“Él es el único modisto”, solía decir Gabrielle Chanel, “los demás son diseñadores”. Y es que si algo caracterizó a Cristóbal Balenciaga fue el respeto y admiración que despertaba entre todos sus coetáneos. Dada su reservada personalidad, el creador guipuzcoano logró permanecer neutral en casi todos los frentes y esquivar las rivalidades habituales (que se dieron a menudo) en su mundillo. Así, mientras otros diseñadores cultivaban una imagen pública muy visible, él prefería permanecer en el taller (tal y como hizo, durante la Segunda Guerra mundial, y a pesar de las dificultades propias como escasez de materiales, restricciones de transporte y una clientela reducida). De hecho, si uno compara la percepción que tenían de él figuras como Dior, Chanel y Givenchy, aparece una constante: al español no lo trataban simplemente como un competidor, sino como una autoridad técnica cuya opinión tenía un peso especial dentro de la alta costura.
No es de extrañar que su oficio más de artesano y couturier, unido a su sobria y magnética presencia, hiciese que muchos percibiesen el aura mágica de Balenciaga como toda una celebridad. Es el caso del fotógrafo George Dambier, lente privilegiada que asistió a algunos de los acontecimientos más relevantes del mundo de la moda en la esperanzadora atmósfera de la posguerra; con París como capital absoluta de la alta costura, la moda se consolidó en ese momento (y para siempre) “como una de las principales industrias de Francia”.
“Se abrió entonces una auténtica edad de oro de la alta costura, marcada por el dominio creativo de casas que definirían las bases de la feminidad moderna: Dior, Chanel, Givenchy, Fath y, por supuesto, Balenciaga”, dicen desde el Museo del modisto. De hecho, más allá de liderar la escena parisina, todas estas firmas marcaron el rumbo de la moda a escala global; “sus creaciones eran reproducidas, reinterpretadas y difundidas por revistas, grandes almacenes y clientas internacionales, consolidando la influencia de la alta costura francesa como motor cultural y económico”, explican.
Una de estas revistas era ELLE; fundada en 1945 por Hélène Gordon-Lazareff y que promovió, “desde su imagen defensora de una mujer emancipada y en constante transformación” (según apuntan desde la fundación), la carrera de Dambier durante las décadas de los 50 y 60. “Pionero en su enfoque, Dambier rompió con las convenciones de la fotografía de estudio al sacar a las modelos a la calle, liberándolas de poses rígidas y actitudes estereotipadas, sin renunciar a una ejecución técnica rigurosa y refinada. París se convirtió en su escenario preferido: la Place Vendôme, Montmartre, los Campos Elíseos, la rue de la Paix o el Sena fueron el telón de fondo de una tendencia que él mismo denominó Couture en movimiento”, contextualizan desde el Museo Cristóbal Balenciaga.

La institución sita en Guetaria ha querido ahora recuperar esta feliz alianza que, unida “la visión vanguardista de Gordon-Lazareff” dio forma a un nuevo imaginario. “Anticipando la estética de la Nouvelle Vague, Dambier capturó una belleza que empodera y trasciende lo efímero: vibrante, luminosa y profundamente atemporal”, apuntan desde el museo.
“La fotografía de Georges Dambier nos muestra una alta costura renovada, vista a través del prisma de una moda profundamente moderna. En su obra, el tiempo y la memoria se entrelazan con la costura parisina y sus tradiciones, ofreciendo un valioso testimonio de una de las épocas doradas de la historia de la moda”, dice Anabela Becho, comisaria de la muestra.
Fruto del comienzo de la democratización de los viajes durante los 50, Dambier encarnó a la perfección la función del turista-fotógrafo. Así, Marruecos, la antigua Yugoslavia, Brasil, las Antillas francesas, Tahití
o Ceilán, fueron algunos de los destinos que pisó francés para retratar a una mujer “libre y viajera como protagonista”. “En su obra, la mujer siempre se erige como eje central e indiscutible”, explican desde el Museo, cuyo proyecto expositivo toma su título de la película existencialista Vivre sa Vie (1962), de Jean-Luc Godard. “Al igual que Nana (el personaje interpretado por Anna Karina) las mujeres fotografiadas por Dambier encarnan una libertad sin concesiones, desafiando las convenciones de un mundo aún predominantemente masculino”.
Con este marco, la exposición Vivre Sa Vie. Georges Dambier y la Moda (hasta el 13 de diciembre) invita al visitante a adentrarse en este particular y brillante contexto; el de la alta costura parisina de los años cincuenta a través de la mirada singular del fotógrafo, incluyendo una mirada de primera mano a algunas de las colecciones claves de Balenciaga pero también al New Look de Dior o el primer desfile de moda de Hubert de Givenchy (en 1952). En concreto, bajo la mirada del francés, el diseñador vasco lanzó la línea semientallada de 1947 (“donde destacaba el volumen drapeado característico que caía hacia la espalda, en contraste con la parte delantera entallada que ceñía suavemente la cintura”); “aunque la acogida generalizada no fue inmediata, la sencillez de esta silueta y la complejidad de su corte hicieron que esta línea fuera ampliamente difundida por la prensa especializada, y pronto se convirtió en un hito en la historia de la casa”, explican desde el museo.
Balenciaga exploró este estilo en vestidos y trajes de dos piezas en las colecciones de verano de 1952 y 1953, tal y como recogió la publicación francesa de Gordon-Lazareff: “Sin una cintura definida, pero con un cinturón: curvado sobre la parte baja de la espalda, este cinturón convierte las caderas en el nuevo eje del cuerpo femenino. En todos sus vestidos, Balenciaga insiste en la cintura baja al estilo de los años 20. Este traje no es un caso extremo. Pero es típico: busto holgado, cintura baja” decía la periodista en 1953, acompañado de las instantáneas de Dambier, que tal y como explica el museo, “nos permiten ver sus piezas casi en 360 grados, revelando la excelencia técnica del corte y la riqueza de detalles en las creaciones del modisto vasco, al tiempo que crean secuencias narrativas cinematográficas”.

Bajo el comisariado de Becho (historiadora de la moda y comisaria de exposiciones en el Museo Cristóbal Balenciaga), en estrecha colaboración con Guillaume Dambier (conservador de la colección Georges Dambier Photos), la muestra recoge un total de 77 fotografías seleccionadas, que se organizan en torno a siete ejes temáticos, tan representativos de la obra de Dambier como de la sociedad del momento, con secciones dedicadas a Balenciaga y Givenchy: Escenario: la fotografía de moda al descubierto, Real y surrealista, Balenciaga bajo la mirada de Dambier (que incluye el célebre primer desfile de moda de Givenchy), El espíritu de la alta costura, La mujer en la ciudad, Invitación a viajar y Agradable bajo el sol.
Dambier, un enamorado de la Costa Azul y el litoral vasco, encontró además su amor por la vida “junto al mar”, siendo las vacaciones una de sus especialidades a la hora de ejecutar sesiones de moda, tal y como se refleja en la última parte de la exposición. Tanto para ELLE como para (posteriormente) Nouveau Femina, Hélène Lazareff le concedió una considerable autonomía en su trabajo, una libertad creativa que “le permitió transmitir una imagen de las mujeres caracterizada por la alegría de vivir y una cierta naturalidad, en armonía con su entorno”, apuntan desde la fundación.

