En un tema dedicado a los autores del Barroco, Lope de Vega tiene su epígrafe, Cervantes el suyo, Calderón otro y Quevedo otro más; ellas, todas juntas, comparten uno solo que suele titularse algo así como “las mujeres del Barroco”. Este reparto desigual del espacio en los libros de texto de Lengua Castellana y Literatura no es una anécdota de departamento, sino el mecanismo a través del cual se construye un canon literario que sigue siendo mayoritariamente masculino.
¿Quién decide realmente las lecturas obligatorias en España?
La primera sorpresa es que no existe un listado nacional de lecturas obligatorias; la ley educativa vigente, la LOMLOE, apenas dedica unas líneas genéricas a la literatura, mencionando su inclusión en la cultura española y el fomento de la lectura, sin concretar autoras ni autores. Todo lo demás queda en manos de cada comunidad autónoma, de cada editorial de libros de texto y, en última instancia, de cada departamento de instituto. Isabel, una profesora de Lengua y Literatura consultada para este reportaje, ironiza al respecto concluyendo que la ley es tan general que, a efectos prácticos, no sirve de mucho más que para citarse en las programaciones didácticas.
Esa descentralización explica por qué el mapa español de lecturas es tan desigual. Según un análisis elaborado a partir de documentos oficiales de las consejerías de Educación y recomendaciones universitarias para la EBAU entre 2022 y 2025 elaborado por TusClasesParticulares, las mujeres firman solo el 24% de las obras propuestas en el currículo de 2º de Bachillerato a nivel estatal; Federico García Lorca, con La casa de Bernarda Alba, encabeza el ranking nacional presente en diez de las diecisiete comunidades autónomas, seguido de Gabriel García Márquez con Crónica de una muerte anunciada y de Valle-Inclán con Luces de bohemia. En ese medallero de imprescindibles, solo una autora logra colarse con fuerza, Carmen Laforet, cuya Nada está presente en seis comunidades. La Comunitat Valenciana rompe algo esa tendencia, con un 43% de autoras entre las lecturas propuestas para la selectividad, la cifra más alta del país, gracias a la incorporación paulatina de nombres como Emilia Pardo Bazán, Carmen Conde o Maruja Mallo.

El sesgo que se esconde en los libros de texto
Pero el problema, según coinciden las dos docentes consultadas, no está tanto en las lecturas obligatorias como en algo más estructural: los propios libros de texto. Isabel lleva años observando cómo Teresa de Jesús aparece en letra más pequeña que Fray Luis de León o San Juan de la Cruz, cómo María de Zayas apenas se menciona y cómo Ana Caro Mallén directamente no existe en la mayoría de manuales, mientras que sí hay espacio, curso tras curso, para repasar con detalle a Lope, Cervantes, Calderón o Góngora.
Y cuando las escritoras aparecen, lo hacen marcadas por su condición de mujeres, como una otredad que hay que explicar aparte, algo que rara vez ocurre con los autores. Hay líneas editoriales que ya incorporan una perspectiva de género más cuidada, con epígrafes específicos dedicados a recuperar figuras silenciadas, mientras que otras siguen suavizando episodios centrales de la propia obra, como si el hecho de que Lorca fuera homosexual o la violación de Laurencia en Fuenteovejuna fueran detalles secundarios de la trama.
Todo tiene una explicación histórica; el extinto BUP, regulado por el decreto de 1975, sí imponía un listado cerrado de clásicos españoles de la Edad Media al siglo veinte, un corpus fijado desde arriba y prácticamente sin presencia femenina. La normativa actual, en cambio, ha sustituido esa obligatoriedad por la llamada “lectura libre”, una fórmula que en teoría abre la puerta a más diversidad, pero que en la práctica traslada la responsabilidad —y el sesgo— a cada eslabón de la cadena educativa.
Clásicos contra literatura juvenil, el debate que interesa
Además del sesgo de género, hay otro debate que surge cada año a nivel curricular, el de seguir apostando por los clásicos o ir introduciendo obras contemporáneas de literatura infantil y juvenil. Ahí, aseguran, la paridad ya es una realidad; los libros escritos por mujeres contemporáneas se venden, se eligen y nadie cuestiona su calidad por razón de género.
Rosa Pastor Simón, la segunda docente consultada, explicaba que en su departamento convivían dos líneas de lectura, una más vinculada a los contenidos curriculares clásicos, con títulos como La Celestina o el Lazarillo de Tormes, y otra abierta en la que el alumnado elegía o proponía sus propias lecturas. En segundo de Bachillerato se preocupaba especialmente de que entraran Carmen Laforet, Elvira Lindo, Rosa Montero o Carmen Martín Gaite, autoras que hoy funcionan casi como clásicas contemporáneas, aunque reconoce que esas elecciones están condicionadas también por lo que marca la Prueba de Acceso a la Universidad. Su testimonio añade además un matiz extra: la autocensura existe, y en ocasiones ha visto cómo no se han propuesto ciertas lecturas por parecer demasiado duras para el aula.

Hacia una educación literaria con más nombres de mujer
El impacto de todo esto en el alumnado va más allá de la nota media de un examen. Como explica la docente Irene Soler, profesora de secundaria en Santa Pola, la inclusión de autoras en las lecturas de Bachillerato permite que el alumnado reconozca a la mujer como sujeto creador y no solo como objeto de inspiración, algo que empieza a notarse en comunidades como la valenciana. En paralelo, proyectos como BIESES, impulsado desde la UNED, llevan años rastreando la obra de escritoras anteriores a 1800 para devolverles el lugar que el canon académico les negó, y la Biblioteca Nacional de España celebra cada octubre el Día de las Escritoras junto a FEDEPE, una cita que este año ha puesto el foco en las mujeres que narraron el mundo rural.
El testimonio de Isabel y Rosa es especialmente interesante porque revela que la ausencia de mujeres en el canon literario no responde a un plan cerrado ni a una ley concreta, como se podría pensar, sino a una acumulación de decisiones pequeñas, editoriales que priorizan unos nombres sobre otros, departamentos que repiten listas por comodidad, manuales que dedican un párrafo donde debería haber un capítulo. Ahí reside el cambio, en esa acumulación de decisiones pequeñas que es urgente modificar.

