Hay una historia de mujeres detrás de algunos de los mármoles más importantes del Museo del Prado. Empieza en la Suecia del siglo XVII, continúa en los palacios de Roma, atraviesa el Mediterráneo dentro de 172 cajas, pasa por La Granja de San Ildefonso y termina en Madrid. Sus dos protagonistas fueron reinas y coleccionistas, aunque nunca llegaron a conocerse: Cristina de Suecia reunió las obras e Isabel de Farnesio decidió adquirir décadas después buena parte de aquel legado. El resultado de esa cadena de decisiones forma hoy el conjunto más valioso de escultura clásica conservado por el Prado.
Cuatrocientos años después del nacimiento de Cristina de Suecia, el museo vuelve a colocarla en primer plano. La remodelada sala 74 amplía de nueve a diecisiete las obras expuestas de su colección y permite reconstruir la personalidad de una mujer excepcional dentro de las monarquías europeas del Barroco. El príncipe Daniel de Suecia ha visitado el Museo del Prado para inaugurar junto a representantes del museo y de la Embajada sueca el programa conmemorativo que continuará hasta diciembre.
Una reina que prefirió los libros al trono
Cristina nació en Estocolmo en 1626 y heredó la Corona siendo todavía una niña tras la muerte de su padre, Gustavo II Adolfo. Recibió una educación extraordinaria y desarrolló muy pronto un interés por la filosofía, las lenguas, la ciencia, los libros y el arte. Aquella curiosidad intelectual terminó formando parte inseparable de su ejercicio del poder y, posteriormente, de la construcción de su propia identidad fuera de él.

Fue reina de Suecia entre 1632 y 1654. Después llegó una de las decisiones que convertirían su biografía en una de las más singulares de la Europa moderna: abdicó y posteriormente se convirtió al catolicismo. Su nueva confesión la aproximó a la corte española de Felipe IV, a quien regaló, entre otras piezas, las tablas de Adán y Eva de Durero. Finalmente se instaló en Roma.
Allí encontró algo que probablemente se ajustaba mejor a sus intereses que una corte protestante del norte de Europa. Su residencia, el palacio Riario, se convirtió en un lugar de encuentro para artistas, escritores, científicos e intelectuales. Cristina ejerció el mecenazgo, reunió libros, manuscritos, pinturas, instrumentos científicos y esculturas y construyó a su alrededor un espacio dedicado al conocimiento.
El coleccionismo tampoco era para ella una mera acumulación de objetos valiosos. La disposición de las piezas formaba parte de su significado. En su palacio romano, por ejemplo, ocho esculturas de musas aparecían distribuidas por parejas alrededor de un Apolo, entre columnas de mármol amarillo y bajo un techo presidido por Pegaso. La estancia acabó siendo conocida como la Sala de las Musas: una representación material del patronazgo cultural de Cristina.
De Roma a España
Cristina murió en 1689. Su colección comenzó entonces otra vida. La mayor parte de sus esculturas fue adquirida en 1692 por Livio Odescalchi y terminó saliendo de Roma tres décadas después. En 1724, el heredero de Odescalchi vendió la colección por 50.000 escudos romanos a Felipe V e Isabel de Farnesio. El papel de la reina española resulta fundamental para comprender por qué esas esculturas están hoy en Madrid. El Prado ha documentado que fue Isabel quien impulsó la adquisición, seleccionó personalmente las piezas y reservó para sí algunas de las mejores, entre ellas el Grupo de San Ildefonso, el Diadúmeno, El fauno del cabrito y el Sátiro en reposo.

El viaje tuvo dimensiones considerables. En 1725 salieron hacia España 172 cajas con esculturas, columnas y pedestales. Viajaron por mar desde Italia hasta Alicante y desde allí continuaron hasta el Palacio de La Granja de San Ildefonso. Décadas después, en 1829, una selección de aquellas piezas entró en el entonces Real Museo de Pintura y Escultura, antecedente directo del actual Prado.
La historia permite también corregir una idea muy arraigada sobre la formación de los grandes museos europeos. Sus colecciones suelen explicarse mediante reyes, guerras, diplomacia y artistas varones, mientras las mujeres aparecen principalmente como modelos de los cuadros. El Prado lleva varias temporadas revisando esa lectura a través de El Prado en femenino y ha demostrado el peso que tuvieron determinadas mujeres como promotoras, compradoras y propietarias. En el caso de estas esculturas, resulta difícil imaginar una genealogía femenina más clara: Cristina las coleccionó e Isabel las compró.
La Minerva del Norte vuelve al Prado
La nueva presentación, Cristina de Suecia. Pasión por la escultura, podrá visitarse hasta el 7 de febrero de 2027. La sala reúne piezas helenísticas, copias romanas de originales griegos, bustos y retratos imperiales, además de esculturas barrocas construidas incorporando fragmentos antiguos. Entre ellas aparece también un tratado de pintura de Leonardo da Vinci dedicado a la reina.
La conmemoración se extenderá fuera de la sala 74. El Prado y la Embajada de Suecia han organizado encuentros que relacionan la figura de Cristina con debates contemporáneos sobre identidad, libertad, ciencia o las expectativas impuestas a las mujeres. Participarán el escritor Theodor Kallifatides, la dibujante Liv Strömquist y los astronautas Sara García Alonso, Christer Fuglesang y Jessica Meir, además de distintas actividades educativas, musicales y de danza.
La presencia este lunes del príncipe Daniel ha servido para inaugurar oficialmente esa programación. El miembro de la familia real sueca ha resumido además una peculiaridad de las piezas que contemplaba: fueron reunidas por una reina sueca en Roma, compradas después por la familia real española y finalmente incorporadas al Prado. Su recorrido explica hasta qué punto el coleccionismo europeo fue también una circulación constante de objetos, dinero, gustos e ideas entre distintas cortes.
Y permite recuperar a Cristina de Suecia desde un lugar especialmente interesante cuatro siglos después de su nacimiento. Su abdicación y su conversión religiosa han alimentado durante siglos la fascinación por su biografía, pero reducirla a la reina excéntrica que abandonó una corona deja fuera una parte sustancial de su legado. Cristina utilizó su posición, sus recursos y sus relaciones para intervenir directamente en la cultura de su tiempo.

Daniel de Suecia y el tesoro del Prado
La visita del príncipe Daniel de Suecia ha servido para volver a recorrer ese viaje de casi tres siglos entre ambos países. Acompañado por representantes del Museo del Prado y de la Embajada de Suecia, ha conocido la renovada Sala 74 y posteriormente la Sala de las Musas, donde se conserva otro de los conjuntos que pertenecieron a Cristina. “Estas esculturas conectan a Suecia y a España. Conectan generaciones. Y conectan el pasado con el futuro”, señaló durante el acto, recordando que las piezas fueron reunidas por una reina sueca en Roma.
Su presencia en Madrid inaugura además la programación organizada por el museo y la Embajada de Suecia con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cristina. Hasta diciembre, su figura servirá para abordar cuestiones que exceden su propia biografía, desde la libertad y el poder hasta la ciencia, la identidad o las expectativas sociales impuestas a las mujeres. La visita de Daniel de Suecia recupera así un vínculo histórico que comenzó con unas esculturas reunidas en Roma y que, varios siglos después, continúa conectando culturalmente a Suecia y España.

