Hay una palabra que lleva siglos haciendo un trabajo muy concreto sobre los cuerpos de las mujeres, medirlos. “Demasiado” nunca ha sido una constatación neutral, un dato objetivo sobre una cantidad; es un veredicto, y como todo veredicto, presupone un tribunal, una vara y alguien que sostiene esa vara. Durante generaciones, esa vara ha estado casi siempre en las mismas manos, y el veredicto ha caído casi siempre sobre los mismos cuerpos: el de la mujer que habla alto, que ama fuerte, que exige, que ocupa el espacio que le corresponde y, si puede, un poco más.
Esto no es nada nuevo, ocurre desde que hay lenguaje para nombrar la desobediencia, sin embargo, en los últimos meses, esa palabra ha empezado a circular en redes sociales con el signo cambiado, pasando de sentencia a bandera y de insulto a autodefinición. Miles de mujeres comparten contenidos en los que reivindican explícitamente ser “demasiado” como si el adjetivo perdiera su capacidad de herir y empezara a proteger.
Una palabra con historia clínica
La histeria como categoría médica sirvió durante más de un siglo para patologizar casi cualquier emoción femenina que incomodara. Es la medicalización del exceso: la mujer que siente demasiado, que llora demasiado, que desea demasiado, convertida en paciente. Cuando en medicina se dejó de usar esa palabra, las calles ya habían adoptado el diagnóstico y siguieron aplicándola. La histriónica, la dramática, la loca, la “difícil”, la que “da mucho que hablar”. Un mecanismo sencillo, convertir una intensidad en anomalía para no tener que preguntarse por qué esa intensidad resulta tan insostenible para quien la señala.
Sara Torres, autora de El pensamiento erótico (Reservoir Books), uno de los ensayos más comentados de este año sobre deseo, cuerpo y pensamiento crítico, lo explica desde un ángulo más cercano al funcionamiento de la atención en la era digital, “tal y como entiendo el demasiado, en realidad es algo que el sistema busca en la explotación espectacular de la potencia de cada cual. El discurso y la búsqueda política de cada cual se fragmenta y espectaculariza hacia un ‘demasiado’ que causa impacto algorítmico haciendo que la propuesta pierda el matiz y la vitalidad o movilidad. Así la autoría ocupa durante un corto espacio de tiempo ‘demasiado lugar’ o captura ‘demasiada’ atención, causando afectos polarizados”. Ya no es solo que el entorno inmediato, la pareja, la familia, o los amigos sigan usando la vieja vara, es que hay un sistema entero, el de la atención algorítmica, que necesita fabricar excesos legibles, virales y polarizantes, y que recompensa precisamente una versión aplanada y espectacular de la intensidad, mientras descarta su complejidad real.

Quién sostiene la vara
Cuando se plantea si “demasiado” se está usando para desactivar al feminismo como movimiento, la periodista argentina Agustina Paz Frontera, autora de ¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical (Siglo XXI) señala que “la escala personal y la pública están totalmente mezcladas. Ser ‘demasiado’ feminista en lo íntimo y personal se convirtió en una barrera para algunas relaciones, en especial con varones hetero que no quieren sostener vínculos que los desafían”. Cuenta que conoce a mujeres que han perdido vínculos por ser demasiado feministas, y recupera la anécdota de una amiga periodista a la que un chico confesó que prefería dejar de salir con ella por miedo a que, en una futura pelea, lo “escrachara”. Un fantasma, dice, un delirio. Pero un fantasma que revela que “ser ‘demasiado’ es romper un molde, y eso es muy difícil de tolerar, porque estar cerca de una persona que es demasiado exige a quienes están cerca una destreza y una plasticidad que no cualquiera está dispuesto a ejercitar”.
Si “demasiado” fuera una medida fija y universal, sería fácil saber cuándo se cruza la línea. No lo es. Frontera insiste en que se trata de una construcción “muy situada”; no es lo mismo ser demasiado en un pueblo que en una capital, en un barrio popular que en uno de clase media. La vara, dice, está siempre en disputa, y esa disputa está atada al sentido común, que a su vez es una construcción vinculada al poder. En los últimos años estos parámetros fueron desafiados por distintos actores sociales como el feminismo, el movimiento obrero o la diversidad sexual y ahora, señala, hay un intento activo de las derechas radicales por restaurar el orden anterior, por resetear los estándares de lo normal y lo anormal, “incluso con la paradoja de que la familia presidencial misma no encaja en lo normal, y en muchos sentidos es demasiado”.
Esa asimetría, además, no se reparte igual, “las pasadas de rosca somos siempre nosotras, no ellos”. El cuerpo y la sexualidad de las mujeres siguen siendo, dice, “material de opinión pública”, y la que utiliza esos atributos como parte de su presencia pública es castigada y moralizada de un modo que sus colegas varones se ahorran por completo: “es un plus sobre el que las masculinidades no se tienen que ocupar, ellos tienen otros problemas vinculados a su género”.

El precio, poco romántico, de moderarse
Conviene resistirse aquí a la tentación de convertir todo esto en un relato limpio de heroínas que un día decidieron dejar de medirse. La realidad, según cuentan tanto Frontera como Torres, es bastante menos plana. Frontera, que entrevistó a funcionarias y activistas para su libro, describe la moderación del discurso propio como una estrategia consciente, “esconder” el feminismo, evitar palabras como género, mujeres o diversidad para no levantar sospechas y poder sacar adelante programas que, aunque tuvieran perspectiva de género, no convenía nombrar así. Lo compara con una partida de ajedrez en la que se va “ecualizando la intensidad” según los objetivos de cada momento.
Sara Torres llega a una idea muy parecida desde el terreno del pensamiento y la escritura. “Entender el pensamiento como práctica que requiere tanto un esfuerzo contemplativo como crítico y creativo supongo que pasa necesariamente por tomar conciencia de los esfuerzos constantes de autoedición que hacemos para poder formar parte con lxs otrxs”. Es decir, antes de reivindicar el exceso hace falta, primero, hacerse consciente de cuánta edición, recorte o suavizado llevamos incorporados de fábrica, tan automatizado que ni siquiera lo registramos como esfuerzo.
Esto debería hacernos desconfiar de cualquier relato demasiado triunfalista sobre esta ola de reivindicación. No es que de pronto las mujeres hayan decidido dejar de medirse, muchas siguen midiéndose, todo el tiempo, solo que con una precisión estratégica que no se ve con facilidad.
De la crítica ajena a la bandera propia
Frontera cree que “demasiado” ya funciona como una bandera, tanto en lo estético como en lo político, y lo compara con los procesos de radicalización que atraviesan hoy el debate público, tanto de izquierda como de derecha. Las feministas, dice, “somos personas con conciencia social y política demasiado expuesta”, nos manifestamos, nos organizamos, decimos lo que pensamos, ponemos límites. Eso, para ella, ya es una forma de identidad reivindicada.
Sin embargo aclara que esa regulación estratégica de la propia intensidad, bajarla cuando conviene, subirla cuando hace falta, no tiene por qué poner en crisis la intensidad real del deseo o de las convicciones. Una cosa es jugar el juego, moderarse tácticamente para avanzar; otra muy distinta es acabar creyéndose, después de tanto ecualizar, que una es de verdad menos de lo que es.

Torres, por su parte, cuestiona algo más de raíz; si el exceso es, sin más, la respuesta correcta. “Tanto el exceso como la austeridad pueden ser formas de fuga frente a la explotación de la sensibilidad y de la fuerza vital. Rebosar hasta ser inabarcable o retraernos hasta ser inconsumibles, creo que al final, la fuga anida en la intimidad, un lugar interno de resistencia micropolítica que luego hace mundo común tomando formas muy distintas”. Es decir, no hay una postura correctamente rebelde entre desbordarse o contenerse, las dos pueden ser formas legítimas de escapar a la explotación de la propia sensibilidad, y las dos pueden ser también, si se vacían de conciencia, otra forma más de consumo. Lo que importa no es la cantidad —mucho o poco, demasiado o suficiente— sino el lugar desde el que se decide, un lugar que Torres sitúa en la intimidad, no en el escaparate.
Hay un riesgo real de que el gesto se vacíe, de que “soy demasiado, y qué” se convierta en otra frase bonita para un post, otro personaje vendible para el algoritmo que Torres describe, despojado de la incomodidad real que lo hizo necesario en primer lugar. La reivindicación solo tiene sentido si va acompañada de la pregunta que la sostiene: demasiado, ¿según qué medida, y a quién le sirve esa medida?
Juntarse con las que también son demasiado
Paz Frontera tiene un consejo para las mujeres a las que constantemente les repiten que son demasiado y llega en dos tiempos. El primero es que se junten con otras mujeres que también son demasiado, que se conozcan entre sí, que se reafirmen y se cuiden mutuamente. Es la lógica de la sororidad como refugio frente a un juicio que, en soledad, pesa mucho más. Y el segundo es un poco menos friendly pero también relevante, ya que recomienda escuchar el contexto, las razones de quien nos señala como fuera de lugar, y revisar honestamente si ese lugar de exceso es efectivamente el que queremos ocupar. No todo el que nos llama demasiado habla desde el miedo o el resentimiento; a veces esa mirada, es genuina y puede ayudarnos. “La pureza no existe” y no le parece un objetivo demasiado feminista relacionarse solo con gente ideológicamente afín.
Torres apunta en la misma dirección cuando habla de sostener las intensidades variables de lo vital y lo afectivo “a la vez que las contemplamos y buscamos comprenderlas en cierto modo para poder integrarlas en un camino ético y creativo”. Eso, dice, “es para mí un acto de resistencia en cuanto a que hacerlo implica una modulación no inercial y menos capitalizable”. No hay ahí ninguna épica fácil del desborde permanente, ninguna promesa de que gritar más fuerte “soy demasiado” nos vaya a liberar por sí solo. Hay, más bien, una propuesta de trabajo lento, contemplar la propia intensidad en vez de solo actuarla o reprimirla, entenderla lo suficiente como para poder decidir, cada vez, si conviene que rebose o que se recoja, sin que esa decisión sea automática ni esté dictada de antemano por quien mira desde fuera.

