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Marta Platel: “No creo que la amistad entre mujeres sea inquebrantable”

La escritora barcelonesa publica 'El baile de las criadas', novela ganadora del Premio Fernando Lara, ambientada en la Barcelona de 1941 y centrada en la presencia nazi en España y en la vida invisible del servicio doméstico

Nos reunimos con Marta Platel en el hotel Casa de las Artes, en la calle Atocha de Madrid. Hace apenas un mes, la escritora barcelonesa fue galardonada con el Premio de Novela Fernando Lara, convocado por Editorial Planeta en colaboración con la Fundación AXA.

Platel estudió Ciencias de la Información en la Universitat Autònoma de Barcelona y ha desarrollado buena parte de su carrera en la prensa escrita. Trabajó en El Día de Catalunya, fue jefa de redacción de TodoSport y World Action Sports, coordinó la edición española de Sports Illustrated Swimsuit y fue redactora y coordinadora de la revista de decoración Interiores. Actualmente es jefa de compras en Lecturas.

En 2023 debutó en la novela con El último vuelo de la abeja reina (Ediciones B), una historia de misterio y traición ambientada en una mansión de un pueblo escocés. Ahora regresa con El baile de las criadas (Planeta), una novela histórica situada en la Barcelona de 1941, en plena posguerra y con presencia nazi en la ciudad.

La protagonista es Melisa Arranz, una joven criada que lo ha perdido todo y que, recomendada por su vieja amiga Lucía, entra a trabajar en casa de los Llebrera, una familia burguesa y pronazi. En un baile conocerá a un hombre que cambiará su vida para siempre.

Hablamos con Platel sobre la inspiración de la novela, el proceso de documentación, la memoria histórica, las jerarquías sociales y las redes de apoyo entre mujeres.

Antes de entrar en la novela, ¿qué significa para ti ganar el Premio Fernando Lara con tu segunda obra?

Ha sido abrumador, además de una gran responsabilidad. Que el jurado haya apostado por esta novela significa para mí que ha primado el texto por encima del nombre. A mí no me conocía nadie. Es cierto que tengo una novela publicada, que funcionó muy bien para ser una autora novel, pero todavía estoy consolidando mi voz. Recuerdo que, cuando fui a recoger el premio, luego me decían: “Es que casi no te han aplaudido”. Y yo pensaba: “Pero si la gente estaba buscándome en Google porque nadie me conocía”. Eso también me llena de orgullo, porque significa que el jurado ha premiado un texto, la verdad de unos personajes y mi interés por reconstruir una historia poco conocida. Me refiero a la presencia nazi en Barcelona y en España en general, aunque yo la ubico en la Barcelona de 1941. También quería dar voz a unos personajes que en aquella época eran muy importantes para el funcionamiento de las familias burguesas y, sin embargo, eran seres invisibles para la sociedad.

El baile de las criadas empieza con una casa, una reforma y unos huesos que aparecen bajo tierra. ¿Te interesaba que el pasado irrumpiera así, literalmente enterrado?

A mí me gustan mucho las mansiones. Veo una casa antigua y me fascina. Me gusta pasear por zonas donde todavía quedan mansiones, casas con historia. Siempre pienso: “Si las paredes hablaran…”. Quería contar una historia en dos tiempos, aunque dando mucha más importancia al pasado. Necesitaba una casa que estuviera lo bastante cerca de Barcelona para que los personajes pudieran llegar andando en algún momento, porque no era tan fácil moverse en aquella época, y que al mismo tiempo estuviera en una zona apartada. Yo vivo en Esplugues y pensé en La Miranda, una zona muy lujosa que se empezó a edificar en 1945. Me tomé la licencia de situarla en 1941. Ese descubrimiento que hace Mario en 2001 me servía para que investigara lo que ocurrió en el pasado y también para dar una pincelada sobre la memoria histórica. En el año 2000 apenas se hablaba de memoria histórica fuera de ciertos círculos académicos. Ese mismo año empezó a trabajar la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Me interesaba introducir esa idea, aunque la parte del presente en la novela funcione casi como una excusa para llegar a la historia que de verdad late en el pasado. El misterio no se resuelve hasta la última página del presente, pero lo importante está atrás.

Después viajamos a la Barcelona de 1941, con Melisa llegando para trabajar como criada. ¿Cuándo apareció ella como protagonista?

Primero apareció el personaje. De hecho, por eso la novela se titula El baile de las criadas. Quería darles protagonismo a ellas. Cuando era pequeña, donde vivía, recuerdo que había muchas criadas en casas bien. Había una en concreto que no sé por qué se me quedó grabada. La recuerdo muy mayor, con muchos más años de los que corresponderían a alguien en edad de trabajar. Iba siempre con uniforme, con un moño muy prieto, no se tomaba fiestas y servía a unos señores burgueses que eran propietarios de todo el edificio, creo. A mí me daba caramelos y me explicaba cosas que entonces me parecían un rollo. Pero cuando empecé a pensar en mi segunda novela, volvió esa imagen. Pensé: “Era una criada de las de antes”. Tenía un sueldo irrisorio. Lo sé porque se comentaba en el barrio. Y cuando otras mujeres del servicio doméstico le decían que las horas se estaban pagando a mucho más, ella defendía a sus señores con uñas y dientes. A mí eso me alucinaba.

Después recordé también a las criadas de las casas de mis amigas del colegio, que nos servían la merienda y aprovechaban cualquier excusa para contarte su vida. En aquel momento yo pensaba: “Ay, qué señora más pesada, yo tengo que hacer matemáticas”. Pero luego lo miré de otra forma. Pensé: ¿por qué no dar voz a esas mujeres que no la tuvieron, que conocían todas las interioridades de las familias, que muchas veces llevaban trabajando desde los 14 años y que, aun así, eran invisibles? Ya tenía el tema: quería escribir sobre criadas. Pero necesitaba un enclave histórico real y fascinante. Un día, en la biblioteca, encontré por casualidad un libro sobre los nazis en Barcelona. Me descubrió un pasaje de la historia que a mí no me habían contado en el colegio. Empecé a investigar y vi cómo la presencia nazi ensució Barcelona en aquellos años. No solo Barcelona, también Madrid, Bilbao y otras ciudades, pero yo quise centrarme en Barcelona.

Elegí 1941 porque era el año en que los nazis dominaban el escenario bélico europeo. Su presencia en la ciudad fue muy notable. Había diplomáticos, entregas de condecoraciones, actos oficiales. Los alemanes condecoraban a autoridades españolas y las autoridades españolas agasajaban a los nazis. En 1940 vino Himmler. Es aberrante lo que costó el banquete que le dieron en el Hotel Ritz. Estuvo en Madrid y en Barcelona, y además le invitaron a una corrida de toros. Tuvo el cuajo de decir que le parecía un espectáculo sangriento. Y piensas: “¿Te atreves a decir eso cuando estáis persiguiendo a judíos y vais camino de la solución final?”.

Era un periodo fascinante y terrible. Las cruces gamadas estaban en edificios emblemáticos de la ciudad. La colonia nazi celebraba sus fiestas, el cumpleaños de Hitler, exhibiciones gimnásticas con juventudes hitlerianas. Todo con el beneplácito y la asistencia de las autoridades. En el paraninfo de la Universidad de Barcelona hubo una exposición de libros alemanes en la que Mein Kampf estaba en primer plano. También me interesaba el tema de los judíos. Solemos pensar que, cuando cruzaban los Pirineos y llegaban a España, ya estaban a salvo. Y no era tan sencillo. La Gestapo operaba en Barcelona. Muchos judíos necesitaban documentación falsa; algunos se cambiaban el apellido y se bautizaban como católicos. Los nazis sabían que estaban aquí y podían citarlos en el consulado con cualquier excusa. Franco miraba hacia otro lado, pero no era afín a los judíos.

Melisa llega a una casa donde todo funciona por jerarquías: los señores, el servicio, las apariencias, los silencios. ¿Querías que la casa fuera casi un mapa de clases?

Sí. Cuando Melisa llega a Barcelona, ya viene de un pasado trágico, pero se encuentra con una sociedad marcada por la vigilancia, el miedo y las desigualdades. Aun así, quería huir de una lectura demasiado simple entre ricos y pobres o vencedores y vencidos. Me interesaba mostrar que incluso dentro de la burguesía había jerarquías. Doña Isabel, por ejemplo, se cree con derecho sobre sus criadas, pero a la vez admira a Dagmar, una alemana a la que considera por encima de ella. Los nazis eran vistos con admiración por parte del franquismo. Luego todo cambió, pero durante esos años el régimen admiraba a Hitler y a los nazis. Al mismo tiempo, esa admiración no era mutua. Hans Thomsen, que transita por la novela y fue jefe del Partido Nazi en España, despreciaba absolutamente a Franco. Y con las criadas ocurría algo parecido. Fermina, la cocinera, está por encima de Melisa y Lucía. Julián, el chófer, trata a las chicas de tú, pero ellas lo tratan de usted. Él tiene otra jerarquía porque no limpia; conduce para el señor. Está por encima de las criadas. En una casa como la de los Llebrera habría podido haber perfectamente cuatro o cinco criadas y un ama de llaves, aunque yo decidí no introducir tantos personajes. Los señores delegaban el funcionamiento de la casa en esa jerarquía interna. Don Arturo, además, es un arribista. Solo piensa en hacer dinero. Ha hecho un matrimonio como se hacían muchos matrimonios entonces: por conveniencia, por posición, por dinero.

‘El baile de las criadas’, de Marta Platel.
Planeta

La novela habla mucho de las redes entre mujeres, pero también de los límites de esas redes en un contexto muy hostil. ¿Cómo trabajaste la relación entre Melisa y Lucía?

La sororidad es un término muy moderno. En aquella época se habría hablado, simplemente, de amistad entre mujeres. Y yo no creo que la amistad entre mujeres sea inquebrantable. En un momento determinado puede aparecer un hombre, un secreto, cualquier factor que la quiebre. Sí es cierto que, en aquella época, muchas chicas de servicio dejaban a sus familias en los pueblos. En muchos casos no volvían a verlas hasta pasado mucho tiempo. Mandaban a casa lo poco que podían de sus salarios. Algunas incluso dejaban a sus hijos allí para venirse a buscar la vida a la ciudad. En los pueblos había miseria y muchas venían a la capital como sirvientas, que era el trabajo que el régimen veía con mejores ojos para ellas, el trabajo honesto. Su círculo, su red de salvación, eran sus amigas, otras criadas. En la novela, las chicas que Lucía presenta a Melisa se convierten en su familia. También se pelean. Hay dos personajes que están todo el día como el perro y el gato, pero en el fondo se ayudan. Siempre se dice que las mujeres somos nuestras peores enemigas, y puede haber algo de verdad en eso, pero yo quiero pensar que, a la hora de la verdad, las mujeres nos ayudamos. En los momentos en que nos necesitamos, sacamos la cara unas por otras. Eso hacen mis criadas: Melisa, Antoñita, la Patro. Y digo “la Patro” porque me interesaba mucho esa forma de nombrarse. Son personajes entrañables que se cuidan entre ellas y que, en los peores momentos, se ayudan.

En el libro aparecen personajes ficticios junto a figuras y episodios reales. ¿Dónde te permitiste mayor libertad como novelista?

Por la novela transitan personajes reales. Menciono a muchos nazis: Hans Thomsen aparece, Walter Bartoleit aparece en una escena, también el gobernador civil, Correa Veglison… Son personajes episódicos; tienen una aparición fugaz o se les menciona. En cambio, cuando un personaje real tiene un peso esencial, le he cambiado el nombre. El jefe de la Gestapo en Barcelona se llamaba Ernst, pero tenía otro apellido. Se lo he cambiado por razones obvias. Todos sabemos lo que ocurrió durante el franquismo; la historia es la que es, pero también hay descendientes vivos. Y para alguien, su abuelo puede haber sido el mayor criminal, pero sigue siendo su abuelo. Por ejemplo, el alcalde de Barcelona de la época se menciona de forma indirecta. Hay una criada que trabaja para él, pero eso es una licencia de ficción. No hacía falta dar su nombre porque no era necesario para la historia. Luego hay personajes como ese especulador amigo de Llebrera. Como él, existieron muchísimos. Son reconocibles para cualquiera que haya leído sobre la época, pero no son necesariamente un personaje histórico concreto. Mucha burguesía se hizo de oro entonces. Leyendo documentación, vi que muchas firmas que existen hoy estuvieron muy vinculadas a los nazis porque pensaban que iban a ganar la guerra. El régimen franquista también estaba convencido de que ganarían. A partir de 1943, después de Stalingrado, empezó a verse que quizá no estaba tan claro, pero se les siguió dando apoyo. Cuando los aliados reclamaron listas de nazis refugiados en España, el régimen no se las dio. Y cuando se vio obligado a detenerlos, los mandó a un balneario. La connivencia fue total.

La ganadora del Premio Fernando Lara 2026, Marta Platel.
Javier Ocaña / Planeta

La novela también habla de deseo, de mentira y de peligro. ¿Te interesaba que el romance no fuera una vía de evasión, sino otra forma de tensión?

Sí. Hay una historia de amor en la novela, pero también hay intriga, suspense, secretos de alcoba. Para mí, esos secretos de alcoba son lo verdaderamente volcánico de la novela: los secretos de una sociedad que se creía con derecho a dominar el destino de todos. En el caso de Melisa, más allá del amor romántico, enamorarse es un acto de resistencia. Es una rebeldía. Para ella significa aspirar a una vida mejor. Cuando empieza a madurar, se da cuenta de que puede aspirar a otra cosa. Enamorarse es apostar por la libertad y por la esperanza en una sociedad que pretende controlarlo todo. Ella se resiste a ser invisible.

Tus dos novelas están ambientadas en el pasado. ¿Qué encuentras ahí que quizá no te da el presente?

Es casualidad, aunque me gusta la ficción histórica. Me siento cómoda ahí porque puedes crear una historia, aprender y, al mismo tiempo, hacer que el lector aprenda contigo. Todo este pasaje de la presencia nazi en Barcelona lo he aprendido documentándome. La novela anterior estaba ambientada en Escocia porque me fascina Escocia. Esta está ambientada en Barcelona porque soy de Barcelona y quería recrearla. También quería que la ciudad fuera un personaje más. Sus calles tienen mucho protagonismo. Me he mantenido fiel a los nombres de la época. En la posguerra, muchas calles cambiaron de nombre. La Diagonal, por ejemplo, todo el mundo la llamaba la Diagonal, pero oficialmente era la avenida del Generalísimo. El pueblo siguió llamándola la Diagonal, aunque el régimen intentara apropiársela.

Para reconstruir esa Barcelona encontré una guía de 1941 con los trazados de las calles hechos a plumín y los nombres escritos a mano. También me ayudaron muchísimo los periódicos de la época. Fui al Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, en la Casa de l’Ardiaca, pensando que tendría que pasarme media vida mirando volúmenes polvorientos. Pero me explicaron que podía consultarlo desde casa. Me costó muchísimo aprender a entrar en el archivo digital, pero allí estaba todo. Los periódicos de 1941 tenían ocho páginas porque había escasez de papel, y muchas estaban dedicadas a las carteleras de cine. Eso me sirvió mucho. Aparecían películas como La victoria del Oeste, una película hecha para glorificar al ejército nazi, que en la novela a don Arturo le parece una obra maestra. Él, si ve nazis, ya está encantado.

Los periódicos también publicaban partes de guerra alemanes y aliados, pero estaban totalmente manipulados. Había una oficina de prensa alemana que controlaba la información desde la embajada. Todo eso me parecía fascinante. Creo que el punto fuerte de la novela es que mezcla la situación de las criadas, la voluntad de darles voz, con ese contexto histórico tan poco narrado. Hay muy poca ficción sobre esto. También me interesaba buscar figuras que rompieran la idea de que todos los alemanes eran iguales. Los nazis fueron terroríficos, pero hubo personas que ayudaron a los judíos. Me documenté sobre algunos casos, como el del cónsul portugués en Burdeos, Aristides de Sousa Mendes, que arruinó su carrera por emitir visados, o el de un diplomático destinado en Dinamarca que ayudó a evacuar judíos hacia Suecia. Esas historias me ayudaron a construir uno de los personajes de la novela.

Después del Premio Fernando Lara, ¿cómo imaginas el siguiente paso? ¿Te gustaría ver esta historia adaptada al audiovisual?

Me encantaría, claro. ¿A quién no le gustaría? Sería un lujo, un sueño, ver a estos personajes cobrar vida. Pero, de momento, mi interés más inmediato es que la novela guste, que se venda bien y, sobre todo, que emocione. Estos personajes han convivido conmigo mucho tiempo y ahora ya les he abierto la puerta para que se vayan a vivir a otras casas. Están llamando otros personajes, pero todavía no puedo abrirles porque es demasiado pronto. Ahora estoy centrada en la promoción. En cuanto termine esta vorágine, quiero ponerme a escribir otra novela. El premio ha sido maravilloso, pero también crea una responsabilidad. Piensas: “Bueno, ahora veremos de quién hablo”. Pero seguro que surgirá.

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