Hablamos por teléfono con Luis Melgar (Madrid, 1980) en una conexión Madrid-China que, de entrada, parece exigir cierta ingeniería doméstica. En la República Popular no funcionan con normalidad buena parte de las aplicaciones occidentales, como WhatsApp, y el diplomático advierte que un corte no sería extraño, por lo que conviene tener un plan B. Por suerte, no hace falta: la conversación transcurre sin sobresaltos.
Melgar estudió Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y cursó un máster en Gestión Cultural en la Universitat Oberta de Catalunya. Desde su ingreso en la carrera diplomática en 2008 ha trabajado en las embajadas españolas en El Cairo, Guinea Ecuatorial, Venezuela y China, país en el que reside desde 2019. En el momento de esta entrevista forma parte del Servicio Europeo de Acción Exterior como consejero de Derechos Humanos en la Delegación de la UE en Pekín, aunque no por mucho tiempo: próximamente ocupará el puesto de consejero jefe de la Sección Política de la Delegación de la UE en Bangkok, Tailandia.
Desde el año 2000, de la mano de la editorial Libsa, Melgar ha publicado decenas de títulos de literatura infantil y juvenil, además de libros de consulta sobre temas diversos. También es autor de Los enigmas del infierno de Dante (Oberón), Los blancos estáis locos (Península), una autoficción basada en su experiencia diplomática en Guinea Ecuatorial; La cigüeña vino de Miami (Península), sobre el proceso de gestación subrogada de su hija; y tres novelas de temática egipcia: La peregrina de Atón, La conjura del Valle de los Reyes y No olvidarás mi nombre, publicadas por La Esfera de los Libros.
Su lanzamiento más reciente, La noche cae sobre Shanghái (Plaza & Janés), parte de una ciudad en ebullición: la Shanghái de 1935, un territorio cosmopolita, nocturno y peligroso donde se cruzan diplomáticos, empresarios, periodistas, artistas, deportistas, refugiados y traficantes. Melgar convierte ese escenario en una novela policíaca atravesada por las tensiones del periodo de entreguerras, con el ascenso del fascismo, la amenaza japonesa y los ecos de una España que se aproxima a la Guerra Civil.
La historia se articula alrededor de tres personajes españoles o vinculados a España: Isabel de la Cruz, fotógrafa y periodista decidida a abrirse paso en un oficio dominado por hombres; Miguel Roxas, heredero de una familia empresarial de origen filipino; y Asier Ormaetxe, pelotari vasco exiliado que intenta sobrevivir lejos de casa. El asesinato del aristócrata ruso Nikolai Volkov durante una fiesta en el consulado español los empuja a una intriga donde la política internacional, el deseo, la culpa y la supervivencia se mezclan con la vida febril de la ciudad.
Después de siete años en China, ¿sentías que esta novela era una forma de cerrar una etapa?
Absolutamente. Una cosa que digo es que las historias tienen un tiempo de maduración. Llevo siete años en China, durante los cuales he hecho bastantes cosas, he escrito varias novelas sobre Egipto, etc. Pero ahora, después de siete años aquí, sentía que quería empezar a transformar en historias parte de las vivencias que he tenido. Hace un año y pico me lancé a escribir esta novela, que venía madurándose desde que llegué. ¿Será la última que escriba sobre China? No lo creo porque siete años dan para mucho. Lo que no sé decirte es si lo siguiente será sobre China o sobre mis próximas aventuras. Una de las cosas que me gusta de ser diplomático es que hay una retroalimentación con mi faceta de escritor. Viajo y vivo en distintos países por mi trabajo, pero eso alimenta mi escritura. Muchos de los sitios en los que vivo, la gente con la que comparto y las historias que veo me inspiran literariamente.

Defines Shanghái como un “laboratorio del siglo XX”. ¿Qué encontraste en el Shanghái de 1935 que te permitía hablar también del presente?
Shanghái era una ciudad única en ese momento porque, sin ser una colonia, tenía un estatuto de extraterritorialidad. Había zonas de la ciudad administradas por las grandes potencias: la concesión internacional, la concesión francesa, etc. Eso creaba una ciudad internacional donde se daban cita las potencias del momento y las tendencias políticas con las que Europa y el mundo entero estaban lidiando en el periodo de entreguerras. Estaba la democracia occidental, pero también su faceta más colonialista, porque las potencias estaban allí muy lejos de su territorio. También estaban el totalitarismo y el militarismo en ascenso: Alemania, Italia y Japón. Además estaban los rusos blancos, exiliados después de la revolución soviética, y una colonia muy importante de refugiados judíos. Durante un tiempo, Shanghái fue una especie de lugar seguro para los judíos que huían de la Alemania nazi. A eso hay que sumarle gánsteres, traficantes de opio, buscavidas y gente que aparecía por allí porque era uno de los pocos lugares del mundo a los que se podía llegar sin visado. A eso me refiero con que era un laboratorio del siglo XX: todo estaba allí, en un espacio relativamente pequeño. Se daban cita todos los ingredientes que, a mayor escala, estaban presentes en otras partes del mundo.
Leyéndola pensaba mucho en el arranque de Indiana Jones y el templo maldito, que también empieza en Shanghái en 1935.
Sí, sí, es exactamente la misma época, aunque aquellas películas se tomaron alguna licencia más. Yo también la había visto como fuente de inspiración. Es el mismo momento y la misma escena inicial: una especie de cabaré donde están bebiendo, jugando, en una escena festiva que luego se torna violenta. Es un poco lo que yo reflejo en el Paramount o en otros lugares de la noche de Shanghái. La noche de Shanghái es una de las protagonistas de la novela. Una de las cosas que quería retratar era esa noche intensamente moderna de hace prácticamente cien años.
La novela arranca en la noche de San Juan, que coincide con el día de esta entrevista, en una fiesta española en pleno Shanghái. ¿Te interesaba ese contraste entre una tradición reconocible para el lector español y una ciudad tan cosmopolita y extraña?
Sí, porque uno de los temas fundamentales que quería abordar era la presencia española en Shanghái. Para mí, cuando llegué, fue una sorpresa. Como diplomático, uno sabe que hay españoles en todas partes del mundo. En el sitio más recóndito encontrarás españoles. Pero yo no sabía nada sobre la comunidad española en el Shanghái de aquella época. Lo fui descubriendo al llegar a China. No eran muy numerosos, pero sí una comunidad muy viva y con muchas facetas. Había diplomáticos, empresarios, arquitectos, artistas, periodistas y pelotaris, que inspiran a uno de los protagonistas. Todo eso es verídico. Me interesaba retratar a esos españoles que estaban tan lejos de su patria, pero que al mismo tiempo vivían en la distancia todo lo que vivían los españoles justo antes de la Guerra Civil. Además, escribo para un público mayoritariamente español, así que en mis novelas me gusta buscar, en la medida de lo posible, una conexión con España. En este caso es evidente porque los protagonistas son españoles.

Los tres protagonistas —Isabel, Miguel y Asier— vienen de lugares muy distintos dentro de lo español: Filipinas, la empresa colonial, el exilio vasco. ¿Cómo aparecieron y qué te permitía contar cada uno?
Los personajes son algo que necesito tener claro antes de ponerme a escribir. Lo primero fue una época y un lugar: el Shanghái de entreguerras. Luego fui concretando el año exacto. Cuando descubrí lo de la colonia española en Shanghái, tuve claro que mis protagonistas debían ser españoles. La primera que me vino a la cabeza fue Isabel. En casi todas mis novelas me gusta que haya protagonistas femeninas fuertes. Isabel fue de las primeras que se me ocurrieron: una periodista inspirada en varios personajes más o menos reales. Una de ellas existió y vivía en Shanghái en esa época: Emily Hahn. También pensé un poco en mi abuela, que sería más o menos de la edad de Isabel, y en Oriana Fallaci, aunque sea posterior y de otra época. Fue otra mujer que se abrió camino en el mundo del periodismo. Después, a mí también me gusta la representación LGTBI. Yo soy gay y creo que nuestra comunidad está infrarepresentada en la literatura mainstream. Por eso me gusta que haya un personaje que pertenezca a nuestra comunidad. Enseguida me vino el personaje de Asier, porque me llamó mucho la atención el contraste entre el mundo de los pelotaris, tradicionalmente tan heteronormativo y varonil, y la homosexualidad del personaje. También me interesaba el tema del sexilio, una palabra que ahora empiezo a escuchar: gente que, para vivir más abiertamente su sexualidad, tiene que irse de su casa o del lugar donde vive. Luego me faltaba otro personaje y ahí apareció Miguel, como contrapunto a los otros dos. Miguel es una persona mucho más de seguir las normas, de respetar lo que se le dice. Así surgieron los tres.
En la novela también aparece Mei Lanfang, cantante de ópera que interpretaba personajes femeninos. ¿Era importante para ti incorporar esas vidas a una novela histórica sin convertirlas en una nota al margen?
Quería retratar un poco la vida LGTBI en el Shanghái de la época, aunque evidentemente el acrónimo no existía todavía. No existía como comunidad, pero a mí me apetecía mostrar la faceta queer de aquel Shanghái. Además de Asier y de esa homosexualidad que se vivía, no diría que con libertad, pero sí con una ambigüedad bastante tolerada en la China de la época y específicamente en Shanghái, había algo completamente mainstream: figuras como Mei Lanfang. Se conocían como dan, actores de ópera chinos especializados en papeles femeninos. Eran famosísimos. De hecho, en la China de hoy, que no es precisamente LGTBI-friendly, Mei Lanfang sigue siendo un personaje muy respetado, porque no se le consideraba fuera de canon. Era simplemente un actor especializado en papeles femeninos. Ahora bien, estos actores podían llevar su arte hasta tal extremo que llegaban a vivir como mujeres. En el caso de Mei Lanfang, estaba casado con una mujer y tenía hijos, pero su feminidad era tan extrema que se decía que era imposible distinguirlo de una mujer. Incluso se dijo de él una frase que hoy no sería aceptable, pero que entonces se formuló así: que era “más mujer que una mujer”. En general, Shanghái era una posibilidad para que cada uno fuera como quería ser. Era una ciudad para la gente que no encajaba. Allí podías mostrar tus verdaderos colores con mucha más libertad de la que existía en Europa.
La sociedad china ya era de por sí más tolerante con esa ambigüedad. Lo estándar en esa época era más bien que la gente queer viviera una especie de bisexualidad: tenías tu matrimonio con una persona de distinto sexo, pero al margen podías tener amistades íntimas que incluían una faceta erótica, y eso estaba bastante tolerado. Hay muchos registros de hombres gays europeos que se iban a China a vivir porque allí era más fácil tener un amigo sin que nadie cuestionara que vivieran con él. Estaba mucho más tolerado que en gran parte de los países europeos de la época, donde la sodomía era delito y te podían llevar a la cárcel. En Shanghái, además, pasaba una cosa llamativa. En la concesión internacional, que era fundamentalmente anglosajona, fruto de la fusión de la concesión británica y la americana, la sodomía seguía siendo delito. Pero en la concesión francesa no, porque Francia hacía tiempo que había abolido ese delito. Esa confusión entre concesiones permitía que, dependiendo de la zona de la ciudad en la que estuvieras, pudieras actuar con más o menos libertad. También he investigado y he visto que había toda una serie de locales más o menos clandestinos, salas de masaje, cabarés de mala reputación o fumaderos de opio, que serían cercanos a lo que hoy llamamos ambiente. Evidentemente, no era lo mismo. No estaban anunciados, no había banderas arcoíris ni nada parecido, pero la gente lo sabía y podía ir allí para vivir su sexualidad.

¿Sientes que algo de esa ambigüedad se traduce en la Asia actual? En Tailandia existe el concepto de ladyboy y, en el pop coreano o japonés, hay ídolos muy andróginos en sociedades bastante restrictivas con la sexualidad o con la identidad de género.
Hay una paradoja. La cultura asiática ha sido mucho más flexible que la europea en cuanto a identidades de género y orientaciones sexuales. También por motivos religiosos: las religiones mayoritarias en Asia no son tan dogmáticas como el catolicismo en temas sexuales. Tradicionalmente, en Asia ha existido mucho más el tercer género, la posibilidad de cambiar de género de forma completa y ser aceptado socialmente, e incluso la tolerancia hacia relaciones homosexuales. Evidentemente, Asia es un continente gigantesco y poner una norma para todos es imposible, pero si comparamos la cultura asiática con la europea, en términos generales ha sido más flexible con estos temas. Ahora bien, políticamente se ha dado lo inverso. Europa está muchísimo más avanzada y ahora mismo es la zona del mundo más avanzada en términos de calidad de vida y de garantía de derechos para la comunidad LGTBI. Asia no está a la cola, pero desde luego va bastante por detrás. Tailandia, y también Taiwán con su estatus particular, son excepciones importantes en el reconocimiento del matrimonio igualitario. Se ha dado esa paradoja: en la época de la novela, la situación en Europa era mucho más atrasada que en Asia, pero ahora se ha dado la vuelta al calcetín. Ejemplos como el de Tailandia me parecen un motivo de esperanza. Allí existe el matrimonio igualitario, existe el cambio de género y la situación de la comunidad LGTBI se puede decir que es bastante buena. Creo que es un buen ejemplo para el resto del continente.
En la novela conviven personajes ficticios con elementos y episodios reales. Por ejemplo, me sorprendió la mención a la cerveza San Miguel, fundada en Filipinas. Cuando lo leí, tuve que buscar si era la misma que conocemos ahora.
Sí, pero se dividió. El origen es el mismo, porque la San Miguel que conocemos se fundó en Filipinas cuando todavía era española. Posteriormente, la familia lo dividió. La San Miguel que se consume en España es una empresa española y sigue existiendo otra San Miguel en Filipinas para esta zona del mundo. En cuanto a los personajes, quitando los protagonistas más inmediatos, que son ficticios, casi todos los demás son reales, aunque me he tomado alguna licencia. Sobre todo con los malos. A mí me da un poco de apuro porque hay personajes con los que me pregunto: “Seguro que no eran tan malos como yo los estoy retratando”. Por ejemplo, uno de los antagonistas de la novela es Teodoro Jáuregui, el capitán de los pelotaris en Shanghái. Después de la Guerra Civil, este hombre fue uno de los fundadores de la Falange en China. Estoy seguro de que un santo no era, pero seguramente tampoco tan malo como yo lo he pintado. Son pequeñas licencias y me disculpo con la memoria de esa gente. También es un trabajo de ficción. He intentado buscar personajes reales porque es una forma de darle más realismo a la novela, pero sin pretender que sea biográfica, ni muchísimo menos. Es más bien una inspiración.
Has vivido y trabajado en varios países, y tus novelas suelen partir de lugares que conoces bien. ¿Crees que se escribe mejor desde la experiencia directa del territorio?
Creo que eso depende muchísimo del escritor. Cada uno tiene su proceso creativo y decir qué es mejor o peor es complicado. Para mí sí está muy ligado, porque, al vivir en varios países, las experiencias que tengo alimentan mi imaginación. Eso me genera una necesidad de escribir sobre esos lugares. Pero hay escritores maravillosos que han escrito sobre lugares en los que nunca han estado, a base de documentación o imaginación. También existen otros géneros. A mí me encanta la ciencia ficción y, evidentemente, nadie ha estado viviendo en otros planetas con alienígenas. En mi caso sí es una cosa muy unida, pero creo que tiene que ver con el tipo de vida que llevo y con cómo funciona mi imaginación. Respeto muchísimo a quien tenga un proceso creativo diferente. También te digo que hoy es más fácil que antes. Ahora se puede viajar, uno se puede documentar muchísimo con internet y te coges un avión y estás en cualquier lugar del mundo en un día como mucho. Creo que cada vez es más frecuente que los autores que van a escribir sobre lugares lejanos tengan, en algún momento, la apetencia de visitarlos. Me parece muy humano. Pero respeto mucho a quien lo haga de otra manera.

Después de China y de esta novela, ¿hacia dónde te gustaría llevar tu literatura? ¿Bangkok o el Sudeste Asiático empiezan ya a funcionar como imaginario narrativo?
Estoy exactamente con esa duda. Por un lado, tengo más historias sobre China que contar. Hay más cosas que me apetece escribir sobre este país. Pero también me apetece muchísimo llegar a Bangkok con mirada de escritor. Para mí, esa mirada me ayuda mucho a entender un país. Además de comprender cómo funciona políticamente, cómo es su sociedad o lo que tiene que ver más con mi trabajo, me hace vivirlo de una manera más interesante. Si es por apetencia, ahora mismo me entregaría al Siam, por supuesto. Ya me he vuelto a ver Ana y el rey y estoy deseando llegar a Siam y abrazarlo con toda intensidad. Pero no lo sé. Vamos a ver por dónde vamos. Todavía no lo tengo cerrado. Como acabo de publicar esta novela, mi editor me ha dicho: “Bueno, espérate un poquito antes de pensar en la siguiente”.
Imagino que habrás leído las memorias de Anna Leonowens. Son muy interesantes.
Sí, últimamente estoy releyendo mucha literatura sobre Tailandia porque es parte de lo que hago para prepararme para un puesto nuevo. Toda esa época es interesantísima: el encuentro entre culturas estimula mucho la imaginación.
¿Te gustaría ver La noche cae sobre Shanghái adaptada al audiovisual?
Por supuesto. Creo que a un autor del siglo XXI, a todos, nos encantaría vernos transformados en serie, miniserie, película o en el formato que sea. Además, mi padre fue realizador de televisión y profesor de guion de cine, así que en mi formación tengo muy claro el lenguaje audiovisual. Cuando escribo, soy hijo de mi padre e hijo de mi época. Concibo las novelas pensando mucho en términos audiovisuales, en imágenes y en escenas. Me gustaría muchísimo dar ese paso. También lo permite el género. Los géneros que trabajo son muy compatibles con el audiovisual. Si estuviera escribiendo una novela más filosófica, quizá llevarla al cine no tendría tanto sentido. Pero, para mí, sería un sueño. Lo pensé varias veces al elegir la época. Mis novelas del Antiguo Egipto son más difíciles porque no estamos en época de péplum y llevar una novela de faraones a Netflix es más raro. Sin embargo, un thriller de los años treinta me parece muy asequible. Es el territorio de Indiana Jones, y también hay muchas obras ambientadas en el periodo de entreguerras que se han adaptado. No está tan lejos de María Dueñas. Creo que sería muy realizable. Ojalá alguien se anime.

