La habitación propia

El cuerpo toma la palabra

Menstruación, menopausia, enfermedad, maternidad no deseada; una corriente que no pretende disimular y ha convertido el cuerpo femenino en materia narrativa legítima

El cuerpo toma la palabra.
El cuerpo toma la palabra.
Montaje: kiloycuarto

Una generación de autoras ha decidido que el útero, la sangre menstrual, los sofocos, el tumor o el rechazo a parir no son temas menores ni avergonzantes, sino el material narrativo más honesto que tienen a mano; y lo escriben sin metáforas que disimulen y, sobre todo, sin la vergüenza que durante generaciones convirtió estos asuntos en secretos y murmullos.

La regla como género literario

Diario de un cuerpo, de Erika Irusta, lleva por subtítulo la menstruación, el último tabú, y no exagera. Son tres ciclos menstruales enteros narrados en primera persona, día a día, mezclando el registro fisiológico (flujo, fase, energía) con una herida de infancia que la autora defiende que está relacionada con el ciclo del cuerpo. “Soy una, soy cuatro”, expone Irusta, según la cual cada fase del ciclo trae consigo una versión distinta de sí misma, casi personalidades separadas que conviven en un mismo cuerpo cada mes. A través de esas cuatro mujeres va reconstruyendo también un maltrato infantil que hasta entonces había mantenido oculto. El libro se lee como un experimento de autoconocimiento y literatura que convierte el ciclo menstrual en estructura narrativa, algo que se percibe como una novedad en estos tiempos, ya que antes solo las enfermedades “serias” tenían cabida en estas narrativas.

‘Clavícula’, de Marta Sanz.
Anagrama

La menopausia sale del armario

Marta Sanz encontró el lugar que la menopausia no tenía en librerías con Clavícula (Anagrama, 2017), un dietario fragmentado sobre un dolor sin diagnóstico que se cruza con la menopausia, la precariedad de ser escritora autónoma y el miedo al cuerpo que deja de ser fotogénico para el mercado. El libro se presenta con una mezcla de géneros (correos electrónicos con su marido, un cuento, un poema) mientras Sanz recorre consultas médicas en busca de un nombre para ese dolor que le nace entre el esternón y la garganta, y de paso nombra sin eufemismos el estreñimiento, la fisura anal o las estrías, palabras que rara vez se pronuncian en voz alta y mucho menos en literatura. La propia Sanz dijo que quería hablar de su menopausia, de su menstruación y de sus dolores igual que Philip Roth podía hablar de su cáncer de próstata sin que nadie se escandalizara.

Miranda July ha hecho lo mismo desde otro registro con A cuatro patas (Random House, 2025). Aquí la perimenopausia no se trata desde el ángulo del dolor, sino desde el deseo, la curiosidad, un cuerpo que cambia y que la protagonista decide investigar como si estuviera volviendo a esa sensación del primer amor. Llega a lanzar una pregunta bastante atractiva para algunas: “¿Qué es lo mejor de la vida cuando dejas de sangrar?” y las respuestas, que van desde la desaparición de la migraña crónica hasta el alivio de no temer un embarazo no buscado, se convierten en el verdadero corazón coral de la novela. Sanz y July escriben, literalmente, la misma etapa vital desde extremos opuestos, y dejan por escrito, buscando la empatía de una generación, que la menopausia no es el fin de nada, sino el principio de algo muy interesante, a pesar de las vicisitudes previas hasta llegar a ello.

Enfermar y escribirlo sin heroicidad

En el terreno de la enfermedad, la referencia ineludible es Desmorir, de Anne Boyer (Sexto Piso, 2021), Pulitzer de no ficción en 2020. Boyer atraviesa un cáncer de mama triple negativo y decide no escribir el relato de superación que el mercado espera de las enfermas de cáncer; ataca de frente lo que ella llama la “cultura del lazo rosa”, esa épica obligatoria de la mujer valiente que sonríe durante la quimioterapia. El libro no esconde la crudeza del sistema sanitario estadounidense, que la envió a casa el mismo día de su mastectomía, ni la violencia de fármacos como la adriamicina, apodada “el diablo rojo” por su color y sus efectos, y se inscribe conscientemente en una genealogía de escritoras que ya habían narrado su propio cáncer antes que ella, como Audre Lorde o Susan Sontag.

Su libro mezcla ensayo, poesía y crónica para preguntarse por qué la enfermedad de las mujeres siempre necesita venir acompañada de una moraleja edificante. La autora no buscaba inspirar; lo que quería con este libro era que se entendiera que un cuerpo enfermo tiene derecho a la rabia, a no querer estar contenta, a no querer que se la llame guerrera, luchadora o campeona, a maldecir por tener que pasar por todo el proceso y no por eso convertirse en una mala paciente.

'No Mad
‘No madres: Mujeres sin hijos contra los tópicos’, de María Fernández-Miranda.
Plaza & Janés

La maternidad que no se ajusta al guion

La maternidad que se sale del molde es una tendencia actual y moderna que cada vez tiene más adeptas. María Fernández-Miranda presentó en No madres (Plaza & Janés, 2017) un relato coral construido a partir de su propia experiencia con siete fecundaciones in vitro fallidas y de las voces de otras mujeres, conocidas y anónimas, que tampoco fueron madres, ya fuera por elección o porque su cuerpo les dijo que no. Entre esas voces aparecen Rosa Montero, Maribel Verdú o Alaska, cada una explicando desde su experiencia personal por qué no tiene hijos.

Begoña Gómez Urzaiz publicó Las abandonadoras (Destino, 2022), un ensayo que nace de una obsesión personal con las madres que se separan de sus hijos, desde Mercè Rodoreda hasta Doris Lessing, y que va tejiendo esas biografías ajenas con su propia ambivalencia ante la crianza. Por sus páginas desfilan también Ingrid Bergman o Joni Mitchell, mujeres que en algún momento eligieron su carrera o su libertad por encima de la crianza a tiempo completo, y el libro cierra con el abandono más doloroso de todos, el de las madres migrantes que dejan a sus hijos para poder mantenerlos desde lejos. Este libro es un reflejo de una sensación que siempre se ha tenido, pero antes no se podía contar en voz alta. Begoña Gómez Urzaiz se atreve a compartir una incomodidad ante la maternidad que normalmente se silencia y se esconde. Lejos de ser un panfleto contra la maternidad, es una oportunidad de compartir sensaciones encontradas ante un momento que se supone que debe ser ideal para cualquier mujer.

Silvia Nanclares cierra el trío con Quién quiere ser madre (Alfaguara, 2017), una novela autobiográfica que recorre las fases por las que atraviesa una mujer decidida a ser madre y que, sin embargo, no logra quedarse embarazada. Incertidumbre, urgencia y miedo, fases que transforman la ilusión inicial en un desgaste que deriva en una completa frustración. Contar la maternidad deseada y no lograda, la no deseada y rechazada y la desgastante que pone en duda toda una estructura exige un valor literario muy alto.

Durante mucho tiempo la literatura permitió hablar del dolor femenino siempre que fuera una enfermedad grave, un sangrado poético o una ausencia de maternidad como misterio existencial. Esta nueva autoficción del cuerpo se salta ese peaje y llama a cada cosa por su nombre clínico, doméstico, incluso escatológico si hace falta. Ahora, toca celebrar que el cuerpo femenino se haya convertido, por fin, en protagonista.

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