Literatura

Theodor Kallifatides: “El amor no es solo felicidad, también es un problema”

El escritor grecosueco presenta en Madrid 'El amor', una novela publicada originalmente en 1978, y recuerda sus primeros pasos en la literatura, su relación con Ingmar Bergman y las lecciones que le ha dejado una vida entre dos culturas

Theodor Kallifatides: "El amor no es solo felicidad, también es un problema".
Theodor Kallifatides: "El amor no es solo felicidad, también es un problema".

Mucho antes de publicar más de cuarenta libros, Theodor Kallifatides ya había encontrado una manera de ejercitar su talento literario: escribir cartas de amor para sus compañeros de escuela. Todos necesitaban declararse a alguna muchacha y él se encargaba de encontrar las palabras adecuadas, procurando que cada carta tuviera una voz diferente. “Fue mi primera experiencia literaria”, recordó el escritor grecosueco durante un encuentro con periodistas celebrado el jueves en la residencia de la Embajada de Suecia en Madrid. A sus 88 años, Kallifatides sigue hablando del amor con una mezcla de ternura, ironía y escepticismo. Aquellas primeras experiencias sentimentales, según contó, también le enseñaron que enamorarse rara vez es tan sencillo como uno imagina. “El amor no es solo felicidad, también es un problema”.

El autor de Otra vida por vivir y La trilogía de la guerra regresó a Madrid con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cristina de Suecia, cuya figura protagoniza un programa cultural organizado por la Embajada sueca y el Museo del Prado. Pero la visita coincidió también con la publicación en castellano de El amor (Galaxia Gutenberg), una novela escrita originalmente en 1978 que llega a los lectores españoles casi medio siglo después. El encuentro estuvo presidido por el embajador Per-Arne Hjelmborn y contó con la participación de Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que acompañó al escritor en una conversación tan distendida como imprevisible.

El embajador recordó que Kallifatides ha visitado tantas veces la residencia que ya han perdido la cuenta. También bromeó con una costumbre del escritor que parece haberse convertido en tradición: anunciar que su próximo viaje a España será el último, para regresar inevitablemente algún tiempo después. La relación con sus lectores españoles, donde su obra ha encontrado una acogida particularmente cálida, parece ofrecerle motivos suficientes para seguir incumpliendo aquella promesa.

Las muchas formas del amor

Publicada cuando Kallifatides rondaba los cuarenta años, El amor cuenta la historia de Laki Sarris, un hombre casado con Lena y padre de un niño de cuatro años, cuya existencia relativamente apacible se tambalea cuando conoce a Li, una mujer mucho más joven de la que se enamora perdidamente. El protagonista desea conservar la estabilidad de su matrimonio y la relación con su hijo sin renunciar a una pasión que amenaza con destruir aquello que ya tiene. El conflicto resulta tan reconocible hoy como en el momento en que fue escrito.

Sin embargo, para Kallifatides sería una simplificación reducir la novela a un triángulo amoroso. Durante la conversación recordó las distintas formas de afecto que conoció desde su infancia, empezando por sus padres. Su padre fue una figura intelectual y moral, un maestro que orientó su vida; su madre, en cambio, representaba la ternura y el cuidado cotidiano. También evocó a sus dos hermanos, con quienes mantuvo una relación marcada tanto por el cariño como por las rivalidades propias de la infancia, y a un amigo cuya confianza resultó decisiva para que no abandonara la escritura.

Theodor Kallifatides en la Embajada de Suecia en Madrid.
Tinkle

Este último fue uno de sus primeros lectores. Cuando Kallifatides, todavía adolescente, se planteó si debía dejar de escribir, su amigo lo animó a continuar. Años después, el escritor seguiría considerando aquel respaldo fundamental para resistir las dificultades de sus comienzos literarios.

El recuerdo de su madre dio lugar a uno de los momentos más personales de la conversación. Kallifatides relató cómo, pese a sus excelentes resultados académicos, las represalias políticas de la Grecia de la posguerra le impidieron acceder a la universidad. Aquella injusticia lo sumió en una desesperación tan profunda que llegó a pensar en quitarse la vida. Mientras regresaba a casa, todavía abatido, vio a su madre a unos cien metros de distancia. Ella abrió los brazos antes de que él pudiera pronunciar una sola palabra. Había comprendido lo sucedido. “Algún día se avergonzarán”, le dijo, convencida de que no era su hijo quien había fallado.

Aquellas experiencias terminaron encontrando su lugar en la novela. Para Kallifatides, el amor entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos o entre amantes responde a necesidades distintas y puede adoptar formas contradictorias. Tampoco existe una solución sencilla para el dilema de su protagonista. Enamorarse no elimina las responsabilidades anteriores ni garantiza que las decisiones que tomamos sean las correctas. El escritor insistió en que la vida continúa después del enamoramiento y que es precisamente ahí donde comienzan algunos de sus conflictos más difíciles.

Aprender a escribir en otra lengua

Nacido en Grecia en 1938, Kallifatides emigró a Suecia en 1964, donde desarrolló buena parte de su carrera literaria. El amor pertenece a una etapa en la que todavía estaba descubriendo las posibilidades del idioma que acabaría convirtiéndose en su principal herramienta de trabajo. Cuando Tarrida le preguntó si ya dominaba el sueco al escribir la novela, su respuesta fue tajante. No había aprendido la lengua mediante una formación académica convencional, sino que tuvo que abrirse camino entre diccionarios, lecturas y sus propios intentos de escritura.

Pero aprender sueco era para él algo más que adquirir una competencia lingüística. Si quería construir una vida en su país de acogida, necesitaba comprender a sus habitantes, respetarlos y, en la medida de lo posible, llegar a quererlos. La literatura se convirtió en una forma de aproximarse a aquella sociedad, aunque las dificultades de expresarse en una lengua extranjera nunca desaparecieron del todo.

“Nunca puedes conquistar una lengua completamente”, sostuvo. Y añadió una observación que relativiza la aparente ventaja de los hablantes nativos: también es un error creer que conocemos por completo nuestro propio idioma.

El embajador de Suecia, Per-Arne Hjelmborn, Theodor Kallifatides y Joan Tarrida.
Tinkle

En su caso, encontró una respuesta estilística a esa inseguridad recuperando una tradición de su tierra natal. Kallifatides procede de Laconia, región griega cuyo nombre dio origen al laconismo, la expresión breve y concisa. Frente a la tentación de demostrar un dominio virtuoso de una lengua que todavía sentía ajena, decidió escribir con la mayor economía posible, eliminando todo aquello que no considerara necesario.

Para explicarlo recurrió a una anécdota de la antigua Esparta. Unos emisarios pronunciaron un discurso interminable que comenzó por la mañana y se prolongó hasta bien entrada la tarde. Cuando finalmente pidieron una respuesta, los espartanos contestaron que habían olvidado lo dicho por la mañana, que no habían entendido lo expuesto al mediodía y que, aunque habían comprendido lo que acababan de escuchar al anochecer, no estaban de acuerdo. La historia provocó las risas de los asistentes, pero ilustraba una convicción que sigue guiando su escritura. Si puede decir algo con una palabra, no utiliza dos.

La aparente sencillez de su prosa, por tanto, no nació únicamente de una limitación lingüística, sino que terminó convirtiéndose en una elección estética. El aprendizaje de otra lengua le obligó a preguntarse qué quería decir realmente y cuánto necesitaba escribir para conseguirlo.

Una película con Ingmar Bergman

La conversación también recuperó una faceta menos conocida de la trayectoria de Kallifatides. En 1980 dirigió una adaptación cinematográfica de El amor, producida por la compañía de Ingmar Bergman. Aquella experiencia, que no tuvo el resultado que esperaba, dejó, sin embargo, una huella importante en su manera de entender la creación artística.

“Es difícil crear algo juntos cuando no compartes la misma lengua”, recordó sobre el rodaje. Aunque todos hablaban sueco, el escritor sentía que el idioma de los actores no era exactamente el suyo. La distancia lingüística que había aprendido a manejar en la literatura reaparecía de pronto en un trabajo que exigía una colaboración mucho más directa.

Lejos de lamentar únicamente el fracaso, Kallifatides reivindicó su utilidad. Los tropiezos obligan al artista a detenerse, reconsiderar sus decisiones y preguntarse qué está intentando hacer. “Tener éxito todo el tiempo es aburrido”, bromeó.

De Bergman, a quien describió como una personalidad difícil, aprendió especialmente la importancia del montaje y de la observación. Recordó su extraordinaria dedicación al trabajo y su disposición a pasar horas estudiando cómo cambiaba la luz antes del amanecer, sin necesidad de tener delante actores ni escenarios. La relación profesional entre ambos terminó después de unos meses de colaboración intensa, pero Kallifatides reconoce que aquellas lecciones continuaron acompañándolo en su escritura.

El cuadro 'Cristina de Suecia, reina, a caballo', de Sébastien Bourdon
‘Cristina de Suecia a caballo’ (1653), de Sébastien Bourdon.
Museo del Prado

También comprendió con el tiempo la necesidad que tenía Bergman de proteger su intimidad. Al principio le entristeció el distanciamiento entre ambos, pero después entendió que una figura de semejante proyección pública no podía mantener una relación personal estrecha con todas las personas que reclamaban su atención.

Cristina de Suecia y la libertad de elegir

El encuentro regresó finalmente a la figura que había motivado la visita del escritor a Madrid. Cristina de Suecia, nacida en 1626, renunció al trono en el siglo XVII y terminó instalándose en Roma, después de una vida marcada por su interés por la filosofía, la literatura, las ciencias y las artes.

Kallifatides recordó que comenzó a interesarse por ella a través de sus lecturas filosóficas. Lo que más le impresionó fue su determinación para construir una existencia propia en una época que ofrecía muy poco margen de libertad a las mujeres. Destacó especialmente su negativa a contraer matrimonio y someterse a una autoridad masculina, así como una formación intelectual extraordinaria que le permitió relacionarse con algunos de los pensadores más destacados de su tiempo.

Su admiración culminó con una declaración rotunda: “Si tuviéramos que llamar a alguien apóstol de la civilización, yo diría que fue la reina Cristina”.

Las trayectorias de ambos, separadas por cuatro siglos, recorren Europa en direcciones contrarias. Cristina abandonó Suecia para establecerse en Italia, mientras que Kallifatides dejó Grecia para encontrar una nueva vida en el norte. En los dos casos, el desplazamiento implicó también una transformación de la identidad y una forma de emancipación respecto al lugar de origen.

El diálogo formaba parte de la programación con la que la Embajada de Suecia y el Museo del Prado conmemoran el cuarto centenario de la monarca, coincidiendo con la remodelación de la sala dedicada a las esculturas procedentes de su colección. Durante su estancia, Kallifatides participó también en una conversación pública con el periodista Xavi Ayén en el museo.

Después de casi una hora de recuerdos, bromas y reflexiones, Joan Tarrida dio por terminado el encuentro, no sin lamentar que podrían haber seguido escuchándolo durante toda la mañana. Quedaban todavía el desayuno, el café y los rollos de canela preparados por la Embajada. Y, sobre todo, la impresión de haber asistido a una conversación en la que las dificultades de escribir, amar y encontrar un lugar propio en el mundo parecían formar parte de una misma experiencia.

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