Hay una especie de tradición secreta para las escritoras que han usado el verano, sus casas familiares, sus residencias prestadas o sus fugas del calendario laboral, como el momento adecuado para escribir a otro ritmo. Virginia Woolf compró junto a su marido Leonard, en 1919, una casa de campo en Rodmell, East Sussex, a la que llamaron Monk’s House; fue allí donde escribió buena parte de Mrs. Dalloway y To the Lighthouse, y donde en 1929 publicó Una habitación propia. La coincidencia es demasiado perfecta para no hablar de ella; Woolf necesitó, literalmente, una habitación separada de la casa principal, con vistas al jardín y sin nadie que la interrumpiera, para escribir los libros que hoy se disfrutan en cualquier momento.
Algo parecido, aunque con menos flores y más alcohol, le pasó a Marguerite Duras. En 1958 compró con los beneficios obtenidos de la venta de los derechos de Un dique contra el Pacífico una casa en Neauphle-le-Château, a las afueras de París, y allí escribió El arrebato de Lol V. Stein y El vicecónsul. Ella misma contó que cuando no estaba escribiendo se refugiaba en esa casa y trabajaba, en sus propias palabras, “como una bestia, diez horas al día”. La casa la consolaba, decía, de todas las penas de la infancia; escribía unas veces arriba, en su habitación, y otras abajo, en la sala central, para no sentirse tan sola. Al contrario que Woolf, Duras no necesitaba una única habitación para escribir, sino que prefería desplazarse por las diferentes estancias de su casa, en las que iba encontrando la inspiración necesaria en cada momento.
Cuando la escritura se vuelve comunitaria
Y si bien podemos ver esto como un enfoque bucólico e inspirador, hay una cara que muestra que el verano también ha sido, para las escritoras, el momento de salir de casa y meterse en la de otras. En 1941, en la residencia literaria de Yaddo, en el estado de Nueva York, coincidieron Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty; ese encuentro entre tres de las voces más importantes de la narrativa estadounidense del siglo veinte inspiró décadas después la novela La ausencia de la escritora mexicana Mónica Lavín, que reconstruye aquel verano compartido. Por Yaddo pasarían también, en distintos veranos, Sylvia Plath, Flannery O’Connor y Patricia Highsmith, que acabaría legando su fortuna a la institución. Una prueba para la teoría de que había una necesidad estructural de tiempo y espacio, alejadas de tareas domésticas y obligaciones familiares, para poder escribir y terminar sus obras. Algo que durante siglos, y por qué no también en la actualidad, era complicado de conseguir.
El verano como espacio de escritura no ha significado lo mismo para todas. Para algunas ha sido la casa familiar heredada, con servicio y jardín; para otras, una residencia conseguida a base de solicitudes y currículum; para la mayoría, ningún verano libre en absoluto, sino la escritura robada a los márgenes de un trabajo remunerado y unos cuidados no remunerados. Cuando Woolf pedía quinientas libras al año y una habitación con cerrojo, no hablaba en abstracto; hablaba de las condiciones materiales que separan a quien puede dedicar un verano para escribir de quien tiene que arrancarle la escritura a las noches, a los fines de semana, a los ratos muertos entre una cosa y otra.

El diario como género de frontera
Por otra parte, la escritura del diario también tiene su auge veraniego. El diario, la libreta de notas, el cuaderno sin destinatario claro funcionan de manera distinta cuando se rompe la rutina habitual. La casa de vacaciones, la habitación de invitados, el tren o el avión que lleva de vuelta al pueblo de la infancia introducen una discontinuidad que muchas autoras han convertido en material literario; no solo qué se escribe, sino cómo cambia la textura del texto cuando quien escribe está fuera de su geografía cotidiana. Un cambio de rutina que muchas veces se aprecia en el contenido y la forma de los textos que se desarrollan.
No hace falta idealizar el verano como una fábrica de inspiración; sería caer en un cliché que no tiene por qué aplicarse en todos los casos. Duras bebía en Neauphle porque estaba sola, y esa soledad no siempre era la buscada sino la impuesta. Woolf luchó toda su vida contra episodios de profunda inestabilidad, y su casa de Rodmell fue tanto refugio como testigo de esas crisis. Su marido pensaba que era mejor para ella estar ahí que acercarse a Londres, cuando ella amaba volver a la ciudad, algo que reflejó en La señora Dalloway. El verano, como cualquier otro tiempo de escritura, no es un paréntesis idílico fuera de la vida; es la vida misma, con sus rutinas rotas y sus casas prestadas, que se van filtrando en el papel.
Lo que sí queda claro, siglo tras siglo, es que las mujeres que han escrito en verano lo han hecho reinventando las reglas del espacio doméstico: convirtiendo un cuarto de baño en despacho, la casa de vacaciones en taller, una residencia en comunidad temporal de iguales. Cada una a su manera ha buscado esa habitación propia que Woolf pedía, aunque fuera solo durante los meses de verano y tuviera que devolverla, de alguna manera, el resto del año.

