Arte

Cristina de Suecia: la reina que dejó una huella decisiva en el Prado

Cuatro siglos después de su nacimiento, la iconoclasta monarca que renunció al trono pervive no solo en los archivos diplomáticos, sino también en las esculturas clásicas que forman parte de una de las grandes instituciones artísticas de Europa

Un retrato ecuestre de Cristina de Suecia, un boceto de una de las musas y una imagen de la historietista sueca Liv Strömquist.
Retrato ecuestre de Cristina de Suecia, boceto de una musa e imagen de la historietista sueca Liv Strömquist.
Montaje: kiloycuarto

Cuatrocientos años después de su nacimiento, la reina Cristina de Suecia sigue habitando Madrid de una manera tangible e inesperada. Su presencia no se percibe únicamente a través de decretos reales o correspondencia diplomática, sino también en el mármol antiguo. Tras abdicar en 1654, Cristina abandonó su reino nórdico y construyó una intensa vida intelectual en Roma. Buena parte de la estatuaria clásica que reunió con pasión acabaría formando parte del patrimonio conservado en el Museo del Prado.

El cuarto centenario de su nacimiento ha dado lugar a una colaboración entre la Embajada de Suecia y el museo que va mucho más allá de una conmemoración institucional. Uno de sus hitos principales es la renovación de la Sala 74, dedicada ahora de manera mucho más amplia al universo escultórico de Cristina: frente a las siete piezas que se exponían hasta el momento, la nueva presentación reunirá 19 obras procedentes de su colección.

Para comprender ese legado hay que mirar más allá de los tópicos que históricamente han reducido a Cristina a la excéntrica monarca que renunció a la corona y se convirtió al catolicismo. Nacida en 1626, fue una de las figuras intelectuales más singulares de la Europa del siglo XVII: estudió lenguas, ciencia, arte y filosofía y defendió con firmeza su independencia personal e intelectual. Tras instalarse en Roma, aquella «Minerva del Norte», como recordó Alfonso Palacio, director adjunto de Conservación e Investigación del Prado, acabó convirtiéndose en una suerte de «Minerva del Sur» al establecerse en Roma.

En Roma se instaló finalmente en el Palazzo Riario, donde desplegó una intensa actividad cultural y coleccionista. Allí reunió una colección extraordinaria compuesta por cerca de setenta esculturas de época romana, además de un importante conjunto de bustos contemporáneos, junto a pinturas, libros y otros objetos vinculados a sus intereses intelectuales.

La presencia de Cristina en Madrid es también una historia de circulación del patrimonio. Tras su muerte, buena parte de su colección escultórica fue adquirida en 1692 por el cardenal Livio Odescalchi. Décadas después, en 1724, su heredero vendió el conjunto a Felipe V e Isabel de Farnesio, que lo destinaron inicialmente al Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. En 1829, las esculturas pasaron al entonces Museo Real de Pintura y Escultura, donde fueron restauradas por el escultor Valeriano Salvatierra.

Ylva Hammarsten, Primera Secretaria de la Embajada de Suecia Alfonso Palacio, Director Adjunto de Conservación e Investigación del Museo Nacional del Prado Per-Arne Hjelmborn, Embajador de Suecia Natalia del Río, Jefe del Servicio de Educación del Museo del Prado Juan Antonio Simarro, Director Artístico de la Orquesta Sinfónica Contemporánea de España Manuel Arias, Jefe de Colección de Escultura hasta 1700 del Museo Nacional del Prado
Foto de grupo con Per-Arne Hjelmborn, embajador de Suecia, en la presentación.
Tinkle

Ese recorrido permite entender por qué Cristina sigue estando presente en numerosas salas del Prado. La renovada Sala 74 constituye ahora el núcleo más visible de esa relación, pero no el único. Palacio recordó también su presencia en otras salas dedicadas a la escultura y, especialmente, en la Sala de las Musas, donde se conserva uno de los conjuntos más representativos vinculados a su colección.

Su legado no termina en la escultura. Gracias a Cristina de Suecia, subrayó Palacio, el Prado conserva también Adán y Eva de Alberto Durero, hoy expuestos en la sala 55B. A ello se suma el célebre retrato ecuestre de Cristina pintado por Sébastien Bourdon, realizado en el siglo XVII y enviado como regalo a Felipe IV, testimonio de la estrecha relación diplomática que mantuvo con la corte española.

La institución está aprovechando además esta revisión para repensar cómo se acerca el público a su colección escultórica. Entre las actividades previstas se encuentran visitas táctiles destinadas a personas ciegas o con baja visión, en las que podrán explorarse directamente tres obras vinculadas a la colección de Cristina: una cabeza de Atenea, la Ariadna dormida y la Venus del Delfín.

La renovación se integra en El Prado en femenino, un programa que desde hace años intenta recuperar el papel de las mujeres no solo como artistas, sino también como patronas, coleccionistas y agentes decisivos en la formación de las colecciones reales. Cristina comparte protagonismo este año con Mariana de Austria e Isabel de Farnesio. Esta última resulta especialmente importante en su historia: fue precisamente su adquisición de la colección de Cristina la que permitió que aquellas antigüedades acabaran incorporándose al patrimonio español y, más tarde, al Prado.

Durante mucho tiempo, la historia de los grandes museos se contó como una sucesión de reyes, directores y artistas varones. El Prado está revisando esa genealogía para mostrar hasta qué punto sus fondos fueron determinados también por las decisiones, adquisiciones y redes culturales de mujeres con capacidad para intervenir sobre el gusto y el patrimonio. «Una mujer sin parangón», la definió Palacio al recordar su importancia como coleccionista y protectora de las artes.

La astronauta Sara García Alonso.
Tinkle

Ese proceso de recuperación tendrá también una dimensión editorial. El museo acaba de presentar Cristina de Suecia, de Manuel Arias Martínez, como primer volumen de Creadoras del Prado, una nueva serie dedicada a mujeres que fueron fundamentales para la institución, ya fuera como artistas o como promotoras y patronas.

La Embajada de Suecia ha articulado alrededor de esta revisión un programa contemporáneo que utiliza a Cristina como punto de partida para debates que siguen abiertos cuatro siglos después. El escritor sueco-griego Theodor Kallifatides abordará el desarraigo y la identidad a partir del recorrido inverso que une su emigración de Grecia a Suecia con el viaje de Cristina hacia el Mediterráneo.

La dibujante Liv Strömquist partirá de «la libertad de no encajar» para reflexionar sobre el poder, la identidad y el derecho a vivir fuera de los moldes establecidos, mientras que los astronautas Sara García Alonso, Jessica Meir y Christer Fuglesang conectarán el interés de Cristina por la ciencia y la astronomía con la exploración espacial contemporánea.

El programa se completa con conciertos, danza, talleres y conferencias. Ana Alcaide abrirá la programación musical con la nyckelharpa, instrumento tradicional sueco, y diciembre llevará al Prado una gran celebración de Santa Lucía con coros suecos y españoles acompañados por la Orquesta Sinfónica Contemporánea de España.

Cuando las charlas y conciertos del aniversario hayan terminado, quizá el legado más duradero del cuarto centenario sea mucho más silencioso: una transformación física en las salas del museo y, sobre todo, en la manera de contar su propia historia. Quienes recorran el Prado podrán reconocer que parte de lo que contemplan llegó hasta Madrid gracias a una reina sueca del siglo XVII que convirtió el coleccionismo en una forma de libertad y de construcción de sí misma.

TAGS DE ESTA NOTICIA