Pocas atletas han sido tan denostadas y admiradas al mismo tiempo como la checa Jamila Kratochvilova, la actual poseedora el récord del mundo más longevo en atletismo en la prueba de los 800 metros lisos. Logró parar el crono en 1:53.28, y de aquello han pasado ya casi 43 años. Siempre hubo una fuerte división de opiniones sobre ella en torno a si había hecho trampas con sustancias dopantes o incluso sobre su verdadero sexo.
“¡Anda, pero si es una mujer!”, fue una de las frases que más se popularizó durante los campeonatos mundiales celebrados en Helsinki (1983) -donde conquistó el oro en los 400 y 800 metros-, al ver por televisión su musculado cuerpo. La envidia parecía ser el denominador común de sus detractores. Eso sí, nadie consiguió demostrar la veracidad de sus veladas acusaciones.
En su país sigue siendo considerada un mito. Nadie le cuestiona. Al cumplir los 70 años, la televisión checa emitió un amplio reportaje en el que todavía se le podía ver a pie de pista entrenando y en aparente buena forma.
Aquella carrera, marcada en rojo en el calendario el día 26 de julio de 1983 en el estadio olímpico de Munich, forma parte de la historia del atletismo. Se disputó apenas dos semanas antes de que diera comienzo el Campeonato del Mundo de atletismo en Helsinki y en pleno apogeo de la llamada Guerra Fría.
Cada victoria se interpretaba como un modo de reivindicar la supremacía de un bloque sobre el otro, y de propina, servía para insuflar ánimos al pueblo. Once años antes, ese mismo estadio había visto cómo las mujeres del bloque oriental barrían en la mayoría de las competiciones a sus rivales durante los Juegos Olímpicos con un saldo a favor de nueve oros frente a otros cinco de las atletas que vivían al otro lado del muro de Berlín.
Kratochvilova, a sus 29 años, no era la favorita para la carrera de los 800. Su especialidad hasta entonces había sido los 400 metros lisos. Lo que ocurre es que, tal como le sucediera en los Juegos Olímpicos de Moscú disputados en 1980 con la ausencia por boicot de la mayoría de las potencias occidentales, se las tenía que ver siempre en esa especialidad con la alemana del Este, Marita Koch, y eso era presagio de derrota. Así que tuvo que conformarse con la plata en la capital rusa. Solo por ese pequeño detalle su impronunciable apellido para los comentaristas de televisión comenzó a ser cada vez más familiar.
Las condiciones climatológicas de aquel día eran óptimas. No hacía mucho calor para ser verano y la pista estaba algo mojada debido a la lluvia que había caído horas antes sobre la capital bávara. La atleta con el dorsal 292, con camiseta de tirantes y pantalón blanco, salió a toda máquina. La primera vuelta la completó en algo más de 56 segundos, una marca que hacía presagiar que algo importante podía suceder. Solo una rival consiguió mantener aquel ritmo infernal durante los primeros 400 metros. Nada más cruzar por primera vez la línea de meta, cambió el ritmo, y al terminar la curva, es decir, a unos 300 metros de la llegada, ya sacaba más de diez metros de ventaja al trío perseguidor. Las cámaras de televisión solo reparaban en ella. Se le veía muy cómoda, con un braceo perfecto y una zancada poderosa. A falta de cien metros los murmullos precedieron a los gritos de ánimo hacia la checa. Los espectadores empezaron a ponerse en pie y a aplaudirla, aun sin saber la hazaña que estaban a punto de presenciar.
Pulverizando récords
En el rostro de Kratochvilova no se apreciaban señales de fatiga. Iba sobrada. Sacó más de 60 metros a la segunda participante. Nada más cruzar la línea de meta comprobó que había batido el récord del mundo sin perder la compostura. Su fama de mujer fría se agigantó al mostrarse imperturbable ante lo que acababa de hacer.
Levantó los brazos, se dejó abrazar sin mostrar entusiasmo alguno por su entrenador Miroslav Kvac y, otra vez brazos en alto, celebró su brillante marca con los espectadores. Todo, sin esbozar una sonrisa. Ni siquiera cuando supo que era el centro de atención de todos los fotógrafos. Más tarde besó en la mejilla a una de sus rivales, regresó al lugar donde permanecía de pie su entrenador, se quitó las zapatillas y abandonó descalza la pista del atletismo. Daba la impresión de que estaba acostumbrada a batir un récord del mundo a diario.

Kratochvilova vino al mundo el 26 de enero de 1951 en una pequeña localidad checa de menos de 3.000 habitantes llamada Golcuv Jenikov. Tres años antes, el país formado hasta el 1 de enero de 1993 por las repúblicas de Chequia y Eslovaquia, sufrió un golpe de Estado que llevó al poder a los comunistas alineados a la URSS de Stalin. Eran tiempos de purgas por motivos ideológicos o religiosos. Sin embargo, su vida en un entorno rural la mantuvo siempre alejada del ruido de sables que se vivía en los grandes núcleos de población. De su adolescencia apenas aparecen referencias. Las únicas aluden a la fuerza y vitalidad fruto de haber crecido en el campo. También se pasaba de puntillas sobre su faceta de atleta. Era más bien del montón. No destacaba en especialmente en nada, y aun así, apuntaba condiciones. Tal vez por eso se decantó al principio por el pentatlón.
Lo curioso es que alcanzó su máximo esplendor tras cumplir los 29 años, algo bastante inusual en atletismo. Hasta entonces, sus marcas habían sido más bien discretas. No se podía atisbar que detrás de aquella mujer se escondiera una auténtica campeona. Un buen día fue invitada a acudir a una concentración en la antigua República Democrática de Alemania junto a otras compatriotas. A finales de la década de los setenta la extinta RDA era una especie fábrica especializada en forjar atletas de élite siempre con métodos bajo sospecha. Casualidades de la vida, una de ellas era la campeona en 200 y 400 metros, Marita Koch.
La sombra del dopaje
La alemana nunca llegó a dar positivo en los controles antidoping. No obstante, tras la desclasificación de los documentos de la Stasi, se descubrieron papeles referidos al consumo de Turinabol, un esteroide anabolizante diseñado para acelerar y propiciar el crecimiento muscular sostenido en el tiempo tanto para hombres como para mujeres.
El método checoslovaco no dejaba nada al azar. Kratochvilova estaba encuadrada en el Centro de Deportes de Alto Rendimiento, un sistema donde no tenían cabida los deportistas mediocres y donde se establecían metas sistemáticas programadas por médicos y bioquímicos. Miroslav Kvac, con quien trabajó durante veinte años, sostiene que la clave radicó en un entrenamiento riguroso y altas dosis de vitamina B12. Nada de dopaje. Al margen de ello, estaba la tarea de mentalización para que se convenciera de que podía llegar a ser la mejor del mundo. Esta mentalización transformó su vida en una existencia austera donde solo parecían existir los entrenamientos y la competición. No hablaba apenas con nadie y sus propios compañeros de equipo le resultaban extraños. Nunca realizaba llamadas telefónicas ni compras cuando estaba fuera de su país y prefería que sus impresiones fueran filtradas por su entrenador.
Su género, a debate
Por si de los fakes sobre su dopaje no era suficiente para sus detractores, la otra cruz que tuvo que soportar durante toda su carrera fue a consecuencia de los hirientes comentarios sobre si era hombre o mujer. A pesar de los juicios visuales, un carné expedido por la Federación Checoslovaca de Atletismo certificaba que Kratochvilova era mujer.
Quienes la conocen aseguran que puede realizar todas las funciones propias de su sexo, aunque ella no pudo evitar interpretaciones como la de un periódico suizo que publicó una foto de sus piernas cuestionando si correspondían a un hombre o a una mujer. Y es que estaba muy musculada producto de un régimen de entrenamientos extremo. Su rutina consistía en seis horas diarias de trabajo repartidas entre sesiones de pesas en el gimnasio, trote por el campo y series en la pista.

Según relataba “El País”, durante sus estancias en España, su disciplina resultó asombrosa para los que observaron sus movimientos. Se levantaba al amanecer para realizar la primera sesión de entrenamiento. En Valencia, repartía su tiempo haciendo series en la pista, corriendo por la arena de la playa con un chaleco lastrado de diez kilos y levantando pesas en un gimnasio cuyo encargado escuchó por primera vez la pregunta: “¿No tienen más que 80 kilos?”.
La atleta trabajaba habitualmente con cargas de 150 kilos, una cifra que superaba con creces los estándares del centro. Este nivel de exigencia se complementaba con un seguimiento médico y bioquímico constante que analizaba la potencia de sus fibras musculares. El equipo técnico buscaba transformar las fibras de contracción lenta en rápidas para compensar el declive propio de la edad y mantener su velocidad.
Las comparaciones con Mary Decker
Con tanta marejada de fondo sobre su verdadero sexo, al final tuvo que resignarse y responder con cierta ironía a sus difamadores que no cesaban de elucubrar. Por ejemplo, al ser coetánea de Mary Decker, se vio obligada a soportar estoicamente las comparaciones con la atleta estadounidense. “La mayor diferencia estética entre ella y yo radica en que Mary es más hábil con el maquillaje y le dedica más tiempo a esta tarea”, admitió un tanto harta de ese tipo de comentarios. Fuera de las pistas, la apariencia de la plusmarquista se transformaba.
Se la describe como una mujer aparentemente delgada, de 1,70 metros de estatura y 68 kilos de peso, con un físico considerado normal que no delataba su masculinidad corporal fuera del ámbito competitivo. La desproporción de sus medidas antropométricas solo resultaba comprensible cuando se vestía de corto. Ella misma, al ser interrogada por su sexo, respondía de manera tajante: “Ustedes, cuando van al mercado y ven a una mujer muy fea, no piensan que por ello sea hombre. Piensen lo mismo de mí”.
La censura política
La geopolítica de la Guerra Fría marcó un punto de inflexión irreversible en su carrera. En 1984, el bloque de los países del Este decidió no participar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles como respuesta al boicot occidental de Moscú cuatro años antes. Para Kratochvilova, que aspiraba a conseguir su primer oro olímpico tras la plata de 1980 en los 400 metros, el golpe fue definitivo.
El informe biográfico señala que la atleta no pudo describir en su momento la tristeza por no participar en aquellos Juegos debido a la censura política del régimen. La corredora afirmó posteriormente: “Es historia, así fue. No puedo seguir diciendo que fue una terrible vergüenza para mí, aunque, por supuesto, esté en el libro”. Esta ausencia impidió que la checoslovaca rompiera todos los esquemas de la teoría del atletismo en suelo estadounidense, donde pretendía doblar distancias como los 200 o los 1.500 metros además de sus pruebas habituales.
La vida tras la retirada
Tras su jubilación, se dedicó íntegramente a la formación de jóvenes atletas en el estadio de Caslav. Kratochvilova permaneció soltera y enfocó toda su energía en la carrera de otras atletas, como Ludmila Formanova, quien bajo su tutela se convirtió en campeona mundial de 800 metros en 1999. En 2013, con motivo de la publicación de su segunda biografía, “Fenómeno Jarmila”, la plusmarquista afirmó que el atletismo seguía siendo su vida. “¿Quién hubiera imaginado cuando empecé entonces que sería así? Por eso, el libro es más bien una guía para aprender a amar el atletismo”, se preguntó durante la presentación de la obra. Hasta la fecha solo otra atleta en la historia, Nadezhda Olizarenko, ha logrado bajar del 1:54, mientras que figuras modernas como Caster Semenya, Pamela Jelimo o Athing Mu han quedado lejos de la estela de la checoslovaca.
