Los rostros de Hajja Jameela, Hajja Rabiha, Sarah, Malak, Qamar, Faiza, Mahmoud o Mu’ayyad reciben al visitante nada más cruzar el vestíbulo del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Miran de frente. Algunos sostienen un balón, otros unas chanclas de goma, un cuaderno escolar, un fonendoscopio o una cuna. Objetos cotidianos convertidos en parte de la biografía del desplazamiento en Gaza.
La exposición Gaza, donde la vida resiste, organizada junto a UNRWA, reúne once retratos contemporáneos de supervivientes palestinos de la ofensiva israelí. La muestra puede visitarse gratuitamente en el hall del museo madrileño hasta el 14 de junio y propone una aproximación distinta al conflicto: menos centrada en las imágenes explícitas de destrucción y más en cómo continúa la vida cotidiana bajo el asedio.
Las fotografías han sido tomadas por un fotógrafo gazatí del equipo de UNRWA que permanece en el anonimato por motivos de seguridad. Tiene 50 años, seis hijos y ha sobrevivido a varios ataques israelíes. No ha podido salir de la Franja para asistir al montaje de la exposición en Madrid.

El director del Thyssen, Guillermo Solana, explicó durante la presentación que el objetivo era que las imágenes “salieran al paso” del público en un espacio por el que transitan entre 2.500 y 3.000 personas al día. Las fotografías aparecen junto a grandes obras de la colección permanente, incluido El paraíso de Tintoretto, que ocupa el fondo del vestíbulo.
“En Gaza todos somos testigos”, señaló Solana, que evitó presentar la muestra únicamente desde el impacto visual de la destrucción. “Queríamos hablar de la vida en condiciones completamente adversas”.
Cada retrato se acompaña de un objeto personal elegido por la persona fotografiada. El balón de Mu’ayyad, de 12 años, remite a una infancia interrumpida por los bombardeos. Las chanclas de Malak, de siete años, muestran el desgaste de los desplazamientos continuos entre refugios. Mahmoud, de 15, aparece junto a la lona bajo la que vive con sus hermanos después de perder su casa. Qamar, de seis años, eligió un cuaderno, un lápiz y un sacapuntas.

Los ejercicios escolares de Qamar aparecen escritos en páginas dobladas y usadas. En el texto que acompaña la fotografía se recuerda que las escuelas gestionadas por UNRWA funcionan hoy simultáneamente como centros educativos y refugios para familias desplazadas. La agencia mantiene una de las mayores redes educativas de Oriente Próximo, con cientos de escuelas para población refugiada palestina.
La exposición también se detiene en el trabajo humanitario dentro de Gaza. Sarah, trabajadora sanitaria de 28 años, aparece retratada con un fonendoscopio y un cargador portátil. El panel explica que mantener la atención médica depende muchas veces de baterías externas debido a la falta constante de electricidad. Al otro extremo de la exposición está Hassan, trabajador humanitario de UNRWA, fotografiado con el chaleco azul que utiliza cada día en su trabajo. La organización recuerda que cerca de 400 empleados de la agencia han muerto en Gaza desde el inicio de la ofensiva israelí.
Según datos aportados por UNRWA España, más de 1,7 millones de personas han sido desplazadas dentro de la Franja y gran parte de la población vive hoy concentrada en una porción cada vez más reducida del territorio. La responsable de la organización en España, Raquel Martí, denunció durante la presentación las restricciones a la entrada de ayuda humanitaria y la situación sanitaria de la población civil.

La muestra forma parte del programa Cultura Viva X Palestina y UNRWA, una iniciativa cultural que incluye actividades de cine, música, poesía y arte en distintos espacios de Madrid. En el Thyssen, sin embargo, el foco está puesto en otra escala: la de los objetos pequeños, los gestos domésticos y las vidas suspendidas dentro de un conflicto que continúa.
Entre las fotografías no hay imágenes de explosiones ni edificios derrumbados. Lo que aparece son colchones apilados, tiendas de campaña improvisadas en patios escolares, mantas colgadas para dividir habitaciones y niños haciendo deberes. El recorrido evita la espectacularidad de la guerra y se acerca más a la experiencia material del desplazamiento prolongado.
Al fondo del vestíbulo, mientras los visitantes avanzan hacia las salas del museo, permanece la mirada fija de los retratados. El fotógrafo que tomó esas imágenes sigue en Gaza. Aquí solo quedan sus encuadres y la sensación de una vida cotidiana que continúa incluso dentro del asedio.
