Radiografía

Lesbianas: España sabe casarlas, pero no contarlas

Ocupamos el primer puesto de Europa en protección legal de los derechos LGTBI, según ILGA-Europe. Sin embargo, ese liderazgo jurídico contrasta con la violencia sufrida (una de cada cuatro) y la dificultad de saber cuántas son o cómo viven realmente

Orgullo
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España ha aprendido a reconocer jurídicamente a las lesbianas mucho más deprisa de lo que ha aprendido a comprenderlas. Puede casarlas, registrar a sus hijos, garantizar el acceso a la reproducción asistida o protegerlas frente a la discriminación. Sin embargo, cuando llega el momento de responder cuántas lesbianas viven en España y cómo son sus vidas, el país descubre que sabe mucho menos de lo que imaginaba.

No le sorprende a Mili Hernández, fundadora de la librería Berkana, primera especializada en temática LGTBI en España, y una de las figuras históricas del activismo lésbico. Ha visto cómo el reconocimiento legal avanzaba mucho más rápido que la visibilidad social. “El gran problema nunca ha sido solo la discriminación, sino la invisibilidad. España nos reconoce muy bien cuando firmamos un matrimonio, pero bastante peor cuando simplemente vivimos”.

Mili Hernández, fundadora de la librería Berkana

Esa invisibilidad también deja huella en las estadísticas. España figura hoy entre los países europeos con mayor protección legal para las personas LGTBI. Según ILGA-Europe, encabeza el ranking continental de derechos gracias a un entramado normativo construido durante las dos últimas décadas. El matrimonio igualitario, aprobado en 2005, forma parte desde hace tiempo de la normalidad institucional. La Ley 4/2023 reforzó las garantías para las personas LGTBI y el Real Decreto 1026/2024 obligó además a las empresas de cierto tamaño a implantar medidas específicas contra la discriminación.

Sobre el papel, el edificio jurídico resulta sólido. Sin embargo, el conocimiento estadístico sigue siendo limitado. Sabemos cuántas parejas de mujeres se casan, cuántas se divorcian o cuántos delitos de odio se denuncian por orientación sexual. Pero seguimos sin conocer con precisión cuántas lesbianas viven en España, cómo se distribuyen por edades, qué diferencias existen entre el medio urbano y el rural, cuál es su situación económica o cómo evolucionan sus condiciones de salud.

Un lesbianismo urbano

“Existimos en el Código Civil, en los registros y en las leyes, pero seguimos apareciendo de manera fragmentaria cuando se intenta retratar nuestra realidad”, resume Hernández. El dato más aproximado procede del Centro de Investigaciones Sociológicas. En su estudio de 2024 sobre relaciones sexuales y de pareja, el 1,1 % de las mujeres se definió como homosexual, mientras que un 7,5 % se identificó como bisexual y un 0,5 % como pansexual. Son cifras útiles, aunque insuficientes para conocer cuántas mujeres viven relaciones lésbicas sin utilizar necesariamente esa etiqueta o cuántas siguen evitando declarar su orientación por miedo, costumbre o simple discreción.

La propia encuesta revela además un patrón significativo. La identificación como homosexual aumenta entre los adultos jóvenes y en las grandes ciudades, mientras disminuye claramente entre las generaciones mayores y en los municipios pequeños. Es una cuestión de seguridad. “Durante muchos años muchas lesbianas tuvieron que ocultarse. Había mujeres que nunca decían quién era su pareja, que evitaban determinados gestos o que simplemente hacían una vida paralela”, reflexiona Hernández.

Esto ayuda a entender uno de los fenómenos menos conocidos del lesbianismo español, el llamado sexilio. No siempre se abandona un pueblo después de una agresión o de un conflicto familiar. Muchas veces basta una mirada prejuiciosa, la imposibilidad de acudir con naturalidad a las fiestas locales junto a la pareja, una familia que prefiere no preguntar o un entorno laboral donde todo el mundo conoce la vida de todos.

La Federación Estatal LGTBI ha estudiado este fenómeno dentro del colectivo y concluye que una de cada tres personas ha abandonado o ha pensado abandonar su hogar por motivos relacionados con el rechazo o la discriminación. Aunque el dato no distingue exclusivamente a las lesbianas, ayuda a explicar por qué gran parte de la realidad lésbica española continúa concentrándose en las grandes ciudades.
Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao ofrecen asociaciones y espacios de encuentro y también proporcionan anonimato. La posibilidad de vivir sin tener que dar explicaciones constantes.

3.800 bodas y mil divorcios

La institucionalización familiar dibuja una realidad muy distinta a la de hace dos décadas. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2025 se celebraron 7.336 matrimonios entre personas del mismo sexo. Más de la mitad correspondieron a parejas de mujeres, que protagonizaron cerca de 3.800 bodas durante ese año. También se registraron más de un millar de divorcios entre ellas. Hoy muchas lesbianas se casan, tienen hijos, negocian custodias compartidas, cuidan de sus padres mayores o recurren a la reproducción asistida exactamente igual que cualquier otra familia. También en este terreno los derechos han avanzado con rapidez. Desde 2021, las mujeres lesbianas y las mujeres sin pareja pueden acceder nuevamente a las técnicas de reproducción asistida en el Sistema Nacional de Salud y las últimas modificaciones registrales han facilitado la inscripción de los hijos de parejas de mujeres, eliminando algunos obstáculos burocráticos que todavía persistían en hospitales y registros civiles. “La ley ha cambiado muchísimo, pero las costumbres siempre tardan bastante más”, reconoce Herández.

La fotografía se vuelve más borrosa cuando se analiza la salud. España ha avanzado de forma notable en el reconocimiento normativo, pero continúa acumulando lagunas sobre las necesidades específicas de las lesbianas. La II Encuesta Nacional de Salud Sexual, publicada este año, supone un importante avance metodológico, aunque muchos de sus resultados siguen presentándose bajo el amplio paraguas de las siglas LGTBI, dificultando aislar la experiencia concreta de las mujeres lesbianas.

La salud ginecológica es heterosexual

Numerosos estudios internacionales muestran que la población LGTBI presenta mayores tasas de ansiedad, depresión, victimización o riesgo suicida como consecuencia del llamado estrés de las minorías. Sin embargo, cuando esos datos se agrupan, la realidad específica de las lesbianas vuelve a diluirse. A ello se suman inercias que siguen presentes en la atención sanitaria. Muchas mujeres continúan encontrándose con consultas ginecológicas donde se presupone automáticamente la heterosexualidad o con profesionales poco familiarizados con sus necesidades de salud sexual. Todavía hay demasiadas situaciones en las que una mujer tiene que explicar quién es antes de poder explicar qué le pasa.

Jone, a veces, película de 2025 dirigida por Sara Fantova
Fotograma

La discriminación tampoco ha desaparecido. Según los últimos informes de la Federación Estatal LGTBI+, las lesbianas siguen figurando entre los colectivos con mayor exposición al acoso y al trato discriminatorio. Más de una de cada cuatro afirma haber sufrido insultos o violencia verbal durante el último año y una de cada cinco reconoce haber experimentado aislamiento o rechazo. Son cifras procedentes de encuestas sociales, capaces de captar una realidad que muchas veces nunca llega a convertirse en denuncia.

Existe además la violencia que se produce dentro de las propias parejas de mujeres. Los datos oficiales no permiten medirla porque las estadísticas continúan clasificándola desde categorías que no reflejan toda la diversidad de las relaciones afectivas. Lo que no se contabiliza, difícilmente puede prevenirse.

Doble discriminación laboral

Tampoco el mercado laboral escapa a esas desigualdades. A la brecha que todavía soportan muchas mujeres se añade, en ocasiones, la derivada de la orientación sexual. La FELGTBI+ advertía el pasado año de que las mujeres LBTI registraban la mayor tasa de desempleo dentro del colectivo y que una parte importante seguía ocultando su orientación en el trabajo.

El estudio del Instituto de las Mujeres difundido con motivo del Día de la Visibilidad Lésbica señalaba que algo más de la mitad se muestra completamente abierta en su entorno laboral. Salir del armario sigue siendo una decisión que muchas mujeres tienen que tomar una y otra vez. Cuando cambias de trabajo, cuando llegas a un nuevo médico, cuando conoces a unos vecinos o cuando llevas a tu hija al colegio.

La visibilidad ha mejorado de manera evidente durante las dos últimas décadas. Hoy existen más escritoras, deportistas, políticas, actrices y personajes públicos que hablan con naturalidad de su orientación sexual. “Las librerías ofrecen decenas de novelas que hace treinta años simplemente no existían y han incorporado historias protagonizadas por mujeres que aman a otras mujeres”, advierte Hernández. Pero esa representación continúa siendo parcial. “Cuando abrimos Berkana apenas había libros donde una lesbiana pudiera reconocerse. Ahora hay muchísimos más”.

Dulceida - Sociedad
Dulceida junto a su pareja Alba tras haber tenido a su bebé, Aria
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Sin embargo, hay muchas vidas que todavía no aparecen. Las lesbianas mayores, las mujeres rurales, las migrantes, las racializadas, las que viven con discapacidad o las que pertenecen a clases sociales más desfavorecidas siguen ocupando un espacio muy reducido en el imaginario colectivo. La diversidad existe, pero no siempre resulta visible. La educación es otro de los escenarios que lleva a esa invisibilidad. El estudio del Instituto de las Mujeres revelaba que más del 80 % de las lesbianas y bisexuales identificaba haber sufrido algún tipo de violencia relacionada con su orientación sexual. Para muchas, el instituto fue el lugar donde aprendieron a callar.

Como vemos, cada generación ha conocido un país distinto. Una mujer de 70 años nació en una España donde la homosexualidad podía ser perseguida. Otra de 45 alcanzó la edad adulta antes del matrimonio igualitario. Una de 25 no ha conocido un país donde la ley no reconociera sus derechos. Sin embargo, las tres pueden compartir experiencias de ocultamiento, preguntas invasivas o la sensación de que todavía deben explicar una parte de su vida que a los demás nunca se les pide justificar. La ley cambia más deprisa que las costumbres. Y las costumbres cambian antes en unos barrios que en otros.

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