El asesino de esta historia no salta la valla del jardín; ya tiene llave de casa. No hace falta que sea el marido, aunque casi siempre lo sea en la ficción que nos ocupa; puede ser el vecino que saluda cada mañana con una sonrisa demasiado perfecta, o puede ser, y esto es lo verdaderamente inquietante del género, tu propia cabeza cuando empieza a dudar de todo lo que daba por sentado. El domestic noir lleva más de una década desmontando la idea de que el hogar es un refugio, y se ha convertido en uno de los subgéneros que más están creciendo dentro de la novela negra, escrito mayoritariamente por mujeres y leído todavía más por mujeres.
El domestic noir habla de todo lo que se le pide a una mujer que calle para que la casa siga funcionando, de la vigilancia entre vecinas convertida en método de investigación, y de una pregunta que empieza siendo banal y termina siendo existencial: ¿de verdad conoces a la persona con la que compartes la nevera? El término lo popularizó Paula Hawkins con La chica del tren, pero sus raíces, como recuerda Virginia Feito, se hunden mucho más atrás, en autoras como Patricia Highsmith o Daphne du Maurier, que llevaban décadas escribiendo sobre el peligro doméstico; solo faltaba la etiqueta.
Un pueblo, un rumor y una casa rosa
Para Arantza Portabales, autora de Asasinato na casa rosa, el giro hacia el domestic noir llegó tras una etapa personal complicada que le pedía alejarse de la Compostela urbana de su exitosa saga anterior; el entorno rural del pueblo natal de su madre la devolvió a la escritura desde un lugar distinto, casi de observadora. “El pueblo pequeño me coloca como escritora en la misma posición que a un entomólogo delante de un hormiguero”, explica; “una posición de observación privilegiada”.
Con Asasinato na casa rosa alejó deliberadamente a su investigadora, Iria Santaclara, del uniforme y de las potestades policiales: “quería un misterio con tintes antiguos, pero con una voz del siglo XXI; una protagonista que se viera despojada de todas sus potestades policiales y que se enfrente no solo al crimen, sino a todo un pueblo”. El resultado es una novela donde el rumor y el chismorreo sustituyen al atestado y a la prueba forense como motor de la trama. “Cuando escribes un procedimental, el propio iter del trabajo policial conduce la trama; en un domestic noir todas las fuentes externas cobran protagonismo”, resume Portabales, para quien el crimen en sí siempre ha sido lo de menos frente a lo que provoca en quienes lo rodean: “para mí siempre ha sido más importante la psicología del crimen que el procedimiento en sí”.
Preguntada por si siente que ha cambiado de género dentro del género, lo tiene claro: “no siento que haya cambiado de género, sino que simplemente he mudado la arquitectura del relato; ya no es el procedimiento el que sostiene la novela, sino que ahora está dotado de una arquitectura más anárquica y emocional”. Y remata con una idea que podría servir de manifiesto para todo el subgénero: “si la literatura consiste en contar la vida, da igual desde qué punto partes, si acabas llegando al mismo lugar”.

La vida privada como escena del crimen
Lorena Franco, con más de veinte títulos publicados y cientos de miles de lectoras a sus espaldas, ha visto crecer el fenómeno desde dentro: “el domestic noir ha sido y es un boom que se aleja de la investigación policial”, asegura, “supongo que se debe a que todos podemos llegar a sentirnos más identificados con este tipo de tramas”. Su explicación tiene la cadencia de una conversación de patio de vecinos: “¿Quién no ha tenido un vecino rarito? ¿O una vecina cotilla? ¿Quién no conoce a una pareja que lleva años ocultándose cosas…?”.
Para Franco, el atractivo del género tiene mucho que ver con la ambientación: “nos encantan las ambientaciones acogedoras, y una casa o un entorno conocido casi siempre lo es, mucho más que lo que le pueda pasar a nuestra protagonista en un thriller en su viaje a las Maldivas”. A eso se suma ese espíritu cotilla que ella misma reivindica y la idea clara de que el mejor domestic noir necesita un giro que nadie vea venir: “que el peligro esté dentro de casa, o delante de nuestras narices, o el secreto venga de una persona en la que confías o incluso quieres, es un plus para la historia”.
En Un reparto deplorable esa filosofía se traduce en una estructura muy estudiada, dividida entre la investigación policial y la parte más íntima de los personajes. “Un domestic noir puede tener una parte policial, pero es importantísimo que también tenga una parte más cercana y cotidiana, donde los secretos y la vida íntima de la víctima o la protagonista estalle en un momento dado“, explica Franco, que reconoce haber tomado esa decisión con total consciencia en las seis novelas de su serie: “hay mucho de domestic noir y por eso todas están divididas en partes, incluso entre el pasado y el presente, que da mucho juego en el género”.

La casa como espejo de la propia cabeza
Virginia Feito lleva el debate un paso más allá. “El ámbito doméstico tradicionalmente ha sido el de la mujer”, recuerda, “la mayoría hemos crecido viendo a nuestras madres o abuelas encargarse del espacio del hogar; mi padre a día de hoy no sabe dónde se guardan las toallas o cómo poner una lavadora”. Pero el terror que de verdad le interesa no es solo el de no sentirse a salvo en el lugar que debería ser el más seguro del mundo: “las raíces del domestic noir se expanden a algo incluso más profundo, que es que no estás a salvo ni en tu propia cabeza“; ahí aparecen las preguntas que de verdad desvelan a una lectora, “¿conoces realmente a tu pareja?”, “si no supiste ver que había algo raro en un vecino que resultó ser peligroso, ¿qué más te estás perdiendo?”.
Sobre por qué el boom ha llegado precisamente ahora, Feito apunta a un origen inesperado y muy actual: “es posible que los efectos secundarios de la pandemia sean más profundos de lo que pensamos, llegando a afectar al éxito de ciertos géneros literarios, como el domestic noir, después de permanecer encerrados y lejos de nuestros seres queridos durante tanto tiempo; nuestra relación con el hogar cambió totalmente a raíz de ese encierro“. Y sobre el recorrido que va de la represión silenciosa de La señora March a la rabia explícita de Victorian Psycho: “el baremo del escándalo ha bajado bastante, ya no se castiga a la mujer por escribir algo violento, y hay más sed por el género del femgore o el female rage“. Aun así, avisa de que la incomodidad no ha desaparecido del todo: “sigue habiendo cierta reticencia hacia los personajes femeninos que tienen rabia no justificada, mientras que muchos personajes masculinos desagradables son admirados como grandes y complejos iconos de la ficción”. Incluso desconfía del propio término con el que la crítica celebra a estas antiheroínas: “algunos géneros como el good for her me empiezan a sonar ligeramente condescendientes, porque sigue insinuando que el personaje femenino tiene que tener en el fondo una justificación socialmente aceptable para su rabia“. Y remata, sin filtro: “joder, igual es que está puto loca y ya”.
Lo que queda cuando se cierra la puerta
El domestic noir ha conseguido convertir lo más familiar en lo más inquietante, y de paso ha puesto sobre la mesa una pregunta como mínimo inquietante para la novela negra, tan apegada todavía al inspector y al procedimiento: ¿qué pasa cuando dejamos de mirar el crimen desde fuera y empezamos a mirarlo desde dentro de la propia casa?

