No hay escenario. No hay luces. Un teléfono móvil, una contraseña, un rincón del cuarto. A veces, un fondo liso. A veces, una cama sin hacer. El perfil de OnlyFans no imita al cine ni al teatro. No busca encuadres perfectos. Es directo, frontal, rudimentario, es el terreno de los aficionados, y ahí reside gran parte de su fuerza.
OnlyFans nació como plataforma de pago por suscripción. Su estructura técnica es simple: quien publica contenido decide cuánto cuesta acceder a él. No hay algoritmo que decida qué se ve ni cuándo. Tampoco hay filtros, ni reposts. Este un espacio se salta las lógicas virales, pero lo que empezó como un canal para creadores de todo tipo —deporte, cocina, música— fue rápidamente colonizado por quienes más necesitaban un refugio con reglas claras: las trabajadoras del sexo, las performers eróticas, las creadoras de contenido adulto.
Aquí el cuerpo se convierte en herramienta de trabajo y, en teoría, también en centro de poder. No hay director, ni guion ajeno, ni sueldo impuesto. Se establece una relación directa entre quien muestra y quien paga. Las decisiones parten del perfil. No es el cliente quien elige el encuadre, sino quien se encuentra al otro lado de la cámara.
Sería hermoso que esto fuera así; pero no, ni mucho menos. La exposición conlleva consecuencias. Lo que comienza como un gesto de autonomía puede transformarse en una carga. Muchas mujeres que abren un perfil lo hacen con miedo a ser reconocidas. No se trata tanto de que busquen un anonimato completo, pero sí alguna forma de distancia con sus clientes. Quieren mostrar sin ser absorbidas, y mantener el control sobre lo que generan. Pero ¿es esto posible?
La realidad es que muchas de las creadoras de contenido llegan a Only fans con una motivación económica. La precariedad laboral, la inestabilidad, los trabajos mal pagados y las exigencias del sistema empujan hacia nuevos modos de ingresos. En ese contexto, el contenido erótico digital se presenta, para muchas, como una opción viable. Lo que antes exigía intermediarios, contratos o productoras ahora puede resolverse desde un móvil.
No todas las usuarias de OnlyFans publican desnudos. Algunas venden imágenes sugerentes, otras mensajes personalizados, otras simplemente conversación. Hay quien lo utiliza para explorar una identidad sexual, para conectar con una comunidad queer, para reírse de la figura del cliente. Pero en todos los casos hay algo que se repite: lo íntimo se vuelve material. Y eso, en un entorno digital donde la mujer ha sido históricamente espectadora de su propia representación, cambia los ejes. Algunas personas encuentran en OnlyFans una forma de decir “esto es mío”. No tanto el cuerpo como el modo de mostrarlo. Con su ritmo, su precio, su tiempo.
El perfil de OnlyFans no está exento de feroces críticas. Varias plataformas de pago han amenazado con vetar los contenidos sexuales. Y muchas usuarias denuncian el acoso, la filtración de contenido, el uso fraudulento de imágenes., la estafa directa y la ausencia de privacidad digital. Las estructuras de poder sobreviven, aunque se travistan de libertad, y los proxenetas se han mudado al terreno digital en un parpadeo.
Un perfil en OnlyFans no es una declaración política ni necesita serlo. Pero en el momento en que desafía las jerarquías tradicionales de la mirada —quién observa, quién manda, quién cobra— se convierte en una grieta. En los márgenes de internet siempre han existido territorios de negociación. Este es uno más. El hecho de que se haya vuelto masivo, de que se haya colado en las conversaciones públicas, de que sea simultáneamente deseado, rechazado, imitado y criticado, lo convierte en algo muy revelador.
Espido Freire, autora de “La historia de la mujer en 100 objetos” ed.Esfera Libros, ha seleccionado 31 para una saga veraniega en Artículo14 donde hace un recorrido por algunos de los objetos que más han marcado a las mujeres a lo largo de su historia.