El Vesubio aparece al abrir las cortinas. Al fondo del golfo, su silueta conserva esa serenidad engañosa con la que lleva siglos presidiendo Nápoles. A la derecha se levanta el Castel dell’Ovo; a la izquierda comienza un paseo marítimo ocupado por corredores, familias, pescadores y motos. Entre la habitación y el volcán apenas se interpone el mar. Esta misma imagen despertó antes a Alfred Hitchcock, Luciano Pavarotti, Winston Churchill, Ingrid Bergman y Beyoncé.
El Eurostars Hotel Excelsior ocupa uno de los lugares más privilegiados de la ciudad, en Via Partenope, frente al Borgo Marinari. Su fachada es también la primera gran construcción que contempla quien llega a Nápoles por vía marítima. El edificio abrió sus puertas a finales de enero de 1908 después de levantarse en diez meses, un plazo insólito para un palacio de siete plantas concebido con la ambición de atraer a la aristocracia y a los grandes viajeros europeos.
Más de un siglo después conserva la escala de aquellos hoteles creados para convertir la llegada en una ceremonia. Los suelos de mármol de Carrara, las lámparas de cristal de Murano, las paredes cubiertas de seda y las escaleras monumentales remiten a un tiempo en el que viajar implicaba permanecer varias semanas en el destino y presentarse a cenar con el vestuario adecuado. El establecimiento cuenta actualmente con cien habitaciones y 22 suites, varias de ellas abiertas directamente hacia el golfo.

Por sus pasillos han caminado miembros de las casas reales de Italia, Inglaterra, España, Grecia y Rusia. El príncipe Humberto de Saboya figura entre sus primeros huéspedes ilustres. Después llegaron presidentes y dirigentes como Theodore Roosevelt, Winston Churchill, Helmut Kohl, Hillary Clinton, Carlo Azeglio Ciampi y Giorgio Napolitano. El científico Alexander Fleming se alojó aquí, igual que la neuróloga y premio Nobel Rita Levi-Montalcini.
En el lobby del hotel y a lo largo de sus luminosos pasillos se pueden observar fotografías que acreditan la estancia de algunas de las celebridades más importantes del mundo. Era, de hecho, uno de los refugios secretos y preferidos por la gran actriz Sofia Loren, solo una de las fulgurantes estrellas vinculadas al cine que se dejaron ver en las inmediaciones de la bahía.
Porque la historia cultural del Excelsior resulta todavía más extensa. El registro municipal de Nápoles sitúa entre sus huéspedes a Rudyard Kipling, Richard Strauss, Andy Warhol, Riccardo Muti, Humphrey Bogart, Clark Gable, Orson Welles, Jack Lemmon, Claudia Cardinale, Marcello Mastroianni y Alberto Sordi. A la lista se incorporaron después Luciano Pavarotti, Jennifer Lopez, Lady Gaga y Beyoncé.
Alfred Hitchcock encontró en el hotel un refugio durante sus visitas a la ciudad. Resulta fácil imaginarlo observando desde una ventana el Castel dell’Ovo, una fortaleza cuyo nombre procede de la leyenda según la cual Virgilio escondió un huevo mágico en sus cimientos. Si aquel huevo se rompía, caerían el castillo y Nápoles. La ciudad continúa en pie y los napolitanos siguen contando la historia con una naturalidad que resume su relación con la superstición, el espectáculo y la muerte.

El cine no se limitó a ocupar las habitaciones. Roberto Rossellini rodó en el Excelsior algunas escenas iniciales de Viaje a Italia, protagonizada por Ingrid Bergman y George Sanders. Sus personajes, un matrimonio inglés en crisis, llegan a Nápoles para resolver una herencia y descubren una ciudad cuya relación con las ruinas, los muertos y el deseo termina alterándolos. La película, estrenada en 1954 y convertida después en una obra fundamental del cine moderno, utilizó las habitaciones y los salones del hotel antes de acompañar a Bergman por el Museo Arqueológico, la Solfatara, Cumas y Pompeya. Vittorio De Sica regresó al edificio para El juicio universal, estrenada en 1961.
El Excelsior también conserva las marcas menos glamurosas del siglo XX. Durante la Primera Guerra Mundial fue sede de la Cruz Roja. En la Segunda sufrió los bombardeos que castigaron Nápoles, funcionó como hospital y más tarde albergó el cuartel general de las tropas estadounidenses. Reabrió en 1947 con un interior inspirado en la Belle Époque. La elegancia actual nació, por tanto, de una reconstrucción realizada cuando la ciudad todavía se recuperaba de la guerra.
Pocas personas resumen esa continuidad como Gianni Ricci, director del establecimiento durante nuestra visita. Su relación con el Excelsior comenzó antes de que pudiera elegirla. Sus padres se conocieron mientras trabajaban en el hotel y él nació allí en 1954, cuando su madre se puso de parto durante la jornada. El lugar exacto fue la lavandería. Ricci creció escuchando las historias de los huéspedes y acabó dirigiendo el edificio que había sido también su primera casa.

Durante la comida en el restaurante La Terrazza, situado en la última planta, el golfo vuelve a reclamar la atención. La cocina trabaja con recetas napolitanas y producto mediterráneo. Entre ellas figura la pasta e patate con provola, un plato nacido de la cocina popular que mezcla distintas clases de pasta con patata, sofrito y queso ahumado hasta alcanzar una textura cremosa. La terraza exterior, llamada La Dolce Vita, extiende la vista hacia Capri e Ischia cuando el cielo está despejado.
Una ruta por el auténtico Nápoles
La posición del hotel permite comenzar a recorrer Nápoles a pie. A pocos metros se encuentra el Borgo Marinari, asentado sobre el islote de Megaride y unido a tierra firme por un pequeño istmo. Allí cenamos en La Scialuppa, entre barcos amarrados y las murallas del Castel dell’Ovo. El barrio conserva parte de su origen marinero, aunque los antiguos talleres y viviendas de pescadores conviven ahora con restaurantes y terrazas.
El centro histórico propone una experiencia completamente distinta. La anchura del paseo marítimo desaparece al entrar en las calles estrechas que rodean Spaccanapoli. Las motos se abren paso entre peatones, las hornacinas religiosas ocupan las esquinas y la ropa tendida conecta fachadas enfrentadas. Iglesias, talleres, palacios, pastelerías y altares dedicados a Maradona se suceden sin una separación clara entre lo sagrado, lo doméstico y lo comercial.

En el corazón de ese entramado se encuentra la basílica de Santa Maria Maggiore alla Pietrasanta. Bajo ella, el LAPIS Museum conduce hasta la ciudad subterránea, y el Museo dell’Acqua recupera antiguas cisternas grecorromanas que abastecieron a Nápoles durante siglos. El agua vuelve a circular por algunas cavidades gracias a una instalación contemporánea de luces, surtidores y pasarelas.
El recorrido continúa por el Decumano Sommerso, a unos cuarenta metros de profundidad. Aquellas galerías fueron utilizadas como refugios antiaéreos durante la Segunda Guerra Mundial. Todavía pueden verse los accesos y los espacios de servicio en los que miles de habitantes buscaron protección durante los bombardeos. Después de recorrer la humedad y la oscuridad de los túneles, el regreso a Via Partenope produce una sensación física de amplitud. El mar parece todavía más luminoso.
El sueño de Amalfi
La segunda jornada llevó el viaje hasta la Costa Amalfitana. La carretera avanza entre curvas, túneles y precipicios desde los que aparecen pequeños pueblos sostenidos sobre la montaña. Amalfi fue una de las grandes repúblicas marítimas medievales y todavía conserva el edificio en el que se construían y reparaban sus embarcaciones.
El Arsenale della Repubblica, documentado desde 1042, se extendía originalmente hasta el puerto para facilitar la salida de las galeras al mar. Sus naves de piedra albergan ahora el Museo de la Brújula y del Ducado Marítimo, donde se explica el poder comercial que Amalfi ejerció sobre el Mediterráneo. La construcción sobreviviente representa aproximadamente la mitad del complejo original.

La riqueza de la antigua república también se imprimía sobre papel. En la parte alta de la localidad, camino de la Valle delle Ferriere, el Museo della Carta ocupa una antigua fábrica papelera. Las máquinas, prensas y herramientas muestran cómo se producía la carta bambagina, elaborada con trapos de algodón, lino y cáñamo. La industria se benefició de los torrentes que descendían por el valle y convirtió el papel amalfitano en un producto apreciado por cancillerías, notarios y comerciantes.
Al mediodía, Agricola Fore Porta ofrece una cocina estrechamente relacionada con ese paisaje. Para llegar hay que caminar: la finca se encuentra junto al sendero de la Valle delle Ferriere, entre huertos y limoneros, apartada del bullicio del paseo marítimo de Amalfi. La regenta la familia Amatruda, cuya historia aquí comenzó a principios de los años setenta, cuando el abuelo Luigi regresó de Inglaterra y compró unos terrenos que recuperó para el cultivo. Su hijo Gino y su mujer, Mena, continuaron aquel trabajo; después se incorporaron su hija Silvia y Gerardo, la pareja de esta. La apertura al turismo les permitió dar continuidad a la explotación y evitar que quedara abandonada.
Mena se ocupa de una cocina que sigue el calendario del huerto, mientras Silvia y Gerardo reciben a los visitantes. El protagonista es el sfusato amalfitano, el limón característico de la costa, de piel rica en aceites esenciales. En la carta aparece en un risotto elaborado con su zumo y su ralladura, pero también en la scamorza ahumada de Tramonti, cocinada entre hojas de limonero. Las verduras de temporada comparten mesa con la parmigiana de berenjenas y los quesos locales, acompañados de mermeladas caseras y miel de las colmenas de la finca. Para terminar, la torta Fore Porta reúne almendras, chocolate blanco, limón, limoncello y miel; también preparan helado de limón y granita. La oferta cambia según la temporada y la disponibilidad de los productos.

El sfusato amalfitano, largo, aromático y de corteza gruesa, crece sobre terrazas ganadas a pendientes casi verticales. Los agricultores sostienen las ramas con estructuras de madera de castaño y transportan a mano buena parte de la cosecha por escaleras estrechas. La dificultad del terreno ha llevado a describir este cultivo como “agricultura heroica”. Con aquellos limones se elaboran dulces, conservas, platos salados y el limoncello, obtenido a partir de la maceración de la piel en alcohol.
El día terminó en el Belvedere di San Lorenzo, con un aperitivo al atardecer sobre una costa que cambia de color a medida que desaparece la luz. Después regresamos a Nápoles para cenar en La Terrazza del Excelsior. Desde allí, el recorrido del día podía reconstruirse sobre el horizonte: el golfo, la línea de montañas y las islas recortadas en la distancia. El programa reservaba para la última mañana un taller en la pizzería de Diego Vitagliano, reconocida por 50 Top Pizza.
El Excelsior conserva la memoria de los grandes nombres que durmieron bajo su techo, pero su atractivo no depende únicamente de ellos. El verdadero privilegio aparece cada mañana al abrir las cortinas. Hitchcock, Pavarotti, Bergman o Beyoncé pudieron ocupar suites distintas y llegar a Nápoles en épocas muy alejadas. Todos encontraron la misma imagen: el golfo extendido frente al hotel, el Castel dell’Ovo a un lado y el Vesubio esperando al otro, inmóvil y vigilante.

