Hace unos días me invitaron a participar en un programa cultural en la televisión. Lo vuelvo a escribir por si no lo has entendido: programa cultural en televisión. Ahora sí.
El espacio estaba especializado en el séptimo arte, ese que nació hace siglo y pico para gobernarlos a todos. El macguffin, la emisión en su canal de televisión de Cortina Rasgada, una de las últimas películas de Alfred Hitchcock, situada entre el final de la mejor racha creativa de la historia del cine y el inicio de su epílogo punki. Hablamos de cine, de vida, que lo mismo es, y del propio Hitchcock, en compañía de dos maestros de la teoría y el análisis cinematográfico, Jerónimo José Martín y Juan Orellana.
Hicimos cinefagia en divertido coloquio posterior, pero lo que no les conté ni a Jero ni a Juan fue el hecho de que estar allí ese día, en sus estudios de televisión a la orilla del Retiro, suponía el cierre del círculo de mi opción fundamental en la vida, corporeizada en Alfred Hitchcock, cuyo veneno me inoculó a los seis años y nunca me ha sido purgado.
Hitchcock es mi principio y mi final, mi magdalena de Proust; con el empezó todo y en él terminará todo. El eterno retorno del celuloide de mi vida. Vuelvo a la casa del padre en el mejor lugar para hacerlo, cerca del cielo.

Comprenderás entonces que, desde el punto de vista emocional, para mí, más que acudir a un programa de televisión a analizar un filme, me retrotrajo a mi infancia. Es curioso, porque el cine entró en mí a través de la televisión y el camino inverso, la televisión a través del cine, es por donde que he conducido casi toda mi carrera profesional. Todo está cosido y si no crees en el destino, no te preocupes: el destino sí cree en ti.
Miro a través del obturador y veo un niño sentado sobre la moqueta enfrente del televisor: La hora de Alfred Hitchcock o Alfred Hitchcock presenta, se llama lo que escupe. Un señor con pinta de buda bonachón introduce historias terroríficas como si te vendiera un afilador: la de hoy se titula Final Scape, en la que un preso, compinchado con el encargado de la morgue de la cárcel, trata de fugarse escondido en un ataúd. El plano final, en el que enciende una cerilla una vez dentro del féretro y descubre quién es su acompañante definirá, sin saberlo, mi camino vital. Me voy a la cama aterrorizado, pero no por el desenlace, sino por tener que ir al más aterrador y aburrido colegio al día siguiente y no poder seguir viendo el show de este señor.
A partir de ahí entra su obra en mí como un torrente; Cortina rasgada fue la primera película de Hitchcock que vi. Irregular, artificiosa, menor, lo que quieras… pero la manera en la que la vida cose el hilo de un chaval de seis años en una ciudad de provincias, y cuarenta y tantos años después ese mismo objetivo lo descubre sentado en un programa de televisión hablando de ella… eso me lo ha regalado a mí el cine y nunca me lo va a quitar. Y si empiezas a subir los 39 escalones de tres en tres, te encuentras en las plantas superiores con Rebeca, La sombra de una duda, La soga o Crimen Perfecto; y sigues subiendo hacia la zona noble, esa con boiseries de madera donde disfrutarás de una selección compuesta por Falso culpable, Atrapa a un ladrón, Extraños en un tren y Recuerda; hasta que alcanzas la zona VIP, la de presidencia, donde te esperan deliciosos canapés llamados Frenesí, Marnie, Psicosis, Encadenados o Vértigo; hasta por fin, hollar la cumbre, en forma de cúpula: el ‘Cielo de Alfred’ se llama, y está decorada con ricos frescos pintados en pan de oro por Méliès y los hermanos Lumiére, entresuelo vestido con butacas de seda roja de Indochina y pantallas gigantes proyectando en eterno bucle celestial, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones y Los pájaros.

Obviamente, en todo este “camino de baldosas amarillas” he puesto los cuernos innumerables veces al maestro: por él descubrí el cine clásico norteamericano; gracias a él y a un tal Truffaut, que juntos pergeñaron el canon de este arte hecho libro, conocí el cine europeo. La madeja se fue deshaciendo con la Nouvelle Vague francesa, los expresionistas alemanes, el cine intelectual soviético, el Free Cinema inglés, el neorrealismo italiano, cuna de mimbre que me fue meciendo hacia otras cinematografías: los autores japoneses, el nuevo cine chino, y, por supuesto, el cine español. Toda una vida girando alrededor del viaje de luz, para acabar sentado en un plató maquillado de naranja y hablando de la primera película.
Como dicen los manchegos, “he dao más vueltas que un perro ‘pa echarse”; he tenido mi etapa adolescente, gafapasta y experimental, metiéndome con John Ford y adorando a John Waters –que tire la primera piedra quien no tenga pecadillos de juventud–, soflamando que el cine de Hollywood “es peor que el europeo”, adorando a Woody Allen (ahora también, pero menos), a Terrence Malick (ahora también, pero más), creyéndome que el Nuevo Hollywood, Coppola, Scorsese o Spielberg, eran la última puerta del séptimo arte como un vulgar terraplanista, tomando como un cineasta mayor a David Lynch (y dándome el tiempo la razón) y tragándome todos los clásicos de los 80 y 90, Gargantúa voraz, hasta llegar al cul de sac y encontrarme con gemas brillantes –Tarantino, Sorrentino, Fincher–, y auténticos mojones pintados de brilli briili –Paul Thomas Anderson o Christoper Nolan–.

He llegado incluso a venerar a Pedro Almodóvar cuando se lo merecía y ponerlo a la altura de Erice, Berlanga y Buñuel. Pero se me pasó, afortunadamente. Y al fondo del todo, escondido entre esos rótulos y afiches que comenzó a pintar en el albor de su carrera, estaba él, sir Alfred, con su cara de cuatro reyes y mus, su uniforme de quienes no pierden el tiempo pensando qué ponerse, y con TODO el cine en su cabeza, pensando, quizá, en aquella parábola del hijo pródigo: “Era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.
Así que, queridos Jero y Juan: me habéis regalado el eterno retorno positivista de mi vida, muy alejado de aquel triste y lacónico de Nietzsche. El mío es luminoso, divertido, trémulo, eléctrico y complejo, como el propio cine de Alfred Hitchcock.
Por fin vuelvo al padre. Prometo no perderme más en la sala oscura.

