Cuando Bernarda Alba regresa del funeral de su segundo marido, lo primero que hace es ordenar ocho años de luto. Las puertas y ventanas se cierran y sus cinco hijas quedan recluidas en una casa donde la autoridad se mide por el ruido de un bastón contra el suelo. En La casa de Bernarda Alba (1987), Mario Camus comprendió que el encierro imaginado por Federico García Lorca necesitaba pocas explicaciones. Irene Gutiérrez Caba, Ana Belén, Florinda Chico, Vicky Peña, Mercedes Lezcano y Enriqueta Carballeira convierten aquella casa blanca en un espacio donde cada movimiento femenino está sometido a observación.
La película adapta la última obra teatral de Lorca, escrita en 1936, pocos meses antes de su asesinato y estrenada en Buenos Aires en 1945. El argumento es conocido: Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela viven sometidas a Bernarda, obsesionada con preservar el honor familiar. La mayor, Angustias, heredera de una fortuna procedente de su padre, está prometida con Pepe el Romano. Él nunca aparece, pero desencadena los celos de Martirio y mantiene una relación clandestina con Adela.

En esta adaptación resulta especialmente revelador que el hombre alrededor del cual se organiza buena parte del conflicto permanezca fuera de campo. Pepe posee una libertad que ninguna de ellas tiene. Puede desplazarse, elegir, entrar y salir, mantener relaciones con distintas mujeres y conservar intacta su reputación. Ellas cargan con las consecuencias. Lorca construyó así un mundo donde la desigualdad funciona incluso en ausencia física de los hombres.
Bernarda se encarga de administrarla. Su personaje permite además escapar de una lectura demasiado sencilla sobre víctimas y verdugos. Es una mujer con poder dentro de su casa, pero ese poder depende de aplicar escrupulosamente unas reglas creadas para controlar a las mujeres. Decide cómo deben vestir sus hijas, cuándo pueden salir, con quién pueden relacionarse y qué comportamientos podrían poner en peligro el apellido. La obsesión por “el qué dirán” convierte la mirada del pueblo en una extensión de su autoridad.
Adela representa la ruptura más radical con ese sistema. Es la hija pequeña, tiene veinte años y se niega a aceptar que sus mejores años transcurran detrás de unas paredes. Su vestido verde adquiere una fuerza política evidente frente al negro del luto. Quiere decidir sobre su cuerpo, sobre su sexualidad y sobre el hombre al que desea, aunque su libertad continúe formulándose dentro de un horizonte muy limitado: para escapar de Bernarda necesita todavía imaginar una vida junto a Pepe.
Ahí aparece una de las tensiones más interesantes de la obra desde una lectura feminista contemporánea. Las mujeres de Lorca poseen deseos propios, pero apenas disponen de instrumentos para convertirlos en una vida autónoma. El matrimonio funciona como una de las pocas vías socialmente aceptables para abandonar la casa. Angustias puede casarse porque tiene dinero. Adela busca otra salida mediante la transgresión sexual. Martirio, atrapada entre el deseo y la frustración, termina colaborando con el mecanismo que también la oprime.
La clase atraviesa igualmente ese universo femenino. Poncia conoce los secretos de la familia y comprende antes que Bernarda lo que está ocurriendo, pero continúa siendo una criada. Las diferencias económicas determinan quién puede aspirar a casarse, quién sirve y quién manda. Lorca tampoco idealiza una supuesta solidaridad automática entre mujeres: dentro de una estructura desigual existen rivalidades, resentimientos y relaciones de poder.

La película supera holgadamente el test de Bechdel. Hay numerosas mujeres con nombre que mantienen conversaciones entre ellas sobre dinero, familia, maternidad, reputación, trabajo doméstico, deseo y muerte. Sin embargo, el resultado demuestra también las limitaciones del test. Pepe el Romano ocupa una parte enorme de sus conversaciones sin aparecer jamás en pantalla. Que una película cumpla el Bechdel dice algo sobre la presencia y la voz de sus personajes femeninos; dice bastante menos sobre la libertad de la que disfrutan.
El desenlace concentra la brutalidad de ese orden. Tras creer que Pepe ha muerto, Adela se suicida. Bernarda reacciona preocupándose inmediatamente por preservar su honor: exige que se diga que su hija ha muerto virgen y vuelve a imponer silencio. Ni siquiera la muerte concede a Adela el derecho a contar su propia historia.
Casi noventa años después de que Lorca escribiera la obra y cuatro décadas después de la adaptación de Camus, esto es lo más incómodo: Bernarda ha dedicado su vida a proteger una respetabilidad que exige sacrificar la libertad e sus hijas. Cuando golpea el suelo con su bastón, habla con una autoridad propia, pero detrás de su voz resuenan las normas de toda una sociedad. Y cuando Adela rompe ese bastón, durante unos segundos también rompe la idea de que esas normas son inevitables.

