Es del todo comprensible que la actriz Olivia Wilde decidiera que su siguiente largometraje como directora después de No te preocupes, querida (2022), todo un exceso de ambición y excentricidad, fuera una película con cuatro personajes y una única localización. Remake de Sentimental (2020), del barcelonés Cesc Gay —a su vez basada en una obra teatral del propio Gay—, La invitación evoca títulos como ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966) y Bob, Carol, Ted y Alice (1969) mientras cómo la cena que una pareja infeliz comparte con sus vecinos de arriba se convierte en una sucesión de duelos verbales a medida que afloran curiosidad, celos, vergüenza, dudas y necesidades tanto románticas como sexuales; en otras palabras, decimos, el tipo de estudio de personajes de tamaño modesto y basado en una fórmula narrativa de eficacia probada que probablemente permitió a Wilde pasar página tras el ruidoso fracaso artístico y comercial de su anterior película como directora. Es evidente que este nuevo trabajo tiene mucho de personal para ella —cuya unión con el también actor Jason Sudeikis se desmoronó hace unos años de manera embarazosamente pública— pero, pese a ello, la mezcla de humor, vitriolo y melancolía que propone en ningún momento logra el equilibrio buscado.
Los protagonistas de La invitación son Joe (Seth Rogen) y Angela (Wilde), un matrimonio que, como deja claro la discusión que protagonizan en la primera secuencia de la película, ya no disfruta de la compañía mutua. Él, profesor de matemáticas, detesta su trabajo y está enfadado con el mundo; ella, dedicada a cuidar de la casa y de la hija de ambos, parece querer controlar hasta el último detalle de sus vidas. A lo largo de una velada interminable, la visita de Hawk (Edward Norton) y Pina (Penélope Cruz) se convertirá en un test de resistencia para su relación. Joe ni siquiera soporta a los vecinos, porque lo incomodan cuando se los encuentra en las zonas comunes y no le dejan dormir por las noches a causa de las continuas y ensordecedoras relaciones sexuales que mantienen, y no tarda en quedar claro que la fijación de Angela con la pareja de arriba está firmemente enraizada en sus propias insatisfacciones. Pina y Hawk, por su parte, exudan intensos aires de superioridad: él habla con arrogancia de la importancia de la sinceridad radical, prácticamente desafiando a Joe a que reconozca su resentimiento, y el que ella sea sexóloga no solo transmite la impresión de que disfruta de una relación llena de carnalidad apasionada sino que, en consecuencia, también intensifica la frustración que Angela y Joe sienten a causa de su inactividad sexual. Mientras los contempla, la película recurre a reflejos en espejos y planos a través de pasillos para subrayar la tensión de la velada, que no hace sino ir en aumento a medida que los personajes van quitándose las máscaras de refinamiento y revelando sus respectivas extravagancias y obsesiones.
La invitación es el tipo de película que suele describirse como comedia negra, aunque no resulta especialmente divertida, en buena medida porque sus diálogos parecen demasiado enamorados de sí mismos, y por la efectista teatralidad que la envuelve. Además, las incoherencias que evidencia la construcción de los personajes hacen que a menudo resulten inverosímiles, meros expendedores de frases ingeniosas cuyo errático comportamiento responde menos a carencias y resentimientos reales que a la necesidad de provocar la risa. Wilde, entretanto, extrae buena parte del potencial cómico de la película de las personalidades individuales de sus intérpretes, pero carece del control de dirección necesario para lograr armonizar sus respectivas interpretaciones y hacer que parezcan formar parte de un mismo relato.
La invitación pierde fuelle con cada nuevo giro en las relaciones entre sus protagonistas, en parte porque la película no sabe cómo transformar la agilidad verbal en dinamismo cinematográfico, y también porque los personajes nunca llegan a parecer personas reales y sus vaivenes emocionales, por tanto, no resultan convincentes. Mientras tanto, la comedia va cediendo terreno a la severidad dramática hasta el punto de convertirse en una sesión de terapia en toda regla, durante la que los miembros del cuarteto intercambian monólogos sensibleros y tediosos. Dado que no están suficientemente bien construidos para sostener esa transición, y que Wilde se limita a pasar por encima de las cuestiones que plantea, el sentimentalismo que se apodera de La invitación acaba neutralizando todo atisbo de la mordacidad exhibida por la película en sus compases iniciales.

