Primeras damas

Brigitte Macron, la primera dama que cambió las reglas del Elíseo

Profesora de Literatura antes de llegar al palacio presidencial, ha construido durante casi una década un papel público más definido que el de sus predecesoras, entre la educación, la acción social y una exposición que también la ha convertido en objetivo de ataques machistas

Brigitte Macron, primera dama de Francia
Brigitte Macron, primera dama de Francia

Antes de convertirse en una de las mujeres más fotografiadas de Francia, Brigitte Macron daba clases de francés y latín. Antes del Elíseo estuvieron las aulas, el teatro, los libros y una vida que parecía muy alejada del destino político que acabaría esperando a Emmanuel Macron. Cuando su marido ganó las elecciones presidenciales en mayo de 2017, ella tenía 64 años, tres hijos de su primer matrimonio, siete nietos y una trayectoria profesional propia. Llegaba además al palacio presidencial acompañada por una atención mediática poco habitual incluso para una primera dama: tenía 24 años más que el presidente y había sido su profesora.

Nueve años después, Brigitte Macron se ha convertido en una presencia reconocible de la presidencia francesa y ha permanecido en el Elíseo durante más tiempo que cualquiera de sus predecesoras desde Bernadette Chirac. Su caso permite observar también cuánto ha cambiado una figura que en Francia resulta particularmente paradójica: la “première dame” carece de cargo electo y de estatuto constitucional, pero representa al país, recibe correspondencia de los ciudadanos, participa en viajes oficiales y desarrolla una agenda pública propia.

Brigitte Marie-Claude Trogneux nació en Amiens el 13 de abril de 1953. Procedía de una conocida familia de chocolateros de la ciudad y escogió un camino profesional distinto. Estudió Letras, obtuvo la capacitación para ejercer como profesora de secundaria y comenzó una carrera docente que la llevó por París, Estrasburgo y Amiens. En 1991 regresó a su ciudad natal y comenzó a enseñar francés y latín en La Providence, el colegio jesuita en el que conocería a Emmanuel Macron.

Su biografía anterior al Elíseo tiene una importancia especial porque diferencia a Macron de algunas primeras damas cuya identidad pública quedó construida fundamentalmente alrededor de la carrera política de sus maridos. Cuando Emmanuel Macron entró en su vida, Brigitte Trogneux era una mujer adulta, casada, madre de tres hijos y profesora. Ambos se conocieron en un taller de teatro que ella dirigía en La Providence. Se casaron en Le Touquet en octubre de 2007. Brigitte continuó enseñando, ya en París, en el prestigioso Lycée Saint-Louis-de-Gonzague, y no abandonó las aulas hasta 2015.

De profesora a primera dama

Durante la campaña presidencial de 2017 dejó de ocupar únicamente el lugar de esposa del candidato. Acompañaba a Macron, revisaba intervenciones, aparecía en actos y formaba parte de la construcción pública de un político que se presentaba ante Francia con apenas 39 años. La pareja tampoco escondió una relación que inevitablemente despertaba curiosidad. Precisamente ahí comenzó una constante que acompañaría a Brigitte durante los años siguientes: buena parte de la conversación pública sobre ella se concentró en su cuerpo, su aspecto y, sobre todo, su edad.

La inversión del patrón tradicional resultaba demasiado llamativa para pasar inadvertida. Francia había visto durante décadas a presidentes acompañados por mujeres más jóvenes sin que la diferencia de edad constituyera el elemento central de su identidad. Con Brigitte ocurrió lo contrario. Los 24 años que la separan de Emmanuel Macron aparecieron una y otra vez en perfiles, portadas, bromas y comentarios sobre la pareja.

La primera dama de Francia, Brigitte Macron, y el presidente francés, Emmanuel Macron
EFE

Pero su llegada al Elíseo introdujo también una novedad institucional. En agosto de 2017 la Presidencia publicó una Carta de Transparencia sobre el estatuto del cónyuge del jefe del Estado. No convirtió a Brigitte Macron en un cargo público ni le concedió salario, presupuesto propio o gabinete autónomo. Sí estableció por primera vez de manera pública qué hacía la esposa de un presidente francés y qué recursos tenía a su disposición.

La Carta establece funciones de representación internacional, participación en actos oficiales, supervisión de determinadas recepciones del Elíseo y apoyo a iniciativas sociales, culturales y benéficas. También permite al cónyuge presidencial mantener relaciones con la sociedad civil en ámbitos como la discapacidad, la educación, la salud, la protección de la infancia o la igualdad entre mujeres y hombres. Cuenta con colaboradores integrados en el gabinete presidencial, pero no percibe remuneración.

De Yvonne de Gaulle a Carla Bruni

Porque Brigitte Macron heredó un papel que cada mujer había interpretado de manera distinta. Yvonne de Gaulle representó durante la fundación de la V República el modelo más tradicional y discreto. Claude Pompidou introdujo una sensibilidad mucho más relacionada con el arte contemporáneo y la modernidad cultural. Anne-Aymone Giscard d’Estaing mantuvo un perfil relativamente convencional.

Danièle Mitterrand rompió considerablemente aquel molde. Creó France Libertés, defendió causas internacionales y sostuvo posiciones políticas propias que no siempre coincidían cómodamente con las de François Mitterrand. Bernadette Chirac convirtió después su condición de primera dama en una plataforma de enorme visibilidad social y política. Fue además un caso excepcional porque poseía una carrera política propia y había sido elegida en las urnas. Su vinculación con la Fondation Hôpitaux de Paris-Hôpitaux de France y la operación Pièces Jaunes acabaron formando parte de su identidad pública.

Nicolas Sarkozy y Carla Bruni.
EFE

La presidencia de Nicolas Sarkozy produjo una situación distinta. Cécilia Sarkozy abandonó el Elíseo pocos meses después de la llegada de su marido y Carla Bruni, que se casó con el presidente en 2008, aportó la celebridad previa de una modelo y cantante internacional. Con François Hollande se produjo otra ruptura: Valérie Trierweiler ejerció durante un tiempo las funciones asociadas a una primera dama pese a no estar casada con el presidente, y Julie Gayet evitó posteriormente asumir ese papel institucional.

Brigitte Macron recoge elementos de varias de ellas, pero presenta una diferencia sustancial. Su actividad ha sido más estable y, desde 2017, está delimitada públicamente por una carta que permite saber qué funciones desempeña y con qué medios.

La profesora que no abandonó del todo las aulas

También eligió terrenos estrechamente relacionados con su vida anterior. La educación ocupa un lugar central. En 2018 impulsó LIVE, el Institut des Vocations pour l’Emploi, destinado a adultos mayores de 25 años alejados tanto del empleo como de la formación. Macron preside la asociación y dirige su comité pedagógico; incluso ha vuelto ocasionalmente a impartir clases magistrales relacionadas con la literatura y el teatro.

Su agenda se ha concentrado asimismo en la protección de la infancia, el acoso escolar y la inclusión de las personas con discapacidad. Desde 2019 preside además la Fondation des Hôpitaux, institución que trabaja para mejorar las condiciones de pacientes, cuidadores y profesionales sanitarios, tomando así el relevo de una organización inseparable durante décadas de la figura de Bernadette Chirac.

Las primeras damas
El exesquiador profesional alemán Christian Neureuther, Carrie Johnson, esposa del entonces primer ministro británico Boris Johnson, la ex biatleta profesional y esquiadora de fondo Miriam Neureuther, la primera dama francesa Brigitte Macron, Britta Ernst, esposa del canciller alemán Olaf Scholz, y Amelie Derbaudrenghien, pareja del presidente del Consejo Europeo Charles Michel
Efe

Hay en esa elección una continuidad biográfica evidente. La profesora convertida en primera dama ha construido buena parte de su acción pública alrededor de la educación y de los jóvenes. Incluso desde el Elíseo permanece reconocible algo de aquella mujer que organizaba talleres teatrales y enseñaba literatura.

Una mujer sometida a un escrutinio diferente

Su visibilidad, sin embargo, ha tenido un coste. Pocas primeras damas francesas recientes han visto su aspecto físico sometido a una observación tan persistente. Desde 2017 se ha escrito sobre sus piernas, su delgadez, su pelo, su ropa, sus arrugas y las supuestas intervenciones estéticas a las que habría recurrido. Su edad se convirtió casi en un atributo político.

El tratamiento permite una comparación incómoda. François Mitterrand era 19 años mayor que Danielle; Jacques Chirac, dos años mayor que Bernadette; Nicolas Sarkozy es 13 años mayor que Carla Bruni. La diferencia de edad de los Macron es ciertamente mayor, pero lo extraordinario para una parte de la opinión pública parecía residir también en que fuese ella quien hubiera nacido antes.

A eso se añadió otra vieja sospecha aplicada históricamente a las mujeres próximas al poder: la de la esposa manipuladora. La influencia de Brigitte sobre Emmanuel Macron ha sido objeto de especulación prácticamente desde su primera campaña. Ella misma explicó a Paris Match que tenía sobre su marido la influencia normal que puede existir dentro de un matrimonio: cuando lo encuentra disponible, habla con él, le hace preguntas y expresa su opinión. La aclaración no terminó con las interpretaciones sobre una supuesta autoridad política ejercida desde la intimidad.

La esposa del presidente francés, Brigitte Macron
La esposa del presidente francés, Brigitte Macron
EFE/EPA/CHRISTOPHE PETIT TESSON

Ese mecanismo tampoco es exclusivamente francés. Las esposas de dirigentes políticos pueden ser criticadas simultáneamente por ser decorativas y por tener demasiada influencia; por permanecer en segundo plano y por intervenir; por cuidar su aspecto y por hacerlo demasiado.

Cuando el ataque deja de ser una broma

Con Brigitte Macron esa vigilancia terminó adquiriendo una dimensión mucho más extrema. En 2021 comenzó a difundirse en Francia la teoría falsa de que había nacido hombre y que su verdadero nombre era Jean-Michel Trogneux, que en realidad es el nombre de su hermano. La conspiración salió después de las fronteras francesas y alcanzó una audiencia internacional.

La comentarista estadounidense Candace Owens convirtió posteriormente esas afirmaciones en uno de sus contenidos recurrentes. Los Macron presentaron en 2026 una demanda por difamación en Estados Unidos. El caso ha llevado a sus abogados a anunciar que aportarán documentación y material destinado a demostrar la falsedad de las acusaciones.

El episodio merece ser entendido dentro de la trayectoria anterior. Durante años, Brigitte Macron fue una mujer considerada demasiado mayor para su marido, demasiado presente para limitarse a acompañarlo, demasiado influyente para quienes sospechaban de su papel y físicamente examinada con una minuciosidad que difícilmente habría soportado un hombre en una posición equivalente. La teoría conspirativa llevó esa fiscalización hasta su expresión más grotesca: cuestionar que fuese siquiera una mujer.

Una primera dama de su tiempo

Brigitte Macron tampoco ha transformado la primera dama francesa en un cargo político. No lo es. No ha sido elegida, carece de competencias constitucionales y no puede confundirse su proximidad al presidente con una legitimidad que las urnas no le han concedido. Esa frontera importa precisamente porque la historia de las primeras damas siempre ha estado atravesada por una contradicción difícil de resolver: poseen acceso al centro del poder sin haber sido elegidas para ejercerlo.

La solución adoptada por el macronismo ha consistido en hacer más visible esa contradicción en lugar de fingir que no existe. Francia sabe oficialmente qué tareas desempeña Brigitte Macron, qué colaboradores tiene y cuáles son los límites de su función. La Carta de 2017 dejó expresamente establecido que no recibe remuneración ni dispone de presupuesto propio.

Macron
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la primera dama, Brigitte Macron
Efe

Cuando Emmanuel Macron abandone el Elíseo, quedará por ver cuánto de ese modelo sobrevivirá a la pareja. Pero Brigitte habrá ocupado durante casi una década un lugar peculiar en la historia de las mujeres que acompañaron a los presidentes de la V República. Llegó con una biografía construida mucho antes que la de su marido, mantuvo la educación como eje de su actividad y terminó convirtiendo una función históricamente ambigua en una posición algo más transparente.

Esa es la diferencia: la antigua profesora no ha dejado de ser “la mujer de Macron”, porque esa es precisamente la razón institucional de su presencia en el Elíseo, pero su etapa como primera dama tampoco puede explicarse únicamente desde su matrimonio. Detrás de la imagen, de los vestidos, de la diferencia de edad y de los rumores que han perseguido a la pareja permanece una mujer que llegó a la política después de haber vivido ya buena parte de su vida adulta y profesional. Para entender a Brigitte Macron conviene empezar mucho antes de Emmanuel Macron.