Emily Hart se presentaba en redes como una joven estadounidense vinculada al entorno ideológico de “Make America Great Again” (MAGA). Sus publicaciones combinaban imágenes atractivas —generadas mediante inteligencia artificial— con mensajes políticos contundentes sobre inmigración, aborto o identidad nacional. Durante semanas, miles de usuarios interactuaron con su contenido sin sospechar que detrás no había una persona real.
Las publicaciones de Hart muestran cómo estos perfiles pueden utilizar mensajes provocadores para maximizar la interacción. En uno de ellos, por ejemplo, se planteaba una hipótesis polémica sobre Donald Trump y la inmigración con la intención de generar debate y polarización.

Buscan captar la atención en un entorno saturado de información. En el caso de Hart, la fórmula incluía una estética muy cuidada y una fuerte carga ideológica. A ello se sumaba un elemento muy habitual en estos perfiles: la hipersexualización. Muchas de las imágenes presentaban a la supuesta influencer con poca ropa o en poses diseñadas para atraer miradas, aumentar el engagement y facilitar la monetización.
Su creador, un estudiante de medicina indio, aseguró en declaraciones a Wired que logró generar miles de dólares al mes dedicándole menos de una hora diaria. Según su testimonio, gran parte de la audiencia creyó que la influencer era real. Sin embargo, el propio autor adoptó una postura abiertamente despectiva hacia quienes interactuaban con el contenido, llegando a afirmar que muchos seguidores del entorno MAGA eran “muy tontos” y que “caían fácilmente” en este tipo de publicaciones, lo que, a su juicio, facilitaba el éxito del experimento.
Otros perfiles
El caso de Emily Hart no es único. Otro ejemplo reciente es el de Jessica Foster, una supuesta militar estadounidense que llegó a acumular más de un millón de seguidores en redes sociales antes de ser desenmascarada como una creación digital. Su perfil mostraba imágenes junto a líderes políticos y en escenarios internacionales, lo que reforzaba su credibilidad. Sin embargo, todas esas fotografías habían sido generadas mediante inteligencia artificial.
Al igual que en el caso de Hart, la identidad de Foster no solo servía para difundir contenido, sino también para obtener beneficios económicos. Bajo esa imagen ficticia, se creó un perfil en Onlyfans donde los usuarios pagaban por acceder a contenido exclusivo que, nuevamente, no era real.

¿A qué se debe esta tendencia?
El crecimiento de estos perfiles responde en parte a la accesibilidad de las herramientas tecnológicas. Plataformas como Gemini, desarrollada por Google, permiten generar imágenes, textos y estrategias de contenido con relativa facilidad. Según explicó un portavoz de la compañía, estas herramientas están diseñadas para responder a las solicitudes de los usuarios sin promover ideologías concretas, aunque su uso final depende de quien las emplea.
Las redes sociales, por su parte, intentan adaptarse a este nuevo escenario. Meta, propietaria de Instagram y Facebook, ha señalado que trabaja en sistemas para identificar y etiquetar contenidos generados por inteligencia artificial. La compañía asegura que exige a los usuarios declarar este tipo de material cuando resulta fotorrealista, aunque reconoce que su detección sigue siendo complicada.
Ampliar el mensaje
El problema va más allá de la simple existencia de perfiles falsos. Expertos en tecnología advierten que la sofisticación de estas herramientas dificulta cada vez más distinguir entre lo auténtico y lo artificial. Como hemos visto en estos perfiles y tantos otros que tienen miles o millones de seguidores, que en su mayoría no sospechan de que sea falso. Estos perfiles artificiales, diseñados para ser muy atractivos, pueden integrarse fácilmente en los flujos de contenido de las plataformas, mezclándose con creadores reales.
Además, la proliferación de influencers generados por IA parece estar especialmente vinculada a determinados nichos ideológicos o estéticos. En el ámbito político, varios estudios han detectado redes de cuentas que comparten mensajes similares con ligeras variaciones, creando la sensación de un apoyo más amplio del que realmente existe.
El caso de Emily Hart, junto al de Jessica Foster, evidencia el cambio en la forma en que se produce y consume información en internet. Un entorno donde las identidades artificiales pueden prosperar sin demasiados obstáculos.

