La novela donde un país desaparece y la lengua se convierte en un refugio

La obra de Yoko Tawada imagina un exilio nacido del colapso climático y convierte el idioma en el último territorio posible

Yoko Tawada - Cultura
Una fotografía profesional de la escritora japonesa.
Archivo

Hay novelas que empiezan con una pérdida y otras que, desde la primera página, te obligan a aceptar que la pérdida es el punto de partida del mundo. Desperdigados por el mundo pertenece a esa segunda estirpe. Su premisa —un archipiélago que desaparece del mapa tras los estragos del cambio climático— podría leerse como distopía, como advertencia o como simple impulso imaginativo. Pero aquí la catástrofe no actúa como espectáculo, sino como una grieta íntima: lo que se derrumba no es solo un territorio, sino el dispositivo emocional que sostiene la identidad. ¿Qué queda cuando el lugar al que pertenecías se vuelve irrecuperable, incluso como idea?

La protagonista, Hiruko, responde con un gesto radicalmente humano: inventa una lengua. El panska no nace como proyecto académico ni como excentricidad estética; nace como tabla de salvación. Hiruko vive en Dinamarca y enseña ese idioma recién creado a quienes, como ella, han quedado suspendidos en el aire, sin patria y sin una gramática interior que los reúna. Ahí está una de las claves de Desperdigados por el mundo: el lenguaje no aparece como herramienta neutra, sino como refugio, como casa portátil, como pacto. Hablar —o intentar hablar— es, a la vez, una forma de supervivencia y una manera de no desaparecer del todo.

Ese desplazamiento de lo político hacia lo íntimo es lo que vuelve tan sugerente la propuesta de Yoko Tawada. Donde otras ficciones del colapso se obsesionan con sistemas, escenarios y cronologías, Desperdigados por el mundo elige la fisura concreta: una mujer que se queda sin el suelo simbólico de su origen y decide fabricar uno con palabras. No es una metáfora “bonita”; es una imagen incómoda.

Porque la lengua, cuando funciona como refugio, también puede convertirse en frontera. Puede protegerte del mundo y, al mismo tiempo, separarte de él. En esa ambivalencia se mueve la novela con un pulso que parece ligero, casi de fábula, pero que deja un poso extraño, como si debajo de la anécdota estuviera ocurriendo algo más serio: la puesta en duda de todo lo que solemos llamar pertenencia.

Una ‘road novel’ europea con la brújula rota

El relato se articula como un viaje. Hiruko recorre Europa acompañada por Knut, un joven lingüista danés fascinado por el vínculo entre identidad y lenguaje. El trayecto, en apariencia, ofrece una estructura clásica: desplazamiento, encuentros, episodios, pequeñas escenas que van construyendo un mapa humano. Pero el mapa de Desperdigados por el mundo no pretende orientarnos; pretende desorientarnos con sentido. Cada parada sirve para abrir una pregunta distinta sobre las formas contemporáneas del exilio: no solo el exilio administrativo, el de los papeles y las fronteras, sino el exilio más silencioso, el de quien habita un lugar sin sentirse “dentro”, el de quien habla pero no termina de ser escuchado.

Hay algo deliberadamente inestable en ese recorrido. La novela se permite momentos de humor, de extrañeza, de surrealismo, como si quisiera recordarnos que la realidad del desplazamiento también está hecha de absurdos: malentendidos, etiquetas ridículas, miradas que encasillan, preguntas que reducen una vida a un origen.

Desperdigados por el mundo - Cultura
Portada de la novela ‘Desperdigados por el mundo’, de Yoko Tawada.
Anagrama

Desperdigados por el mundo entiende que la violencia simbólica rara vez se presenta como una gran escena dramática. A menudo se filtra en lo cotidiano, en la conversación casual, en la burocracia, en el prejuicio que se disfraza de curiosidad. Tawada, con una inteligencia muy poco solemne, deja que esos detalles respiren y hagan su trabajo.

La elección del viaje, además, evita el riesgo del encierro. El exilio, en muchas novelas, tiende a convertirse en un cuarto sin ventanas. La melancolía como único paisaje. Aquí, en cambio, el movimiento impide la clausura. Desperdigados por el mundo se abre a una coralidad de personajes desparramados que aparecen como variaciones de un mismo problema: cómo se construye una identidad cuando el mundo te exige definiciones cerradas. Cada encuentro añade capas a la idea central. Y la novela avanza como quien va probando distintos tipos de llave, sabiendo que ninguna abrirá por completo la puerta.

El idioma como casa, pero también como jaula

Si la novela tuviera un corazón, sería el panska. Inventar una lengua es inventar una comunidad posible. Y, a la vez, inventar una lengua es aceptar que la lengua real —la que heredamos— ya no basta. En Desperdigados por el mundo, esa invención funciona como símbolo de una época. Vivimos rodeados de discursos, pero cada vez cuesta más encontrar un lugar de enunciación que no esté contaminado por la sospecha, la propaganda o el cliché. El panska, con su elasticidad, promete lo que muchas lenguas sociales han dejado de prometer: la posibilidad de decir algo nuevo sin pedir permiso.

Sin embargo, Tawada no cae en la fantasía naif de que inventar palabras arregla el mundo. El panska también sugiere el riesgo de un refugio que se vuelve endogamia, de una comunidad que se protege tanto que termina aislándose. Por eso Desperdigados por el mundo es más interesante cuando se tensa que cuando se explica. La novela no se limita a afirmar que la lengua salva; insinúa que lo hace, pero a un precio

¿Qué se sacrifica cuando haces del idioma tu única patria? ¿Qué parte de ti queda fuera, sin traducción posible?

Yoko Tawada - Desperdigados por el mundo
Una fotografía de archivo de la autora japonesa.
Wikipedia

En ese punto, la desaparición del país adquiere su verdadero significado. No se trata solo de un accidente geográfico. Es una forma extrema de mostrar que la nación —esa idea que parece sólida— puede ser frágil, contingente, reversible. La novela convierte esa fragilidad en un espejo: si el país puede borrarse, también puede borrarse el relato con el que nos contamos a nosotros mismos. Desperdigados por el mundo obliga a mirar de frente una intuición incómoda: quizá muchas identidades contemporáneas son, en el fondo, improvisaciones sostenidas por lenguaje. Y quizá por eso el lenguaje importa tanto: porque es lo que nos permite seguir existiendo cuando lo demás se rompe.

En ‘Desperdigados por el mundo’, Europa es un espacio mental

En términos literarios, la propuesta se apoya en un equilibrio difícil: la historia se lee con fluidez, como si la autora no quisiera subrayar su propia inteligencia. Pero debajo de esa fluidez hay una arquitectura simbólica precisa. Tawada utiliza el extrañamiento como método: hacer que lo familiar parezca raro para que podamos volver a verlo. Europa, en Desperdigados por el mundo, no es un decorado turístico ni una suma de capitales; es un espacio mental donde las fronteras se reescriben sin cesar. Y el lector, al avanzar, descubre que el verdadero viaje no es el geográfico, sino el de la percepción.

Cuando una novela consigue que una idea —la lengua como refugio— no se agote en su formulación, sino que se despliegue en escenas, contradicciones y preguntas, algo se enciende. Desperdigados por el mundo no aspira a cerrar un mensaje, sino a dejarte con una incomodidad fértil. Sales de la lectura con la sensación de que el mundo contemporáneo se parece demasiado a esa comunidad dispersa: personas que se mueven, que traducen, que improvisan pertenencias, que buscan una frase que las sostenga. Y quizá ahí está el mayor logro del libro: convertir el gran tema de nuestro tiempo —la pérdida de suelo— en una experiencia literaria que no te sermonea, pero tampoco te deja intacto.

Que una novela sea sugerente no depende solo de lo que cuenta, sino de lo que te obliga a pensar después. Desperdigados por el mundo tiene esa cualidad. Te recuerda que el lenguaje no es únicamente un medio para describir el mundo. A veces es lo único que impide que el mundo se deshaga del todo. Y, al mismo tiempo, te deja una sospecha: si la lengua puede ser refugio, también puede ser frontera. En esa doble condición —salvación y límite— vive la belleza inquietante de Desperdigados por el mundo.

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