Meritorias

Blanca, pentacampeona mundial de atletismo para personas con discapacidad intelectual: “Corro porque me gusta”

Al “Rayo de Lucena”, como también se le conoce a la atleta onubense, le concedieron hace seis años el premio honorífico Colón Digital como ejemplo de superación, constancia y disciplina.

De paseo por las calles de Lucena del Puerto (Huelva) el turista se puede dar de bruces con una plaza que lleva el nombre de Blanca Betanzos. Tal vez pueda pensar que se trata de una escritora, de una investigadora o de una política onubense que quiso pasar a la posteridad. Sus vecinos, en cambio, saben de sobra quién es esta mujer de 31 años que ha sido capaz de dar lustre a su pueblo después proclamarse pentacampeona mundial de atletismo para deportistas con discapacidad intelectual. Se ha ganado a pulso ese reconocimiento por su manera de afrontar la vida como alguien especial, incluido el de ser nombrada hija predilecta de su localidad natal. Reniega de la palabra “diferente”. Acepta su discapacidad de la mejor manera posible: con una sonrisa que solo desaparece de sus labios cuando compite porque le puede la responsabilidad del momento. Es de esas mujeres que olvidan lo importante para conseguir lo imposible.

 

Su madre, María José Orihuela, la define como una chica “alegre” y “muy trabajadora” capaz de hacer cualquier cosa que se proponga. Tal vez el hecho de que se haya puesto como referentes a dos ilustres onubenses como la campeona olímpica Carolina Marín o la atleta María Forero le ayude a superarse día a día.  Aunque la gente tienda a pensar lo contrario, es una chica “muy autónoma” que se desenvuelve a las mil maravillas en todos los ambientes “por el ímpetu que pone a todo y por las ganas que tiene de aprender y de querer hacer bien las cosas, sobre todo en el deporte”.

No se puede hablar solo desde el amor de madre para valorar sus méritos. Al “Rayo de Lucena”, como también se le conoce a la atleta onubense, le concedieron hace seis años el premio honorífico Colón Digital como ejemplo de superación, constancia y disciplina. Es uno de los muchos galardones que tiene a su brillante carrera deportiva, entre ellos el Premio Andalucía de los Deportes “A la Mejor Deportista con Discapacidad” o el de “Deportista de Oro” concedido por la Asociación Onubense de la Prensa Deportiva.

Blanca vino al mundo en 1994 junto a Eva, su hermana melliza. “Durante el embarazo todo fue normal”, recuerda María José Orihuela. Lo que ocurre que al ser un parto gemelar estuvo más controlado a partir del séptimo mes “porque los embarazos múltiples son de alto riesgo y suelen adelantarse”. Ninguna de las pruebas que le realizaron en esos nueve meses permitieron descubrir que Blanca podía tener alguna discapacidad. Tan es así, que “al poco tiempo me mandaron para casa”.  A las tres semanas acudió por primera vez a la consulta pediatra para hacer una revisión ordinaria de las niñas. Nada hacía sospechar hasta entonces que las cosas se fueran a torcer. “El propio médico nos dijo al verla que era un poco diferente a su hermana porque se movía menos y su forma de dormir era distinta a la de Eva”, añade.

En ese preciso instante, sin realizar ninguna otra prueba, el pediatra ya les advirtió de que Blanca tenía “rasgos mongólicos”.  Poco después le descubrieron una cardiopatía congénita, “que es muy común en los niños que tienen el síndrome de Down”, y a los seis meses de su nacimiento tuvo que pasar por el quirófano. “Luego ya fue todo sobre ruedas hasta el día de hoy”. Esa cardiopatía no le resulta un obstáculo para dedicarse con plenitud al atletismo. “En realidad, se trata de una insuficiencia mitral muy leve que tienen muchísimas personas y que no le impide realizar ejercicio físico”, precisa su madre. De hecho, el pasado mes volvió a brillar en el Campeonato del Mundo Virtus en Short Track celebrado en Ourense donde “El rayo de Lucena” obtuvo un oro en 400 metros y dos bronces. Uno en los 60 metros -con récord de España incluido- y otro en los 200 metros.

Durante su infancia Blanca y Eva fueron juntas al colegio de Lucena del Puerto. Estaban en el mismo curso “pero muchas veces en clases diferentes”, subraya la madre. Siempre han sido muy independientes la una de otra. Hasta tenían grupos de amigas diferentes. Además, Eva era mucho más tímida que su hermana “y le daba un poco de vergüenza que Blanca llamara tanto la atención de la gente”. María José Orihuela, a su vez, trataba de que su hija no estuviera siempre tan pendiente de todo lo que hacía su hermana “porque sabía que lo estaba pasando mal”. La cosa nunca pasó a mayores. Fueron discusiones propias de adolescentes sin más trascendencia.

Ambas tomaron caminos diferentes al terminar la ESO. Blanca se matriculó en el colegio de los Salesianos de Huelva en un programa orientado a integrar a las personas con discapacidad intelectual en la vida adulta y su madre también le apuntó en la Asociación Onubense para la Normalización Educativa, Social y Laboral (AONES) que lleva muchos años trabajando con niños diagnosticados con síndrome de Down. Allí coincidió con un grupo de padres y comentaron la posibilidad de que sus hijos realizaran algún tipo de actividad deportiva. “El Rayo de Lucena” ya había demostrado en el colegio su inquietud para hacer algo de deporte sin que la idea de practicar alguno en concreto llegara a cuajar.

Surgió la posibilidad de que probara en el Club Onubense de Deporte Adaptado (CODA). De la noche a la mañana, la vida de Blanca dio un vuelco. Se puede decir que su decisión de decantarse por el atletismo fue un poco tardía. La tomó cumplidos los 14 años no sin antes haber probado con la natación. No es que nadar se le diera mal. Es más, llegó a participar en varias competiciones a nivel autonómico y estatal “siempre quedando en buenos puestos”. Pero eso fue cuando todavía ni soñaba convertirse en una velocista de éxito. “Un día me aconsejaron que Blanca lo probara como deporte auxiliar por el tema del equilibrio y para que trabajaran otras partes del cuerpo, y así lo hizo”, recuerda María José Orihuela.

La prueba resultó concluyente el primer día. Aquella adolescente tenía madera de atleta “y me pidieron que siguiera”.  Se especializó en las pruebas de velocidad. Se le dan bien las de 60 metros en pista cubierta, así como los 100 y 200 metros al aire libre. “Soy muy buena”, admite entre risas la propia Blanca. Durante la entrevista se le nota cansada. Acaba de pasar un fuerte catarro y ha estado varios días sin salir apenas de casa. De ahí que esté algo contrariada porque no ha podido ir a entrenar durante todo ese tiempo. “Es que ella va encantada a los entrenamientos porque no es nada perezosa”, señala su madre.

No ocurre lo mismo con la propia María José. “Es que ya estamos un poco cansados”, confiesa. Entrena dos horas cinco días a la semana. El trajín de traerla y llevarla hasta Huelva -a unos 26 kilómetros de distancia de Lucena del Puerto- resulta “sacrificado”. A la lógica pereza de coger el coche se une que “todos estamos trabajando y eso hace que esté muy limitada en sus desplazamientos”.  Aun así, nunca ha pensado en dejarla en la estacada. “Sabemos que tenemos que hacer este sacrificio por ella y no le fallamos porque es la primera que no quiere faltar ni un solo día”, espeta.

¿Y por qué le ha dado a Blanca por correr tanto? La respuesta vuelve a ser de lo más elocuente y espontánea: “porque me gusta”. Su actividad deportiva le ha permitido, además, conocer otros países como Turquía, Polonia o Australia y, sobre todo, tener la experiencia de montar por primera vez en un avión. No suele tener mucho tiempo para conocer los países que visita por la brevedad de sus estancias, sin embargo, la de Brisbane fue más larga y tuvo la oportunidad de ver cosas hasta entonces desconocidas para ella. “Me llevaron a un sitio donde había canguros y monos [koalas]”, indica Blanca.

Pero no todo en su vida gira en torno al deporte. Ahora mismo está esperando a que le llamen de un trabajo para realizar unas prácticas. El año pasado ya estuvo ayudando en un comedor escolar y antes ya había trabajado como empleada en un hotel de camarera y en un almacén. “Tiene ya un curriculum bastante importante y la verdad es que es superactiva”, indica su madre.

Tener un empleo estable es otra de sus preocupaciones. Quiere independizarse como su hermana y su otro hermano mayor e ir a vivir con su novio. Mientras, sigue en casa con sus padres donde mata el tiempo escuchando flamenco. “Me encanta Niña Pastori”, confiesa “EL Rayo de Lucena”. Tampoco le importa ver una y otra vez las películas de Harry Potter “porque me gusta mucho la magia”. Cuando se sienta a la mesa no lo duda: “mi comida preferida son las lentejas, aunque como de todo”.

A Blanca aún le queda un sueño por cumplir que tal vez nunca se haga realidad: participar en unos Juegos Paralímpicos donde le encantaría competir con Chiara, otra atleta italiana a quien considera su máxima rival. La política de meter a todos los deportistas con discapacidad intelectual en el mismo saco arranca en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000. España había obtenido 106 medallas y estaba en el cuarto lugar en el medallero. En baloncesto ganaron el oro. Arrasaron a todos sus rivales. Sin embargo, algunos regresaron a España parapetados tras una barba, una gorra y unas gafas de sol. Todo camuflaje era poco para intentar pasar desapercibidos mientras que el grueso de la expedición española posaba en el aeropuerto para los fotógrafos.

Dos publicaciones, las revistas Gigantes y Dinero, habían desvelado días antes que diez de los doce jugadores habían ayudado al éxito de la selección sin tener ninguna discapacidad intelectual. El bochorno fue mayúsculo al comprobarse la veracidad de las informaciones. Esa falta de rectitud motivó que las personas realmente diagnosticadas con discapacidad intelectual fueran apartadas durante doce años de los Juegos Paralímpicos. “Campeones”, que obtuvo el premio Goya a la mejor película en 2019, recuerda un poco este triste pasaje.

 

El veto que le impide a Blanca competir dentro de dos años en Los Angeles parece no tener arreglo a corto o medio plazo. “A ella tal vez nunca le llegue la oportunidad, pero seguimos luchando por los que vienen detrás para que en un futuro no muy lejano puedan tener su propia categoría en unos Juegos Paralímpicos”, señala la madre. En la actualidad, pueden competir lo que ocurre es que su físico es “muy limitado” para los atletas que están en su categoría “y sus marcas se quedan muy lejos”.

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