El Test de la Feria

Leila Guerriero, escritora: “Para que un texto perdure, tiene que estar trabajado sobre una idea muy universal”

La escritora y periodista habla en la Feria del Libro de Madrid sobre Scott Spencer, Ray Bradbury, Kurt Vonnegut, la no ficción narrativa y 'La llamada', su investigación sobre una superviviente de la dictadura argentina

Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) nos espera frente al Pabellón Iberoamericano de la Feria del Libro de Madrid. En media hora participará en la mesa redonda Contar el poder, dedicada al papel del periodismo y la literatura frente a los desafíos de nuestro tiempo. Antes, nos dedica un rato para hablar de libros, escritura, ferias, memoria y no ficción.

Guerriero estudió Turismo en su ciudad natal, pero nunca llegó a ejercer. Desde los años noventa ha construido una de las trayectorias más reconocidas de la crónica y el periodismo narrativo en español, con colaboraciones en medios como La Nación, Rolling Stone, El País, Vanity Fair, El Mercurio o Gatopardo, revista de la que es editora para América Latina. En 2010 ganó el premio de la entonces Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo.

En los últimos dos años, Anagrama ha publicado tres libros suyos: La llamada, una investigación sobre Silvia Labayru, superviviente de la dictadura militar argentina; La dificultad del fantasma, un cuaderno sobre Truman Capote y la escritura de A sangre fría en la Costa Brava; y una reedición de Los suicidas del fin del mundo, su primer libro, publicado originalmente en 2005. Para cerrar esta edición de la Feria del Libro, sometemos a Leila Guerriero a nuestro último test.

¿Qué libro recomendarías a alguien que viene hoy a la Feria sin saber qué comprar?

Hay un libro hermoso de Scott Spencer que se llama Amor sin fin, publicado por Muñeca Infinita. Me parece maravilloso porque reúne muchas cosas: puede funcionar para un lector quizá no tan musculoso y también para un lector refinadísimo. Tiene una gran historia y un gran estilo. Y recomendaría también Nuestra parte de noche, de una compatriota mía, Mariana Enríquez. Es una novela absolutamente maravillosa.

¿Qué libro te hizo querer escribir?

No sé si hay un solo libro que me haya hecho querer escribir. Me parece que fue una serie de libros y de cuentos que me contaban mi papá y mi abuelo. Cuando era chica, siento que la pulsión de la escritura ya estaba ahí. Desde que aprendí a escribir en el colegio, empecé a escribir poemitas, así que me resulta muy difícil detectar un único origen. Sí recuerdo que los libros de Ray Bradbury me resultaban muy intensos, muy interesantes. A mi manera, a mi corta edad, quería hacer algo parecido, que seguramente era desastroso. También tuve mucha influencia de la poesía, sobre todo la poesía en español: Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, la poesía del Siglo de Oro y los poetas místicos. Mi mamá era muy admiradora de esa poesía y me daba libros. Mi papá no leía poesía, pero era un gran lector. Creo que algo de esa musicalidad, incluso de poemas muy complejos, de un castellano muy antiguo, se me quedó impregnado muy tempranamente y me dieron ganas de hacer algo parecido a esa música. Esto lo digo ahora, muchos años después. Creo que pudo haber sido así.

‘Nuestra parte de la noche’, de Mariana Enríquez.
Anagrama

¿Qué tiene la Feria del Libro que no tiene una librería?

Lo bonito es que en la Feria del Libro hay un montón de librerías normales, pero también editoriales enteras. Esa mezcla me parece muy virtuosa. Cada librería tiene una impronta propia. Cuando entras a una librería, entras a un lugar con determinado carácter; sabes que vas a encontrar un determinado fondo editorial. No es lo mismo ir a una librería más comercial, más grande, que a una pequeña librería de barrio donde puedes hablar con el librero y sabes que vas a encontrar libros de viaje, de no ficción o de lo que sea. Aquí tienes todas esas personalidades juntas. Eso tiene algo vertiginoso porque quieres estar en todas, mirar todas las casetas y mirar todos los libros, y es imposible. El conjunto es bastante inusual. Creo que es mi feria favorita junto con la FED, la Feria de Editores de Buenos Aires, que también es muy singular. Pero aquella se hace en un galpón cerrado, y el hecho de que esta sea al aire libre, en primavera, le da un espíritu como de festival de Lollapalooza.

También tiene mucho contacto con el público. Muchas ferias son más de industria, de editores, de agentes. Aquí parece haber una relación más directa con los lectores.

Sí. La Feria de Frankfurt, por ejemplo, es claramente una feria de agentes literarios y editoriales, donde se compran y se negocian derechos importantísimos. Esto es todo lo contrario: una feria para lectores. Hay varias ferias de este tipo. La de Guadalajara es enorme, pero también está pensada para los lectores. Esta feria tiene algo de mercado, en el sentido de mercado donde encuentras verduras y especias. A mí me recuerda un poco a eso. Me gusta ver las multitudes, me gusta tener calor, me gusta ir a las casetas y firmar con un ventiladorcito. Me parece una feria muy humana. Y también tiene una cantidad de actos y mesas redondas muy interesantes.

¿De qué tema te cuesta más escribir?

Todo. Siempre. Todo cuesta escribir. Pero no por el tema, sino porque escribir es difícil. Me acuerdo siempre de una columna de Javier Cercas en la que él citaba, creo, a un escritor alemán cuyo nombre no recuerdo, que definía a un escritor como una persona a quien escribir le cuesta mucho más que a las demás. Creo que la escritura es algo difícil, como cualquier arte. No creo que pintar sea fácil, ni esculpir, ni bailar. Los temas en sí no me resultan difíciles por la temática, incluso cuando son conflictivos, riesgosos, pesados o muy tristes. Lo difícil es tratar de llevar a la página eso que viste durante meses en el reporteo. Yo escribo no ficción. Lo difícil es conseguir que la esencia de todo eso pase a la página sin deformarlo, que cobre una forma estética lo más atractiva posible y que viaje bien en el tiempo. Que no sea un texto del que los lectores se olviden pasado mañana.

‘Matadero cinco’, de Kurt Vonnegut.
Blackie Books

¿Qué tiene que tener un texto para lograr eso? ¿O qué no debe tener?

Para mí, un texto no puede estar simplemente redactado. Esa prosa burocrática, esos lugares comunes, no me resultan atractivos. Creo que, para que un texto perdure, tiene que estar trabajado sobre una idea muy universal. Aunque sea un tema muy local, debe apoyarse sobre una idea mucho más amplia, que pueda tocar tanto a un lector mexicano como a uno español, francés, argentino o uruguayo. También tiene que haber un trabajo estético con la prosa que trascienda la historia. La historia interesa, por supuesto; el contenido interesa, sobre todo si hablamos de no ficción. Pero si pienso en grande, tanto en la no ficción como en la ficción, creo que seguimos leyendo Madame Bovary no solo porque sea una historia apasionante. Si la reduces a dos líneas, es una historia muy simple. Lo que hay ahí es un placer estético: una paciencia, un dibujo complejo y contradictorio de los personajes, un trabajo con las metáforas, con la velocidad de la prosa, con el ritmo, con la respiración. Tiene que haber un placer estético. Si no, solo con que me cuenten una historia no me entusiasmo.

¿Qué autor o libro te ha acompañado más últimamente?

Últimamente, muchísimo Kurt Vonnegut. Ha sido un amor tardío. Durante mucho tiempo, cada vez que iba a un sitio y encontraba una edición de Matadero cinco que me gustaba, la compraba. Pensaba: “Bueno, es un clásico, hay que leerlo”. Pero confieso que el libro se me caía de las manos. En 2024 entré en una librería de Madrid, la Librería Machado del Círculo de Bellas Artes, y vi un ejemplar precioso de Matadero cinco publicado por Blackie Books. Me llamó la atención porque son libros hermosísimos, muy vistosos, de tapa dura. Lo tomé, lo abrí y, cuando lo abrí, no pude parar. Me quedé parada en el estante de la letra V como veinte minutos leyendo. Desde ese momento no pude dejarlo. Y tú usaste la palabra “acompañar”: eso es exactamente. A pesar de que es una llegada muy tardía a Vonnegut, siento que es una compañía. Hay un universo ahí que percibo como una especie de burbuja que va flotando de una manera un poco loca. Creo que hay libros a los que uno llega en un momento determinado. Es un poco deliroide, obviamente, y quizá en otro momento de mi vida como lectora yo no estaba dispuesta a aceptar ese grado de locura. Se ve que ahora sí. Si tengo que decir el autor que llevo conmigo en los aeropuertos, es Vonnegut. Lo leo, lo releo y me compro nuevas ediciones de libros que ya tengo.

Hablemos de tu libro.

Últimamente hay como tres libros, todos en Anagrama. El primero es La llamada, de 2024. Luego salió, a finales de 2024, La dificultad del fantasma, un libro sobre cómo Truman Capote escribió A sangre fría en la Costa Brava. Y ahora, en 2026, Anagrama reeditó Los suicidas del fin del mundo, mi primer libro, que estaba en otra editorial. Es raro hablar del último libro porque mi último libro sería el primer libro que escribí, Los suicidas del fin del mundo. Pero La llamada es un libro que tuvo mucha repercusión. Ya va por la edición número dieciséis; tiene muchas traducciones y ahora va a salir la traducción al inglés. Supongamos que es mi último libro.

‘La llamada’, de Leila Guerriero.
Anagrama

Es la historia de Silvia Labayru, una mujer argentina que fue militante de Montoneros, una organización armada de extracción peronista en los años setenta. Ella tenía veinte años y militaba en inteligencia. Durante la dictadura argentina, los militares la secuestraron cuando estaba embarazada de seis meses y la llevaron a la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, donde funcionaba un centro clandestino de detención. La torturaron, la golpearon, la vejaron de muchas maneras. Dio a luz a su hija en una mesa del centro clandestino, atendida por un médico cómplice de los militares. Por suerte, su hija fue devuelta a sus abuelos biológicos, así que ella no tuvo que padecer además el no saber cuál era el destino de su hija. Muchos bebés nacidos en cautiverio fueron apropiados por los militares para tomarlos como hijos propios o entregarlos a parejas de amigos.

Después de la entrega de la niña, empezó a violarla reiteradamente un mismo oficial militar, dentro de una especie de plan siniestro de “rehabilitación” de secuestrados. Silvia salió de ese centro clandestino en 1978 y llegó exiliada a España. Al llegar aquí se encontró con el repudio de sus propios excompañeros de lucha, porque era una sobreviviente sospechosa. Como muchos sobrevivientes, fue acusada de haber colaborado o entregado información a cambio de su libertad. Esto no fue así. Era parte de un sistema muy perverso de los militares. Incluso aquí, en España, los ex prisioneros seguían controlados a distancia y tenían que reportarse ante esos militares, sin ninguna certeza de que en cualquier momento no fueran a arreglárselas para llevárselos de nuevo.

El libro cuenta la historia de esta mujer hasta el día de hoy. Después de muchos años de vivir en España, ella se reencontró con una pareja que había tenido en la adolescencia, alguien muy importante en su vida, y con quien la militancia había sido un obstáculo para que siguieran juntos. Se reencontraron después de treinta años y siguen juntos. Es una historia con muchos matices, bastante riesgosa e incómoda. Poner en escena esos matices, hablar de exmilitantes que acusaron a sus excompañeros, no es simpático. Pero esta es la historia de una mujer que, de manera muy generosa, muy corajuda y muy valiente, me recibió durante casi dos años para contarme su vida.

Subrayar y anotar en los libros: ¿a favor o en contra?

Yo no subrayo los libros, salvo que esté trabajando con ellos, y depende de qué libro sea. Si tengo que escribir una crónica sobre Pavese, jamás voy a subrayar mis libros de Pavese. Pero si es un libro que sé que puedo comprar de nuevo, a veces puede pasar. En general, no me gusta subrayar mis libros, pero no tengo nada en contra de quienes los subrayan. De hecho, uno de los libros que más me marcaron es el diario de Cesare Pavese. Me lo regaló mi padre, comprado de segunda mano, y está todo subrayado por alguien que yo creo que era un varón de mediana edad y muy depresivo. Casi nunca acepto libros prestados. Si se consiguen fácilmente, prefiero ir y comprarlos. Pero si alguien me da un libro publicado en 1958 y me dice: “Nunca más lo vas a conseguir”, me da como cosita, porque si me gusta lo voy a querer y, obviamente, hay que devolver los libros. Si leo el libro de otra persona y está subrayado, no me molesta en absoluto. Es un poco como descubrirle la personalidad. También puede ser distractivo porque vas leyendo el libro y vas leyendo a la otra persona. Pero mis libros no están subrayados.

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