adeptas, sin que las parejas de ellas lo supieran. Desconocían incluso que abusaba luego de esos menores. A las niñas les decía que tenían los ovarios negros y que las iba a sanar. ¿Cómo se acomete un caso con menores implicados?
Cuando hay menores siempre te impacta y te toca más. Si además se trata de nacidos en la secta su situación es doblemente vulnerable porque no conocen otra realidad. Ellos han normalizado una serie de conductas que fuera de ese entorno evidentemente no son normales. Luego tendrán la dificultad doble de que una vez que salgan de ese entorno, que era su supuesto entorno de seguridad en el que les venden que todo lo de fuera es negativo, el infierno y la muerte. Y ahí justo es donde tendrán que rehacer su vida. Con lo que esa persona tendrá que adaptarse a la realidad social partiendo de unos valores que no son los correctos. Es muy muy complicado.
¿Y cómo se convence a alguien de que abandone una secta? ¿Hay algún consejo policial?
Lo peor que se le puede decir es que estás en una secta, que es lo que nos saldría a cualquiera. Pero eso es precisamente para lo que les han preparado: no te van a entender, te van a decir que somos un secta cuando lo que queremos es ayudarte, los de fuera te van a perseguir… Son los mensajes que reciben. Con lo que si se les ataca precisamente con lo que se les está predisponiendo le estás haciendo el juego al grupo sectario y lo vas a predisponer en tu contra. De manera que la víctima pondrá una barrera y no te escuchará en nada. Hay que ser más listos que ellos e ir introduciendo posibles dudas en ese mensaje que le están dando para que la propia persona le dé vueltas y dé el paso de salir por sí misma. No basta con alertarles un día y se darán cuenta. Esto es de pico y pala. Al final, el que sale es porque se da cuenta o porque le echan si ya no les interesa.


