Durante años se nos vendió una imagen muy concreta de la homosexualidad: la del hombre gay urbano, con estudios, sin hijos, con tiempo para viajar y capacidad para consumir. Las marcas encontraron ahí un nicho de mercado. Los economistas lo bautizaron como pink money. Y poco a poco terminamos creyendo que la diversidad también cotizaba al alza.
Pero bastaba con mirar un poco más abajo. A la cuenta corriente. Porque mientras esa idea ganaba espacio en campañas publicitarias y estudios de mercado, miles de mujeres lesbianas seguían enfrentándose a los mismos problemas que el resto de las mujeres: salarios más bajos, carreras laborales más frágiles y mayores dificultades para llegar a fin de mes.
Y, además, con el obstáculo añadido de ser lesbianas.
El III Informe Socioeconómico Estado LGTBI+ 2025, elaborado por la FELGTBI+ junto a la Universidad de Salamanca, desmonta el mito: el 17,6% de las mujeres lesbianas vive con menos de 1.000 euros netos al mes. Casi una de cada cinco.
No es solo una estadística. Es el dato que resquebraja uno de los grandes mitos económicos que han acompañado durante años al colectivo.
Las grandes ausentes
Quizá esa invisibilidad explique por qué la situación económica de las lesbianas rara vez ocupa titulares. Cuando se habla del colectivo LGTBI+, a menudo se presenta como un grupo homogéneo. Pero no lo es. Tampoco desde el punto de vista económico.

En la encuesta de la FELGTBI+, solo el 8,5% de las personas se identifica como lesbiana, menos de la mitad que quienes se reconocen como hombres gais (19,6%) y muy lejos del 55,1% que se define como bisexual.
Las autoras del estudio recuerdan que las personas encuestadas podían marcar más de una categoría y que hoy la diversidad sexual se expresa de forma mucho más fluida que hace una década. Aun así, la fotografía resulta reveladora: las lesbianas siguen siendo uno de los perfiles menos visibles dentro del colectivo.
El espejismo del privilegio
Hay un dato que, leído deprisa, parece confirmar todos los tópicos.
El 41,7% de las personas LGTBI tiene estudios universitarios, frente al 24,8% de la población general.
Los investigadores apuntan que esa mayor formación responde, en parte, a la necesidad histórica de muchas personas LGTBI de alcanzar la independencia económica, abandonar entornos hostiles o construir un proyecto de vida en espacios más seguros.

Pero estudiar más no siempre significa cobrar más. De hecho, el informe advierte de que, por tercer año consecutivo, aumenta el desempleo dentro del colectivo. Además, la baja intensidad laboral —hogares en los que apenas se trabaja durante el año— alcanza ya el 21,9%.
Cuando la discriminación se acumula
Las mujeres lesbianas conviven con una doble realidad. Por un lado, soportan las mismas desigualdades estructurales que afectan al conjunto de las mujeres: brecha salarial, mayor temporalidad, carreras laborales más interrumpidas o pensiones más bajas.
Por otro, pueden enfrentarse a discriminaciones derivadas de su orientación sexual, ya sea durante el acceso al empleo, en las oportunidades de promoción o en la necesidad de ocultar parte de su vida personal en determinados entornos laborales.
Una desigualdad no sustituye a la otra. Se acumulan.
El otro gran dato del informe
Hay otra cifra que termina de desmontar el mito del privilegio.

Más de un tercio de la población LGTBI —el 35,7%— asegura haber atravesado alguna experiencia relacionada con el sinhogarismo a lo largo de su vida. El concepto incluye desde dormir en la calle hasta depender temporalmente de amistades o familiares por no disponer de una vivienda estable.
Es un porcentaje que obliga a revisar muchos prejuicios. Porque detrás del arcoíris también hay expulsiones del hogar familiar, rupturas que desembocan en la pobreza, alquileres inasumibles y vidas reconstruidas desde cero.
Mucho más que un problema de ingresos
El informe también alerta del riesgo de pobreza. Afecta al 13,4% de los hogares unipersonales LGTBI y alcanza el 29% cuando hay hijos o hijas.
Son datos que obligan a releer toda una narrativa. Durante años confundimos una campaña de marketing con una realidad social. Convertimos en norma el perfil de una minoría y olvidamos que, detrás del arcoíris, también había salarios bajos, precariedad y dificultades para llegar a fin de mes.
El mito del dinero rosa no era falso porque no existieran personas LGTBI con alto poder adquisitivo. Era falso porque las hacía pasar por todas. Y las lesbianas, una vez más, no salían en la foto.

