Desde hace décadas, la industria tecnológica persigue enseñar a las máquinas a pensar. Esa capacidad, todavía inaccesible para las máquinas, forma parte del trabajo de Rana el Kaliouby centrando su dedicación a las ideas de que la inteligencia artificial pueda comprender a las personas. Con una trayectoria profesional brillante, esta científica egipcio-estadounidense es una de las voces más influyentes de la inteligencia artificial contemporánea con años defendiendo la idea de que la tecnología debe humanizarse antes de que termine deshumanizándonos.
En plena carrera global por desarrollar sistemas de inteligencia artificial cada vez más potentes, El Kaliouby ha logrado hacerse un hueco en la élite dentro de un ámbito que durante mucho tiempo fue considerado marginal. Mientras gran parte del sector concentraba sus esfuerzos en automatizar tareas, ella se preguntaba qué ocurría con elementos humanos como las emociones, la empatía y la comunicación no verbal. “La inteligencia artificial no debería sustituir nuestras capacidades. Debería amplificarlas y potenciarlas”, sostiene. “Podemos aprovechar esta tecnología para resolver algunos de los problemas más importantes de nuestra sociedad”.
Su historia comienza lejos de Silicon Valley. Nacida en Egipto y criada entre Egipto y Kuwait, creció en una familia de fuertes convicciones conservadoras. Su padre, exigente defensor de los valores tradicionales, esperaba poco de sus hijas. Su madre, por su parte, pertenecía a la primera generación de mujeres programadoras de Oriente Próximo. Aquella combinación marcaría profundamente su manera de entender el mundo.

La ciencia apareció pronto en su vida, pero también la conciencia de que las mujeres seguían enfrentándose a límites invisibles. Incluso antes de convertirse en una figura destacada de la inteligencia artificial, tuvo que desafiar las expectativas asociadas a lo que significaba ser una hija obediente, dentro de una sociedad donde la mujer no toma sus decisiones personales que dependen del juicio colectivo.
Tras completar sus estudios en Egipto, obtuvo un doctorado en la Universidad de Cambridge. Más tarde continuó su investigación en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde comenzó a desarrollar una idea que acabaría transformando su carrera y abriría un nuevo campo de investigación. Según Rana, los seres humanos no se comunican únicamente mediante palabras. Lo hacen repitiendo una sonrisa, una mirada, una pausa o un cambio de tono, un lenguaje emocional que transmite tanta información como una frase. Sin embargo, esas señales desaparecen cuando la interacción se produce a través de dispositivos digitales. “La mayor parte de nuestra comunicación se transmite mediante expresiones faciales y lenguaje corporal, pero estamos construyendo un universo digital ciego a las emociones”.
Con esta reflexión creó Affectiva, la empresa que cofundó para desarrollar sistemas capaces de reconocer emociones humanas mediante inteligencia artificial. Lo que comenzó como una apuesta científica terminó convirtiéndose en una compañía pionera en el emergente campo de la llamada Emotion AI, una tecnología diseñada para interpretar señales emocionales a partir de expresiones o indicadores de comportamiento. Levantar una empresa tecnológica siendo mujer en el ecosistema de la inteligencia artificial fue complejo. Durante años, El Kaliouby tuvo que desenvolverse en espacios dominados casi exclusivamente por hombres. Aun así, consiguió recaudar más de 50 millones de dólares para impulsar Affectiva y convertirla en una empresa puntera en todo el mundo. “Los inversores tienen una influencia desproporcionada y cuando existe poca diversidad entre los inversores, también existe poca diversidad entre los emprendedores y las empresas que reciben apoyo”.

A su juicio, el problema trasciende la representación. La falta de diversidad limita la capacidad de innovación de todo un ecosistema. “Corremos el riesgo de quedarnos atrapados en un mínimo local de ideas, productos y servicios donde las mujeres no tienen sitio. Hay que mejorar. Cuando las decisiones se toman desde perspectivas demasiado homogéneas, la innovación pierde riqueza y capacidad transformadora”.
La expansión de la Inteligencia Artificial, un nombre cuestionado en su fondo porque las máquinas todavía no pueden pensar, ofrece oportunidades extraordinarias que plantea interrogantes sobre quién participa en su desarrollo y quién queda fuera de la conversación. “Es fundamental garantizar que las mujeres y los grupos históricamente marginados tengan las mismas oportunidades dentro del ecosistema tecnológico y financiero. De lo contrario, tanto la industria tecnológica como la del capital riesgo corren el peligro de reproducir las mismas ideas y perder oportunidades de innovación mucho más valiosas”.
Esa convicción explica parte de sus decisiones profesionales más recientes. Tras la venta de Affectiva, dedicó meses a reflexionar sobre su siguiente etapa. Así nació Blue Tulip Ventures, el fondo de inversión que cofundó para apoyar empresas emergentes dedicadas a desarrollar tecnologías de inteligencia artificial con impacto humano. Desde allí busca impulsar proyectos que combinen rentabilidad económica con responsabilidad social, prestando especial atención a emprendedores que tradicionalmente han tenido más dificultades para acceder a financiación.
Su apuesta no responde únicamente a criterios empresariales. También forma parte de una visión más amplia sobre el futuro de la tecnología. “Creo que la inteligencia artificial tiene un enorme potencial económico. Pero también puede ayudarnos a liberar capacidades humanas y a resolver problemas realmente importantes”.
Paralelamente, ha intensificado su labor divulgativa. Como conferenciante, autora y presentadora del podcast Pioneers of AI, participa activamente en el debate público sobre el impacto de estas tecnologías. Su objetivo es acercar la conversación sobre inteligencia artificial a una audiencia más amplia y recordar que las decisiones tecnológicas nunca son neutrales. El Kaliouby participa en organizaciones internacionales como Partnership on AI y colabora con iniciativas del Foro Económico Mundial destinadas a promover estándares responsables para el desarrollo de la inteligencia artificial. Entre sus principales preocupaciones figuran la privacidad de los datos, la transparencia algorítmica y la reducción de sesgos.
Sin embargo, uno de los temas sobre los que habla con mayor frecuencia sigue siendo el papel de las mujeres en el sector tecnológico. “Necesitamos más modelos de referencia”, insiste. A su juicio, la solución pasa por aumentar la contratación femenina en los niveles más altos de las organizaciones, pero, advierte; “el cambio debe comenzar mucho antes. Hay que actuar desde la educación temprana y animar a las niñas a considerar la inteligencia artificial como una posible carrera profesional”.
La científica está convencida de que existe talento femenino de sobra para transformar el sector. Lo que falta, sostiene, son oportunidades. “Muchas mujeres han trabajado muy duro para perfeccionar sus capacidades. Pero a menudo se les critica por buscar la perfección antes de avanzar, o se les recuerda que permanezcan dentro de ciertos límites”. A lo largo de su carrera ha comprobado cómo una oportunidad y la confianza depositada por una persona influyente pueden alterar por completo una trayectoria profesional. “Detrás de muchas mujeres que han logrado abrirse camino en tecnología suele haber alguien que decidió apostar por ellas cuando nadie más lo hacía”.
Esa dimensión más personal aparece reflejada en Girl Decoded, las memorias que publicó en el año 2020. En el libro narra su transformación desde una joven educada para cumplir expectativas ajenas hasta una emprendedora dispuesta a desafiar convenciones culturales para perseguir una idea propia. La obra combina la historia de una científica con la de una mujer que tuvo que aprender a escuchar su propia voz. Paradójicamente, quien dedicó años a enseñar emociones a las máquinas terminó descubriendo que el desafío más complejo consistía en comprender y expresar las suyas.
Hoy, cuando la inteligencia artificial ocupa el centro de la conversación global y promete transformar sectores enteros de la economía, las preguntas que Rana el Kaliouby lleva años planteando adquieren una relevancia renovada. Frente a quienes conciben la tecnología únicamente como una cuestión de rendimiento y eficiencia, ella insiste en que el verdadero desafío es humano.
Quién diseña estos sistemas, qué valores incorporan y para quién trabajan son preguntas tan importantes como la potencia de los algoritmos. Quizá por eso sigue hablando de diversidad, empatía y representación en una industria obsesionada con la velocidad.
La historia de Rana el Kaliouby es la de una científica dispuesta a crear una nueva rama de la inteligencia artificial. Es también la de una mujer que desafió fronteras culturales, recordando que el futuro dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad para preservar aquello que nos hace humanos.

